Una muerte escrita en tu recuerdo

Delirios armónicos: Bill Withers-Ain’t No Sunshine When She’s Gone (Haz click para escuchar)

Por aquel entonces trabajaba en la barra de una asociación de jubilados y pensionistas de Barakaldo. Un pueblo de raíces obreras en el que los ancianos eran tan duros y nudosos como sus bastones de roble, de negros pulmones a causa del humo de los altos hornos y gran corazón. Vidas forjadas a fuego y golpes de martillo, improntas grabadas en un particular carácter que el tiempo no lograba suavizar.

El achaparrado edificio era un baluarte de ladrillo crudo. La última resistencia contra el tiempo donde los más ancianos se sentaban durante horas en una asiento de rutinas sin apenas pronunciar palabra. Contemplaban el mundo pasar, convertidos en vigías mudos, guardianes de un tiempo que sentían ajeno y cada vez más distante.

El reloj convertido en enemigo, el calendario en una funesta cuenta atrás en la que ya no se cumplen años pero se restan minutos

10659466113_ba621c248b_oFue una etapa agridulce de mi vida y en ocasiones muy complicada. Muchos no aceptaban con facilidad a un joven de espíritu rebelde y la piel repleta de tatuajes y más de uno trató de hacerme la vida imposible. Otros supieron mirar tras una simple apariencia y  abrieron su corazón y su alma con un candor que apenas me resultaba familiar. Le cogí cariño a muchos de mis clientes y ellos me trataron como a un nieto, me abrieron las puertas de sus vidas e incluso de sus casas en las que siempre tuve un plato en la mesa.

Me dieron muchas lecciones y algún palo, literal y figuradamente. No siempre fui un buen alumno pero siempre escuché con atención. Aprendí a respetar a las personas y no la edad. Comprendí que la experiencia no siempre camina junto a la sabiduría, pero aquel que la encuentra con el tenor de los años resplandece con luz propia en un mar de ignorancia.

Por desgracia aquella relación no era eterna y mi ánimo se ensombreció con cada una de las esquelas que el destino cruelmente depositaba en la puerta del centro. Vidas que  eran arrebatadas de la mía excesivamente pronto, al menos para mí. Siempre era demasiado cruel.

Mientras servía infusiones en estado de ebullición, cervezas frías y copas de bermejo patxaran, retrataba sus historias en una vieja libreta manchada de café. Sus vidas vibraban en un apresurado trazo de carácteres difusos y almas cristalinas.

Como mi querido Manuel. Ebanista de profesión, que continúa ejerciendo a sus ochenta y nueve años de edad pese a que los médicos le otorgaran apenas unos meses de vida al cumplir los veinte. Toda una vida a contracorriente que le llevó a emigrar a Venezuela en busca de una vida mejor.

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O la de Jon. Un antiguo legionario de de carácter bonachón que se regocijó de su matrimonio durante más de cincuenta y cinco años con su amada mujer. La echaba tanto de menos que siempre que llegaba a casa le contaba qué tal le había ido el día y no se acostaba nunca sin besar antes su fotografía.

El quijotesco Hidalgo, que poco tenía de caballero y mucho de gran persona. Un gallego inusitadamente afortunado que trabajó de maquinista hasta su jubilación. Descarriló un tren al chocar contra un camión de mercancías y en un paso a nivel arrolló un coche y le incrustó los topes de la máquina hasta atravesarlo. No tuvo que lamentar más consecuencias que unas heridas leves en ningún caso.

Mi pensamiento viaja siempre con Edurne, que comenzó su periplo por el mundo tras el fallecimiento de su marido. Hasta los sesenta años jamás salió de España y cuando descubrió que no existían fronteras sus pasos no se detuvieron hasta que su cadera se resintió. Contempló la cataratas de Iguazu y se derritió con Carlos Gardel en Buenos Aires. Vietnam, Chile, surcó glaciares y desiertos. África y la vieja Europa. Una viajera incansable que sólo el tiempo logró detener y que difícilmente alcanzaré aún en varias vidas.

¿Cuántos cigarros fumé junto a Santana? Mi compañero de humos que amenizaba cada tarde con un blues carcelario de su argenta armónica. Mi excéntrico amigo, de quien tantas aventuras conservo. Un mujeriego de una sola mujer, a la que conoció en el ejercito cuando ésta se hizo pasar por hombre para cobrar una herencia. La descubrieron durante una inspección y la encerraron durante mucho tiempo en los calabozos, donde conoció al infame Santana del que jamás logró librarse.

Mujeres sacrificadas siempre por sus familias. Como Flora, hija de un general franquista que al morir su madre tuvo que hacerse cargo de sus hermanas menores y sacar su familia adelante. Al casarse con un militante del P.N.V su padre le dio la espalda y olvido todo lo que había echo por sus hermanas y por el. Cuando el cabrón se murió nadie quiso sus cenizas, que quedaron abandonas en ninguna parte.

