Mi descenso personal a los abismos de las droga

Delirios armónicos: Rob Zombie – Venomous Rat (Haz click para escuchar)

Siringa

Mi experiencia con las drogas se remonta a un periodo anterior a mi nacimiento. Mi padre fue un camello de poca monta que traficaba con caballo, metadona y algo de polvo blanco.

Durante mi niñez contemplé mucha mierda y visité toda clase de lugares sórdidos en su compañía. El siempre trató de que no me enterara de nada, mantenerme lejos de su mundo de sombras tras densas cortinas de palabras luminosas.

1787276_79377f1404_oLe esperé en parques bajo la lluvia y le acompañé a decenas de fumaderos y antros de la droga. Me llevó a locales de San Franciso en los que se pasaba heroína y éramos los únicos blancos. Le esperé tumbado en apestosos sillones tapizados con jeringuillas usadas. Paredes con la pintura desconchada decoraban mi vida.

Las putas me adoraban y me regalaban golosinas sólo para hacerme sonreír.

Lo cierto es que los politoxicómanos siempre me trataron muy bien, como a un sobrino lejano o el hijo al que no les dejaban ver. Me hacían toda clase de regalos robados, incluso tuve una gigantesca bicicleta de montaña que nadie se molesto en enseñarme a montar.

Vi a los yonkis pincharse y perder la noción, en ocasiones también la vida. Mujeres dispuestas a cualquier cosa por otro chute y peleas a navajazos en plena noche.

Pese a todo jamás pasé miedo, salvo quizás en una ocasión.

Quería gastarle una broma en el día de los inocentes y mientras dormía aparque su coche en otro lugar para que pensara que lo habían robado. Era una persona de carácter amable pero tenía un despertar terrible cuando no había consumido, me dejó tirado en el mercado de la droga a las cuatro de la mañana. Tenía once años.

2489629880_4ca607ece8_oEl dinero de la droga movía el mundo en aquellos años y durante un tiempo parecíamos felices. Con el galopar del caballo mi padre dejo de ser traficante y se convirtió en un yonki más. Pasó de la coca a la heroína y el baño se llenó con el olor a papel de plata quemada.

En ocasiones las deudas se acumulaban y tuve que prestarle el dinero que ahorraba de mi paga para que no le partieran las piernas, o algo peor. Me acostumbre a sacarle de problemas y ver como se metía en otros nuevos.

Cuando la policía llegó para detener a mi padre yo traté de impedirlo. Me lancé contra ellos y les insulté hasta que la rabia me ahogó. Me encerré en mi habitación, lloré y rompí todos los muebles.

Mi familia se desintegró y me vi obligado a observar impotente como la misma sombra de locura que ahora me acecha devoraba el alma de mi padre por completo. Se volvió errático e inestable.

La mentira se convirtió en dogma para él sin apenas darse cuenta. Tenía buenas intenciones pero éstas siempre se perdían en aquellos viajes extracorporales de los que apenas regresaba. Nunca cumplió ni una de sus promesas pese proclamarlas de todo corazón. Jamás volvió a ser aquel joven melenudo de carácter indomable ni yo un inocente niño.

Le acompañé mil veces a rehabilitación y tras mentirme y recaer tras cada una de ellas perdimos el contacto durante años.

Del hombre que fue sólo quedó una carcasa marchita, la sombra de lo que un día fue. Por extraño que parezca tuvo suerte, quedan muy pocos de aquellas pobres almas que conocí en su día. Mi padre me confeso en una ocasión que su miedo a las jeringuillas era lo que le había salvado.

Quizás aquello fuera lo peor, contemplar como toda una generación se perdía para siempre. Algunos de ellos grandes personas. Las adicciones parecen cebarse siempre con aquellos que tienen una sensibilidad especial.

Músicos, pintores, poetas y toda clase de artistas y filósofos que jamás encontraron mas felicidad que la que podían quemar en una cuchara de aluminio o pincharse con una aguja de segunda mano.

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Cualquiera con un pasado como el mío podría pensar dos cosas, que esta a salvo del mundo de las drogas o perdidamente condenado a ellas. Se equivocaría en ambos casos.

Durante mucho tiempo me deslice por el borde exterior de mis pecados sin apenas alcanzarlos.

Había visto lo que las drogas podían hacerle a una persona y no quería acabar de esa manera bajo ninguna circunstancia. Aborrecía el tabaco y sólo bebía alcohol cuando salía de fiesta o se presentaba alguna ocasión especial, que con el tiempo tienden a multiplicarse de manera sutil y casi imperceptible.

No bebía mucho pero cuando lo hacía era a lo grande y no paraba hasta que no podía más. Los chupitos de absenta se sucedían en la barra sin pestañear.

Me di cuenta de que tenía tendencia al absolutismo, al todo o nada y me llevó a situaciones de lo más vergonzosas.

Como aquella ocasión en la que vomité mientras me hacían una mamada en un descampado o la terrible sensación de despertar desnudo junto dos mujeres y no recordar nada de lo sucedido. En las discotecas bailaba como un loco sin dejar de mover los pies y muchos se acercaban para felicitarme por lo bien que lo hacía. Que idiota fui.

