Siempre regresa

Alexis Falkas

 

Despertó. Abrió los ojos y volvió a cerrarlos. En la habitación florecía la oscuridad absoluta. El infinito capturado en el interior de seis dimensiones. Sintió la hora. La llevaba marcada en el cuerpo. Era temprano, apenas llevaba más de media hora acostado cuando algo le despertó de de forma impertinente.

Aguzó el oído. Creyó escuchar algo, efímero, sutil y casi imperceptible. Un ligero rumor surcaba la oscuridad y se confundía con los susurros de la noche.

Era una persona dada a ese tipo de fantasías nocturnas. Pensó que no era nada. Quizás el camión de la basura descargando los contenedores de la esquina. Se envolvió con las mantas y trató de dormir.

No logró mantener los ojos cerrados ni cinco minutos. El rumor se acercaba. Crecía.

Se dio la vuelta. Se revolvió en la cama. Le picaba el cuello, le hormigueaban los pies. No consiguió escapar. El zumbido le alcanzó y sobrevoló su oreja. Retumbaba dentro de sus oídos.

Dio un salto. Lanzó manotazos a ciegas y logró hacer retroceder el zumbido. Se levantó muy molesto de la cama. Tenía mucho sueño y sabía que no conseguiría dormir con aquella pesadilla suelta en su habitación.

Encendió la luz. La cama estaba deshecha y la colcha cubría gran parte del suelo laminado. La bombilla que colgaba del techo apenas tenía trabajo que hacer. Cuatro paredes amarillentas, la cama, una mesilla de aluminio y un arcón de madera reforzado con láminas de hierro y engrilletado con un sólido candado que siempre permanecía cerrado.

A Mario no le quedó nada después de que su mujer le abandonara por otro. Tampoco lo necesitaba. Necesitaba dormir y no podría hacerlo hasta que eliminará aquel alado bastardo.

Se frotó los ojos y oteó las paredes. Una mancha zigzagueaba a toda velocidad muy cerca del techo. Trató de acabar con aquello rápidamente. Saltó y corrió tras el insecto de pared en pared.

Le llevó mucho tiempo darse cuenta de que no le atraparía siendo más lento y menos astuto que él.

Contuvo la respiración. Aguardó inmóvil. El silencio tomó su voz. Acechó a su presa durante mucho tiempo. Poco a poco el vuelo del insecto se volvió más confiado. Demoraba más en cada pared y finalmente terminó plácidamente posado sobre el arcón.

Mario se acercó muy lentamente. Alzó la mano sobre el insecto y la proyectó como la cobra ante la mangosta. No fue lo suficientemente rápido. El insecto huyó y se posó en la pared. No podía matarlo con las manos descubiertas, debía encontrar algo más grande.

No tenía mucho dónde escoger, de entre el montón de ropa que guardaba bajo la cama sacó un objeto cuadrado del tamaño de una novela rusa. Era una fotografía con su mujer. Los dos sonreían en el día de su boda. Era el único retazo que había conservado. Le pareció muy apropiado utilizarlo.

En la palidez de la pared destacaba la presencia del insecto, casi la allanaba. Era un ejemplar muy singular. El grueso de su cuerpo era negro y alargado. Su diminuta coraza de quitina resplandecía bajo la bombilla. Sus patas eran extremadamente largas y poseían una peculiar tonalidad bermeja. Mario no había visto otro igual. Estaba seguro de que si el mal decidiese encarnarse en un insecto sería exactamente como ese.
Mario ralentizó el tiempo. El espacio, el aliento y hasta el corazón. La foto de bodas en su mano derecha. Se acercó más. La sombra de la foto no rozó al insecto, lo aplastó con un sonoro retumbar de tambor y una nota de cristales rotos.

Mario levantó la foto. Su rostro encogido con aprensión, los restos del insecto estaban deshechos sobre la cara de su exmujer. Un Mario pasado sonreía a su lado, un poco más joven y mucho más feliz.

En la pared sólo quedó una diminuta mancha roja. Probablemente de sangre extraída de un Mario felizmente dormido. Un recuerdo difícil de limpiar. Se sentó satisfecho en la cama. Podría descansar. Olvidar.

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Pasaron veinte minutos. Mario comenzó a sentir el plácido abrazo del sueño. La recompensa del cazador. No escuchó las trompetas de entrada a otro reino, escuchó el infernal zumbido de éste. El insecto sobrevoló la cabeza de Mario. Esta vez estuvo alerta y lanzó un manotazo certero.

Encendió la luz a toda prisa. En la pared había otra mancha de sangre. El insecto aún se revolvía en la palma de su mano, era idéntico al anterior.

Mario se sintió extrañado. No era común que los insectos entraran en su cuarto. Aún menos un par de insectos igualmente anómalos. Registró las paredes buscando una grieta por la que pudieran entrar. Revolvió la ropa, removió la cama, dio la vuelta al colchón y acercó la colcha a la bombilla para asegurarse. No encontró ni rastro de más insectos, sólo las dos manchas rojas en la pared.

Bastó apagar la bombilla para que el zumbido reapareciera. Cuando Mario la encendió el insecto ya estaba allí. Posado como una nube negra sobre una pared amarillenta. Era idéntico a los anteriores, sus alas traslúcidas, las mismas extremidades bermejas que parecían querer extenderse por toda la habitación.

Mario pasó el resto de la noche dando caza al insecto. Era más rápido y astuto, casi como si hubiera aprendido de sus errores. El sol salió y Mario se dio cuenta de que no había conseguido dormir en toda la noche. Contaba las horas que pasaría alejado de su cama y de un merecido descanso sin bichos.

