Realidades alternativas: El palacio de María Antonieta

Delirios armónicos: Handel-Sarabande (Haz click para escuchar)

Francia es un país de luces y sombras, que entiende como pocos el humanismo y la complejidad del alma humana. Víctima de una historia altanera y arrogante, vencedor de las mil pestes pseudomorales y religiosas que asolaron su país a lo largo de los siglos. Liberté, égalité, fraternité. Una república orgullosa de su grandeza, independencia y humanismo.

Pero no siempre fue así. Antes de la revolución y el derrocamiento de sus tiránicos gobernantes, la dama libertad vivió presa en siglos de ostracismo cultural y marginación feudal. Francia es también el legado de un pasado imperialista y colonial, de una monarquía divinizada que apenas entendía el mundo más allá de su reluciente visión de la realidad. Un mundo delicado y exquisito. Repleto de riquezas, arte, gloria y libertades de las que sólo unos pocos afortunados disfrutaban.

Una época de oro con tendencia al óxido. Llamaradas trémulas. Donde la vida relumbraba en los palacios y se extinguía en las casas del resto de los mortales. Perfumadas damas y rameras sifilíticas, el avance de la peste y las excelencias de gourmet de la alta cocina a sólo unos pasos de distancia. El arte, el barroco, la muerte, la cultura y la ignorancia. La nobleza y el campesino. La Francia del siglo XVII era el esplendor de un magnífico huevo de Faberge cuyo interior apestaba a podrido. Bajo el imperio del Rey Sol la plebe agonizaba en la sombra.

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En la región conocida como Isla de Francia, en las cercanías de París, se erige el Palacio de Versalles. Una joya perfecta y cartesiana, donde la búsqueda de las proporciones ideales roza la obsesión más pueril y estética. Los inmensos jardines, que pretendían alcanzar el infinito, llegaron a cubrir las 8000 hectáreas en su mayor esplendor. Actualmente el área alcanza las 800 hectáreas, con 300 hectáreas de bosque y un lago artificial en el que se puede practicar el piragüismo o dar una vuelta en barca de pedales.

Luis XIV encargó el diseño de la mayor parte del conjunto a  André Le Nôtre, un reconocido arquitecto, pintor y botánico perfeccionista. Versalles es la conquista definitiva del hombre y el orden sobre la naturaleza, una banal obra maestra de la arquitectura de jardines y la soledad del ignorante. Una puerta a una realidad alternativa, donde el mundo es perfecto y la miseria jamás traspasan una cerca de oro macizo. Una interminable sucesión de jardines, palacios, bosquetes, esculturas, teatros al aire libre y fuentes. (Entre las que destaco la fuente del Encelado, o la caída de los titanes).

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Una realidad perfeccionada hasta la saciedad, en la que el visitante puede perder la noción del tiempo, perderse entre intrincados senderos, maravillarse con las complejas fuentes y estatuas, montar un picnic junto al lago o mi preferida, hacer colas kilométricas para visitar un baño tóxico o invertir una fortuna en una frugal exquisitez con sabor a cartón. La belleza de Versalles es irreal pero muy tangible, tanto que ha inspirado la arquitectura de palacios de media Europa durante siglos.

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Bajo costras, pieles, y suntuosos mantos en los que la monarquía francesa celebraba sus radiantes fiestas, tras el fausto y la complejidad, se oculta un maravilloso suspiro pasajero. Se trata de la aldea que María Antonieta ordenó construir junto al Petit Trianon, un palacete que mandó erigir Luis XV en el siglo XVIII para Madame Pompadour y que más tarde Luis XVI regaló a su esposa.

La aldea es una isla en el interior de la isla. El proyecto, único en Versalles y muy diferente al resto del complejo, fue ejecutado por el arquitecto Richard Mique entre 1783 y 1785. Una representación detallada del cuadro  pintada por Hubert Robert, en la que retrataba un típico pueblo Normando. Un lienzo que enamoró a María Antonieta, tan harta de la pompa y los franceses como ellos lo estaban de ella, y la retrajo a su niñez en su Austria natal.

Louise_Elisabeth_Vigée-Lebrun_-_Marie-Antoinette_dit_«_à_la_Rose_»_-_Google_Art_Project.jpgMaría Antonieta, sí, la célebre Antonieta, gran filósofa y humanista conocida por frases memorables como: “Si no tienen pan, que coman pasteles”. La mayoría de historiadores coinciden en que dicha perla le fue falsamente atribuida durante la revolución francesa, pero sirve para ilustrar a la perfección la distorsionada visión que Antonieta y el resto de la nobleza poseían del mundo exterior. Una mujer que se sentía terriblemente sola, a la que su pueblo acusó de promiscua e interesada y de favorecer descaradamente los intereses de Austria.