Me metí en peleas y me jugué la vida al volante incontables veces. No soporto esa sensación de perder el control, como si alguien poseyera tu cuerpo y se dedicara a hacerte quedar como un imbécil.

He probado toda clase de drogas, durante mucho tiempo me moví a hurtadillas sin atreverme a pisar con fuerza. Con toda la mierda que había vivido en mi familia creía que estaba a salvo, a mí no me podía ocurrir lo mismo.

El que piensa que puede pasar por el lodo lo suficientemente rápido como para no mancharse es ingenuo o estúpido.

Mi lema era no repetir jamás, mi estúpida norma que utilizaba como un escudo para sentirme a salvo.

9194590737_edc3ae6ac0_oLa farlopa, ketamina, anfetas, speed… Los estimulantes me aburrían y no los encontraba interesantes, mi cabeza tiende a revolucionarse sin necesidad de fármacos.

Con el MDMA y el cristal viajé por mi mente. Peyote, mescalina, hongos, opio, LSD, cualquier psicotrópico que nublara mi mente y me trasportara al otro mundo era bienvenido.

Aquella era mi debilidad, mi talón de Aquiles. Las voces aullaban y sentía la necesidad de acallarlas. Mi torturada mente y mi insomnio sempiterno buscaban una salida y durante mucho tiempo la evite…

Pero no para siempre.

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Ocurrió de la forma mas estúpida, aquella vieja historia por la que llevamos sufriendo los hombres desde el principio de los tiempos. Otro imbécil tratando de impresionar a una chica.

Ella fumaba hierba a diario y a mi no me parecía tan grave. Ya me había dando algún blancón en conciertos de Morodo y me parecía una droga sin peligro. Una de aquellas drogas blandas como el tabaco y el alcohol que pensamos que no nos pueden joder la vida.

Nuestro viaje comenzó a lo grande, probando todos los tipos de marihuana existentes en Amsterdam, la bella ciudad de los canales. Recorrimos la ciudad con los ojos vidriosos y la mente enturbiada mientras las sombras de nuestro propio ego nos perseguían. Como en una extraña maldición cada calle o canal finalizaba en la plaza Damm, una metáfora perfecta de lo que nos esperaba.

Al principio me pareció la solución perfecta. Cuando fumaba podía dormir, mi mente se calmaba y todas aquellas ideas que normalmente se acumulaban en una masa informe parecían cobrar nitidez en mi mente. Jamás fui capaz de sentarme a escribir durante demasiado tiempo seguido y mientras fumaba era capaz de hacerlo hasta que mi mente se perdía.

Apenas recuerdo haber escrito ni una sola línea de mis primeros libros pero lo cierto es que antes de eso nunca fui capaz de terminar ninguno.

Durante siete malditos años viví atrapado en un laberinto de humo verde y promesas sin realizar. La marihuana no parece algo tan serio, hasta que te das cuenta de que consume tu vida sin que te percates.

Los días se sucedían sin variaciones y cada acto se convertía en promesa, cada promesa en un recuerdo sin cumplir. Estaba alienado, atrapado en una dinámica de la que era incapaz de salir. En el laberinto tu voluntad se difumina y cualquier deseo se subyuga, toda acción ha de llegar precedida de un último suspiro de humo.

Era incapaz de hacer nada sin fumar antes. Si quería echar un polvo, comer, ducharme, salir… Mi adicción ocultaba cualquier otro deseo. La acción subyugada en mera intención.

Con el tiempo llegó a apoderarse de mi. Fumaba mas de 25 gramos semanales. Despertaba de un humor terrible y si alguien me hablaba antes de consumir le gritaba o perdía los nervios.

Mi personalidad, ya inestable de por si, se volvió completamente volátil. Lloraba, reía y gritaba de tal manera que los muebles podían salir volando en cualquier momento. Cuando no tenía para consumir era aun peor y rompí al menos dos móviles tirándolos por la ventana al no localizar a un camello del que proveerme. En otras estuve apunto de lanzarme yo mismo.

Me volví violento e iracundo, o simplemente un zombie sedado, siempre caminando en los extremos.

Traté mal a personas que no se lo merecían. Cada día me parecía más a mi padre y eran aquellos a quien más quería a los que más hacía sufrir.

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Hace un tiempo lo dejé y muchas cosas han cambiado. Sigue dándome pánico no ser capaz de escribir sin fumar, este es el primer articulo que escribo desde entonces y soy incapaz de terminarlo sin volver a reescribirlo una y otra vez.

Tras años de consumo mi cuerpo no genera endorfinas de forma natural, apenas duermo y lloro a menudo. La risa me esquiva y me enfado a la mínima.

Sin embargo puedo ver la realidad con una perspectiva de la que antes carecía. He vuelto a salir a la calle y a relacionarme con la gente que me rodea. He dejado de ser un espectador para convertirme en un actor más de esta vida.

La brisa aún no llega a mí, el sol no me calienta. Pero las cadenas ya no pesan en mi alma y se que algún día todas esas cosas que ahora contemplo lejanas volverán a iluminar mi abismo interior.

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