Coleccionista de sueños 

1902708_10204343909351572_8304933502679504567_n

Delirios armónicos: My way, versión de Sid Vicious. (Haz click  para escuchar)

Estaba completamente perdido. Contemplaba con el ceño fruncido el mapa de la red ferroviaria y la ventanilla que acababan de cerrarme en la cara. No estaba seguro de si la funcionaria que atendía la taquilla no entendía nada en inglés o si era yo el que lo hablaba tan mal como sospechaba. Mein Deutch tampoco sirvió de mucho, el mapa era una  tela de araña de conexiones multicolores que amenazaba con devorarme.

Tenía los pies ardiendo y mis zapatillas desprendían un horrendo olor. Me eché la mochila al hombro y esperé decidido a coger el primer tren que llegara a la estación.

-Es imposible entender este trazado. No digo castellano, pero al menos podrían hablar en ingles. –Le susurré a la flor que asomaba en la solapa de mi cazadora.

Me regaló una sonrisa que floreció en dos. Era su forma de decirme que mi inglés da asco.

Fue sólo un susurro. Siempre me aseguro de ello para no parecer un loco por la calle. Afortunadamente alguien a mi espalda me escuchó y exclamó con voz ronca y desenfadada:

-¡Menos mal que has dicho castellano y no español! No te estaría ayudando de ser así.

Me di la vuelta y me encontré con su sonrisa. La mayoría de los dientes de la parte superior habían desaparecido. En la inferior sobresalía un solo incisivo, amarillento y estoico, que coronaba como ninguno la más sincera de las cavernas que jamás he divisado.

Tenía las orejas dilatadas y una senda argolla atravesándole el puente de la nariz. Sus pobladas cejas sobresalían bajo un gorro de lana rojo del que descendía un revoltijo de rastas enjoyadas y en su mirada chispeaba una hoguera.

-Disculpad mis modales. Me llamo Francisco. Pero ni se os ocurra llamarme así. Nadie me llama así. Llamadme Txus, por dios. Bueno por dios tampoco, a esos dos perros mejor que ni los nombremos. ¡Fick sich!

Hablaba muy rápido y sin dejar de sonreír. Se intuía un ligero acento germano pero no lo suficiente como para un nativo. Su edad era un misterio oculto bajo un patchwork de ropa multicolor, echa girones, recosida y rematada con excéntrico gusto. Las arrugas de su piel morena se difuminaban con las manchas de pintura y su barba de dos días.

Estrechó mi mano con una gigantesca garra cubierta de pintura seca y se inclinó frente a la flor de mi solapa.

-Hermosa flor. Eres muy afortunado de haber sido elegido por ella.

Me resultó simpático al instante, realmente me sentía muy orgulloso de mi flor. Se quitó el gorro y se lo llevó al pecho mientras ensanchaba aún más su cavernosa sonrisa.

-Encantado de conocerte Txus. –Se acercó un poco a mí y la flor de mi solapa se estremeció. –Hablas muy bien castellano. ¿Compatriota emigrante quizás?

Txus negó con la cabeza y me miró de forma diferente. Sentí haber traspasado un círculo que no todo el mundo podía cruzar.

-Exiliado más bien. Mi familia fue perseguida por el enano y presa en el valle de los caídos Mi padre fue presidente del partido comunista suizo.

Txus se colocó de nuevo el gorro y la tonsura desapareció. Traté de calcular su edad pero me resultó imposible. La energía que irradiaba ocultaba con mucho los estragos del tiempo.

-¿Llevas mucho tiempo en Berlin?

Txus se puso a mi lado. Arrastraba un enorme carro de madera lacada en lima. Dentro del carro portaba un acordeón remachado con pegatinas anarquistas y una bolsa de basura negra llena de botellas vacías. Mantas, cucharas, pinceles y tres lienzos blancos. Maracas echas con semillas de flamboyant, un ramo de flores secas y el arco arcoíris envasado en un sinfín de botes de aluminio. Los fantasmas de una vida entera.

-Más de lo que puedo recordar. Viví en el este antes de la caída y voy y vengo desde entonces. Por cierto, ¿estabas perdido? ¿A dónde te diriges?

La flor susurraba en mi oído muy asustada. Contesté lo primero que se me pasó por la cabeza.

-Voy a Oranienbug. Quiero visitar Tacheles. He oído que es un centro cultural que reivindica el arte como meta.

Lo cierto es que había olvidado por que estaba en la estación o hacía dónde me dirigía. Simplemente sentía que era allí dónde debía estar. Quizás Txus era a quien debía conocer.