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Pasó dos semanas sin pegar ojo. Limpió la habitación a conciencia. Roció insecticida en cada rincón y compró varios dispositivos electrónicos para mantener los insectos alejados. Colocó trampas de miel y lámparas halógenas que chispeaban sin parar. Se extendió por el cuerpo lociones repelentes y perfumes capaces de exterminar a un ser humano.

Lo intentó todo.

Liquidó con sus propias manos cientos de insectos y las paredes se colmaron de sangrientas máculas. Trituró los cuerpos, los lanzó asqueado por la ventana e incluso prendió algunos con la llama de una vela.

Era inútil. No importaba cómo ni cuantas veces lo liquidara. El maldito insecto reaparecía una y otra vez. Idéntico a los anteriores. Un punzante recordatorio que se clavaba sin cesar en su cerebro.

Con el paso de los días y el cansancio Mario comenzó a alargar el tiempo que pasaba fuera de casa. Le daba miedo entrar en aquella habitación y empezó a pegar cabezadas en cada ocasión que se le presentaba.

Siempre despertaba sobresaltado con un zumbido en el oído.

Aquella tarde Mario conducía a toda velocidad. Sus párpados se desprendían sin fuerza, como las hojas de otoño. El pie se había quedado plácidamente apoyado contra el acelerador. Cuando miró la carretera ésta estaba despejada.

Tras parpadear la farola se materializó de golpe. Mario se estrelló contra ella.  El airbag y el cinturón prolongaron su vida. Por muy poco.

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Parpadeó. Se sentía soñoliento y mareado. La farola reposaba inclinada sobre otro coche, la luz dañaba los ojos de Mario y le provocaba una intensa migraña. Se quitó el cinturón con mucho cuidado. Del motor salía humo. La carrocería estaba plegada sobre sí misma, parecía el envoltorio de un chicle después de retorcerlo entre los dedos.

El insecto le esperaba. Plantado tranquilamente frente a su cara, sus largas extremidades rojas corrompiendo la inmaculada bolsa blanca del airbag. Algo primitivo, una sensación que yacía hundida en el interior de Mario saltó como un resorte.

Subió dando tumbos las escaleras y entró en la habitación como un delirio incontenido. El insecto le aguardaba posado junto a una de las profusas manchas de sangre de la pared. Era inevitable, inclemente como el tiempo cuando se agota.

Le alcanzaría allá dónde tratara de huir.

Podía escuchar el zumbido del insecto aunque este permaneciera inmóvil. Notaba cómo aguijoneaba su cerebro. No podía escapar. Estaba dentro de él.

—¡¿De dónde coño vienes?! ¡¿Qué es lo que quieres de mí?!

El insecto brincó tan rápido que desapareció en el aire. El zumbido continuó. Mario se puso púrpura de rabia y sus manos palidecieron. Su sistema nervioso colapsó, las venas de su frente se dilataron como parásitos que palpitaban con vida propia.

Mario lanzó un grito gutural y su vista se nubló con la sangre de las paredes.

Tiró la ropa por la ventana. Volcó la cama y la arrastró hasta formar con ella una barricada en la puerta. Hubiera hecho lo que fuera para acabar con el zumbido. Quería destrozar el mundo hasta dejarlo en silencio.

Como no era capaz de apagarlo golpeó las paredes con la mesilla de aluminio. Mesita y cristales volaron por la ventana. La cama les siguió poco después. En la habitación sólo quedaron el insecto, la fotografía de su boda, Mario y el arcón de madera.

El baúl se abrió con facilidad. Nunca estuvo cerrado.

En el primer hálito del baúl escaparon cientos de insectos que se extendieron por las paredes. Mario se llevó la mano a la boca, el olor era insoportable. Empujó la cubierta y se echó hacia atrás. Su espalda se topó con la pared y aplastó varios insectos sin darse cuenta.

El interior del arcón estaba cubierto de sangre seca. Mario descubrió horrorizado un cuerpo humano despedazado. Los miembros habían sido apelmazados unos encima de otros y se hallaban en avanzado estado de descomposición. La piel se desprendía y los gusanos se cebaban en los escasos órganos que aún quedaban.

El rostro de la víctima estaba desfigurado en una mueca aterrorizada. El cañón de la pistola que lo había rematado permanecía encajado dentro de su boca.

Mario tuvo que seguir al amante de su mujer durante semanas. Le acechó en silencio. Preparó la trampa y eligió el momento adecuado para arrastrarlo a su madriguera.

Mario miró a su alrededor. Las paredes estaban repletas de salpicaduras de sangre. Recuperó la pistola y miró fijamente las cuencas vacías de su víctima.

—Eras un insecto muy astuto. Uno de esos tipos ladinos y arteros que seducen con su labia. —Mario tenía los ojos desorbitados. Percibía cómo desde algún lugar remoto y oscuro le devolvían la mirada. —¡Sólo eres un puto insecto! ¡Un hijo de puta tan delgado y larguirucho que tuve que cortar en pedazos para meterte en el jodido baúl!

El cadáver vibraba. Todos los insectos de la habitación alzaron el vuelo al unísono.

Mario no soportaba escuchar el zumbido por más tiempo. Apuntó a ciegas y disparó contra los insectos dejando cuatro agujeros de bala en las paredes.

Un insecto sobrevoló la cara de Mario y se posó sobre su oreja. El zumbido taladró su cordura. Mario apuntó al insecto con la pistola. El disparo le atravesó un extremo del cráneo y emergió por el otro dejando un rastro de sangre y tejido cerebral a su paso.

Un solo pinchazo, una picadura tan veloz y mortal que fue imperceptible.

El zumbido al fin se extinguió.

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