15882578494_b000c5800c_oHistorias escritas en el viento que algún día alguien olvidará y se perderán para siempre. Tantas y tantas vidas, demasiadas para registrar en una sola. Sin embargo pocas tan conmovedoras y paradójicamente inolvidables como la de José.

Era un hombre recio de espaldas anchas y algo encorvado por la edad. Coronilla despejada y una triste sonrisa que mantenía tan sólo por costumbre. En algún momento de su vida fue una persona muy alegre y aún quedaban unos extraordinarios posos de amabilidad. Sus grandes ojos azules tenían un matiz límpido y casi trasparente y la maldita virtud de traspasarte siempre, de contemplar más allá de lo evidente.

Un día José entró por la puerta con la mirada perdida y una sonrisa más alicaída de lo habitual. Me pidió un chupito de orujo de hierbas y se sentó en un taburete de la barra. Se notaba que necesitaba hablar aunque era el tipo de persona que jamás lo admitiría.

Tras un segundo orujo se armó de valor. Me habló de su hijo con los ojos vidriosos y el corazón en la mano.

Su hijo tenía treinta y ocho años y había trabajado durante toda su vida de barrendero para una subcontrata del ayuntamiento. Una de las primeras víctimas de la crisis, barrido del sistema sin misericordia y enviado a las interminables colas del paro.

Su matrimonio se resintió hasta hacerse añicos. Su situación económica empeoraba y sus exiguos ahorros se perdieron en el juicio. Finalmente tuvo que mudarse de vuelta con sus padres a una edad en la que nadie querría regresar al nido.

Era una persona alegre y animada. De sanas costumbres, no bebía ni fumaba. Era muy aficionado a la montaña y salía a montar en bici cada mañana. Durante varios años el hijo de José buscó trabajo con ahínco sin que su esfuerzo obtuviera el mas mínimo resultado. No encontraba trabajo y sentía que sus posibilidades menguaban día tras día al igual que su ánimo.

Con el tiempo acabó cayendo en una profunda depresión que preocupó mucho a sus padres. Perdió el contactó con sus amistades y la esperanza de recuperar su matrimonio. Se sentía un estorbo en casa, una carga para su familia que tenía que sustentarle con una exigua pensión que apenas alcanzaba para el anciano matrimonio.

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José trato de animar a su hijo y se embarcaron juntos en algunos proyectos de restauración. Fabricaron un par de muebles para el salón y repintaron otros. A veces se entretenía reparando la bici que con tanta asiduidad se estropeaba. Ignoraba que era su padre el que la rompía para mantenerle ocupado.

Un día como otro cualquiera su hijo llegó de montar en bici y ayudó a su madre a preparar la comida. Se sentaron en la mesa y charlaron sobre temas triviales pero de gran valor. José me contó que aquel día vio a su hijo más alegre, como si los malos tiempos comenzaran a quedar atrás. El matrimonio se sintió muy aliviado al ver a su hijo tan animado y sintieron que la esperanza renacía en su familia.

Después de comer y recoger la mesa su hijo cogió la bici y se despidió de sus padres. Aquella noche jugaba el Atlhetic de Bilbao y José le dijo que regresara pronto para ver el partido juntos. Su hijo no regresó nunca más.

Aquella misma tarde se suicidó lanzándose al río Nervión desde el puente de Róntegui. Una víctima más de la crisis que los noticiarios no recogieron, otra consecuencia irreparable que devastó a José y su familia incluso antes de su muerte.

9938551255_d8c4b38e0b_oCuando terminó su historia percibí que sus manos temblaban pero su sonrisa persistía en un triste rictus, inamovible como su entereza. Tras perder a su único hijo no volvió a ser el mismo y su memoria comenzaba a fallarle. Ya ni siquiera podía recordar el nombre de su hijo. Aquella misma tarde le habían diagnosticado Alzheimer.

Me confesó que aquello era lo único que le consolaba. Algún día lo olvidaría todo y creo que por eso me lo transmitió. Necesitaba que alguien lo recordara por él.

Semanas más tarde José regresó y se sentó en un taburete frente a mí. Se sorprendió cuando le serví un chupito de orujo de hierbas sin que me lo pidiera y aún más cuando le pregunté que tal se encontraba. No me reconoció ni comprendía porqué se lo preguntaba.

Su ojos vidriosos continuaban allí, su sonrisa triste y su espalda encorvada. Pero ya no recordaba haber perdido un hijo.

Es una historia triste pero no has de sufrir. Algún día la olvidarás, olvidarás a José y a su hijo. Me olvidarás a mí y este maldito texto. Porque en la vida no hay nada eterno ni desdicha que más de un suspiro dure.

Por eso vive, sueña y arde con las llamas de un instante. Llegará la brisa y nos barrera del tiempo, dejando tras nosotros las cenizas de las que algún día otros habrán de nutrirse.

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