Comenzó a reír con tanta fuerza que empujó al carro y las camisetas serigrafiadas se esparcieron por el suelo como una gran alfombra de neón. Txus continuó riendo sin parar durante un buen rato.

Kunsthaus Tacheles!

Después y en un sólo latido, su corazón se detuvo y me miró muy serio.

-Llegas tarde chico. El arte está en una tumba junto a la de dios. Pertenecí a la comuna hasta que nos desalojaron el año pasado. Ahora sólo quedan escombros. Una ruina en estado vegetativo a la que no le permiten ni una muerte digna.

Me apenó mucho escuchar aquello. Después de mencionarla me habían entrado unas ganas tremendas de visitarla.

-Te hubiera encantado. La vida vibraba entre aquellas paredes.  –Continuó Txus con voz ensoñadora. –La mayoría de la gente huyo al oeste engañados por las promesas del capitalismo. Algunos artistas e intelectuales cruzamos la frontera contraria y nos convertimos en los jardineros de escombros. Las flores ya no crecen allí, pero si quieres podría acompañaros y enseñaros el lugar.

Me pareció una idea estupenda. La flor negó hasta la raíz, lo hizo escondida en el fondo de mi bolsillo y se negó a volver a salir hasta que Txus se marchara. Me echaba miradas furtivas entre los pliegues de la tela. La ignoré y acepté el ofrecimiento de Txus.

El tren llegó cuando terminábamos de recoger las camisetas. No miramos mal a nadie ni dejamos de sonreír, sin embargo la gente se apartaba a nuestro paso. Se apiñaban en el otro extremo y formaban un silencioso corro a nuestro alrededor.

Txus sostenía el acordeón frente a él con gesto desafiante. Creo que no pensaba ponerse a tocar, sólo disfrutaba de las caras de recelo que le dedicaban los demás.

El tren se puso en marcha con una cálida voz pre-grabada. En aquel silencio atronador, en el que las personas formaban muros, Txus me relató lo que él mismo denominó “una orgánica existencia”.

Txus no sentía ningún apego por las posesiones materiales ni deseaba más de lo que podía transportar en su carro. No creía en el dinero y estaba radicalmente en contra del capitalismo y el clero, que había abusado de él cuando era pequeño.

Dormía en un diminuto zulo repleto de botellas vacías bajo las vías del tren. Muy cerca de un estudio de tatuajes y una tienda de ropa gángster a precios de Armani. Txus cambiaba las botellas por verduras en los supermercados Kaiser y jamás pasaba hambre.

Recorría a menudo el paseo de los tilos desde Alexanderplatz hasta la puerta de Brandenburgo y recogía las botellas que los turistas dejaban tiradas a su paso. Cuando una botella le llamaba la atención fabricaba lámparas o esculturas. Seleccionaba las más especiales, introducía en ellas un sueño escrito con papel reciclado y pluma de ganso y las atesoraba en su guarida.

Sólo los guardaba, ninguno de aquellos sueños era para él.

En ocasiones diseñaba y serigrafiaba unas pocas camisetas, sólo cuando se quedaba sin  hierba o helado. Pintaba algunos lienzos que vendía por el costo de los materiales. Aseguró ser un artista muy reconocido aunque a él no le importara lo más mínimo. Le repugnaba la comercialización del arte.

10330491_712319035498468_1271828217358307569_n

Me contó que las personas que le compraban sus obras las revendían a marchantes de arte que multiplicaban su precio. En las galerías se podían encontrar sus obras por miles de euros. Txus se burló de ellos, confesó que una vez que las vendía ya no tenían ningún valor. Por eso sólo tocaba el acordeón por diversión.

Mientras Berlín se descomponía y renacía tras la ventanilla del tren, Txus me preguntó si me gustaba la película “Los edukadores”. Había diseñado el decorado de algunas películas de bastante éxito en Alemania, todas de carácter reivindicativo. Algunas tan famosas como “Good bye Lening” o “Los edukadores”.

El lo soltó todo de golpe, como si llevara muchos años queriendo decírmelo y no tuviera ninguna importancia. Apenas me creí nada. Escuché en silencio, admirado e intrigado a pesar de todo. La flor me hacía señas desde el interior del bolsillo. Quería evitar que me robaran. O algo peor.

Tomamos varios trenes más cortando siempre la marea de pasajeros ante nosotros. Sólo quedaban dos paradas cuando divisé al revisor en el fondo del vagón. Justo en ese momento me percaté de que no tenía billete. No había encontrado tornos en la entrada y ni me planteé comprar uno. Pregunté a Txus si tenía billete y afirmó con la risa contenida.