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La aldea de María Antonieta, o el jardín de la reina, es el contrapunto de sombras perfectas para los exuberantes y opulentos jardines de Versalles. Se trata de un conjunto de casas bajas con techos de pizarra y balcones de madera que se erigen junto a un lago cristalino en el que danzan los cisnes. Su belleza es superflua pero muy intensa, su magia evidente, pero no por ello menos emocionante.

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La Torre de Malborough se refleja en el lago, una edificación muy similar a un faro, que debe su nombre a la popular canción Mambrú se fue a la guerra y desde la que la realeza solía pescar o salir a montar en barca. Con la guía de ese faro disfuncional uno puede sentirse transportado a un cuento de los hermanos Grimm.

La aldea trataba de mostrar a la realeza una visión de la campiña francesa. Un paraje de una belleza mágica e idealizada del mundo rural, que retrata una faceta bucólica y pastoril de ensueño. Muy alejada del mundo tangible y las penurias de su época. Sin embargo constaba de todo tipo de detalles que sumergían a la realeza en aquella realidad edulcorada. La aldea disponía de molino propio, vaquería, granja y viviendas para los agricultores más afortunados de toda Francia.

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A aquella exclusiva sección de Versalles no se podía acceder sin invitación de María Antonieta, que organizaba juegos de roles para los cortesanos y sus invitados. En aquella absurda interpretación cada invitado adoptaba una profesión típica del campo, jugando a formar parte de la plebe por un día, claro que sin pasar hambre. Cosechaban los vegetales que luego servían a la mesa y se decía que podía verse a María Antonieta ordeñar por sí misma las vacas, al menos en alguna ocasión y solo por diversión. La satisfacción de sentirse un ser mundano por un día.

Disponían de animales de granja y cultivos. Palomares, lecherías, un Billar, una casa para un guarda suizo, varias casas de aspecto idílico, pero equipadas con todo tipo de lujos y una edificación de dos plantas con un gabinete chino de juegos, en cuyos balcones la reina solía observar la labor de los agricultores de “verdad” cuando su selecta compañía se cansaba del mundo real, el barro y el sudor.

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La aldea está rodeada de jardines de arquitectura inglesa, muy diferentes al resto de Versalles. Bosques de apariencia salvaje con un aire idílico y pintoresco. Pese a la apariencia de decorado cinematográfico, la aldea de María Antonieta merece una visita, un sueño y un suspiro. No en vano fue uno de los enclaves preferidos por los artistas y compositores de la época, que a menudo visitaban el palacio para entretener a la nobleza y utilizaban sus plácidos confines para desarrollar sus obras o buscar la tranquilidad alejada del ajetreo y las intrigas de la corte.

_MG_4923 como objeto inteligente-1Incluso ahora, si uno se pierde en buena compañía por los boscosos lindes del Petit Trianon, puede alcanzar uno de los lugares más románticos de París. A la orilla de un riachuelo vivaracho y de sauces cómplices que tienden sus ramas hacia el prado, se erige el templo del amor. Un nombre melifluo, pero certero, para una cúpula en la que la reina escuchaba a los compositores y poetas del barroco. Una pérgola de mármol decorada con frisos y capiteles en el que el “Cupido fabricando su arco con la maza de Hércules” ha sido testigo de cientos de romances y desmanes de la corte. Amores, pasiones e historias de amor que se extienden por los siglos hasta alcanzarte, quizá para incluirte entre ellas.

En definitiva Versalles es uno de los lugares más hermosos del planeta y merece la pena visitar la pequeña Aldea de María Antonieta, que en mi opinión destaca aún más en su sencilla serenidad debido a su entorno. Es aconsejable tomarse todo un día para visitarlo, ir temprano y si se dispone de tiempo, dividir la visita en varios días para pasar tranquilamente una tarde tumbados junto al lago sin más que hacer que pensar, sentir o disfrutar de la dicha de estar vivos.

Se encuentra a unos 16 kilómetros de París y es aconsejable ir en tren. Se puede coger en las estaciones de Orsey, champs de mars, Tour Eiffel o invalides. Tras llegar hay que recorrer una preciosa villa y un mercado al aire libre que merece la pena visitar.

Es mejor visitarlo entre semana y evitar las temporadas altas, las colas pueden llegar a ser kilométricas incluso a primera hora de la mañana. Puede comprarse la entrada por internet y es recomendable adquirir el pase completo para ahorrar unos euros.

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