-Siempre hay que comprar billete camarada. Hay que pagar el servicio y a los empleados que lo mantienen en marcha. –Txus ya me arrastraba hacia el vagón contiguo sin dejar de sonreír. –Sólo por si acaso, evitaremos problemas si continuamos hacia delante. Sólo queda una estación.

Llegamos en el momento justo en el que el revisor nos acorralaba en el ultimo vagón. Salimos del tren y la estación con total tranquilidad, incluso nos tomamos el descarado lujo de estirarnos bajo las narices del revisor.

En Oranienburg todo el mundo parecía conocer a Txus. Le saludaban con cariño y nos paraban constantemente para intercambiar unas palabras con nosotros.

Las botellas se esfumaron a nuestro paso de las papeleras y la bolsa de Txus aumentaba. Pasamos frente al escaparate de una heladería y el dependiente salió a recibirle a la terraza. Txus rebuscó entre sus bolsillos y sacó el único euro que le quedaba. Se lo entregó al dependiente y éste le dio un cucurucho de mandarina que costaba tres veces más.

_MG_2785

Txus saboreó el helado y la dicha encendió su rostro. Después me lo ofreció para que lo probara.

Al principio me espantó, después me di cuenta de la poca gente que compartiría el helado conmigo y me sentí mucho más agradecido.

Tacheles nos esperaba en silencio. En la fachada las esculturas realizadas con maniquís aún guardaban su puesto. Inmutables centinelas de los tesoros ocultos entre esas decrépitas paredes.

En una esquina una paquistaní nos ofreció hierba y Txus le entrego a cambio una camiseta. Entramos en las ruinas y nos sentamos entre los cascotes. En los pasillos las pinturas se descascarillaban. Entre el polvo aún quedaban algunas cuerdas de guitarra y púas desgastadas. Tenía aquella angustiosa sensación de llegar tarde a todas partes.

Las jeringuillas y el moho empezaban a brotar de las esquinas.

_MG_2924

Se lió un canuto y lo compartió con nosotros. Los tres fumamos rodeados de decadencia y escombros. La flor se mareó mucho con la hierba. Primero palideció y se quedó un poco mustia. Giró un par de veces como un girasol buscando el sol y terminó dormida con los pétalos arrullados en mi pecho.

Con un par de caladas todo me pareció diferente, comencé a entender a Txus mucho mejor. El chaman me miraba de arriba abajo, evaluándome como lo haría un lobo a su cachorro.

-Creo que ya sé porqué me traje conmigo esta botella de mi reserva privada.

Txus extrajo del carro una botella envuelta en un lienzo pardusco moteado de azul. Era una botella alargada y combada hacia un lado. El vidrio había sido templado a mano y bajo la superficie podían apreciarse diminutas imperfecciones, similares a burbujas de magma congeladas.

Sepultada en la botella yacía una página enrollada de color hueso. Txus interpuso la botella entre ambos y continuó:

-Últimamente guardo demasiados sueños por cumplir. Es la maldición del soñador. Esta mañana cuando me despertaron los perros del Spree la botella ya estaba allí, justo frente a mi cara esperando a que la entregara.

Colocó la botella entre mis manos. Txus se veía investido de una ceremoniosa actitud y una dilatada cortina de humo.

-Hasta que te conocí no tenía ni idea de que este sueño te estuviera buscando. Guárdalo y puede que algún día  germine su semilla.

El papel estaba sellado en el interior del vidrio, era imposible conocer el sueño sin romper la botella. La curiosidad me corroía. Pregunté. Sabia que la respuesta no sería sencilla.

-¿Qué sueño guarda la botella?

-No tengo ni idea. Ese sueño siempre te ha pertenecido. Sólo tu puedes saber lo que está escrito en ese papel.

Aquel hombre al que todos evitaban y del que muchos se nutrían. Un desconocido que da miedo. Un motivo para cambiarse de acera y a quien nunca querrías tener cerca de tus hijos. Una sombra que incomoda en calles perfectamente iluminadas.

Semanas después seguía intrigado por su historia y en cuanto tuve ocasión lo investigue en profundidad. Todo lo que me había contado era verdad y descubrí muchas cosas más. Txus es un activista social muy activo y participa en multitud de manifestaciones y actos solidarios.

Sus obras son muy apreciadas en las principales galerías de Berlin y sus camisetas se vendían por cientos de euros.

Txus no tenía nada y aún así compartió conmigo una fortuna. Puede que nunca llegue a desvelar el sueño oculto en la botella, pero estoy seguro de que cobra vida si no estoy solo en esta página.

Si queréis saber más podéis escucharle hablar en:

Art is his Life. (En inglés)

Die Nachtschicht. (En Alemán) 

maxresdefault.jpg

Anuncios