Art and rock 

Delirios armónicos: David Bowie – Where are we now (Haz click  para escuchar)

Lo conocí en el Slam Poetry de Bilbao, rodeados de versos proscritos y galones de whisky, donde un amigo me dijo que Iggy Pop estaba justo frente a nosotros. Por muy extraño que parezca le creí, en el Slam todo parece posible y ya me había visto en coincidencias similares. Como aquella noche de fiesta con un pelón de acento extraño, preguntándome por qué aquel tipo tenía tanto éxito con las mujeres. Hasta que me dijeron que se trataba de Bunbury.

Obviamente aquella noche en el Slam no estaba Iggy. Me dieron gato por liebre, pero aquel felino resultó tener más de un truco de magia bajo la chistera. Se trataba de José Manuel Ezkerra, un artista ecléctico, con alma de poeta y aspecto de súper estrella del rock de los años 70.

Una voz tenue, una personalidad retraída y dispersa que cobra fuerza con un pincel en la mano. Un pintor de los que ya no quedan, un susurro bajo la sombra de viejo roble. La pintura es su verdadera voz, el influjo que le posee durante horas junto a  composiciones de Tchaikovsky o la música de David Bowie. Sus propias visiones le imbuyen y le lleva a pasar noches enteras en estado de catarsis espiritual, de comunión con el verso y la prosa de un singular trazo.

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Ezkerra encuentra la inspiración en los detalles de grandes proporciones, las sensaciones imperceptibles, los patios, los videoclips y en el cine de tiempos pasados. Como en una ocasión en la que tras ascender al Gorbea, una manada de canes le persiguió. La adrenalina, el miedo, la extenuación, la cacería humana y probablemente la falta de oxígeno, le evocaron imágenes que se vio obligado a pintar durante días. Unos amigos se lo encontraron pintando con un charco de sangre a sus pies y tuvieron que llevarle a urgencias. Durante la huida de los perros en el Gorbea se llevó un feo corte en la pierna del que no había sido consciente en tal estado de inmersión artística.

Aquella noche en el Slam le vi componer una poesía en el descanso. Mientras los rapsodas fumaban, él escribía en un revoltijo de hojas sueltas bajo la caprichosa luz de una farola. Ezkerra recitó su poema tras la pausa. David Bowie había fallecido recientemente, pese a que en aquellos momentos no lo sabía, sus versos constituían una elegía de tremenda importancia para Ezkerra. Debido a su personalidad introspectiva, y a la precipitada composición poética, se trabó en varios momentos y su voz apenas traspasó el silencioso velo en el que le escuchábamos expectantes.

Por desgracia, me encontraba entre los inconscientes que capturaron la dichosa pelotita y formaban parte del jurado. Otorgué una nota pésima a Ezkerra. No fui capaz de captar la importancia de sus versos, pero como todo aquel que le conoce, me sentí intrigado por aquel excéntrico personaje y su obra. Tiempo después me confesó que durante la lectura se había distraído por una mujer de belleza arrebatadora que le observaba entre los asistentes.

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Ese magnetismo ineludible hacia las mujeres le marcó desde sus primeros años junto a la pintura, y marcó a grandes trazos su camino ulterior. Ya en el colegio realizaba pequeños retratos a otras niñas para ganarse su atención. Las que eran de su agrado se llevaban un retrato por un beso o una sonrisa, las demás tenían que pagar entre 25 y 50 pesetas por ellos. Su faceta artística se desarrolló. Ezkerra aún recuerda con cariño aquel póster que realizó de la película French connection, que vendió por 300 pesetas.

A los quince años le encargaron la revista del colegio. Mientras hincaban los codos en clase a él le llevaron a otra aula para que pudiera concentrarse tranquilamente en su tarea. Pese a ser un centro católico le dejaban mucha libertad, incluso le permitían fumar en aquella aula. Se creó ante él una ventana cargada de humo que le mostraba el futuro, no dudó en traspasarla. Era una revelación inesperada, una directriz de una fuerza interior que supeditaba su voluntad. Ezkerra no tuvo ninguna opción, aquello era a lo que quería dedicar su existencia.

Continuó retratando a las amigas de su madre y a la edad precoz de 17 años perdió su virginidad artística. Ocurrió con un carboncillo. Su madre trabajaba en un laboratorio y su jefe se interesó por los cuadros de Ezkerra. Eligió uno de sus dibujos, le dio unas palmadas en el hombro y le metió dos billetes de mil pesetas en e bolsillo. De esa manera tomó conciencia de que su trabajo poseía algún valor.

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Tras casi medio siglo dedicado a la pintura, José Manuel Ezkerra ya se siente en un estado próximo a la canonización. A solo un paso de ser declarado Santo, pese a sus muchos pecados. Cree que el arte debe ser amoral e independiente de todo concepto mundano. Por encima del bien y del mal, Ezkerra está dotado de un particular sentimiento de indulgencia hacia los mediocres y de compasión hacía la gente que exhibe su ignorancia con orgullo.

Como artista ya no tiene que demostrarle nada a nadie y lo disfruta sin disimulo. No pone precio a su obra ni le interesa que otros la valoren. Siente que el concepto del arte actual es caótico, igual que la distribución de la riqueza. Los extremos tan marcados que ya apenas sobresalen. <<Un despropósito en toda regla>>

No siempre fue así ni el camino resultó tan sencillo para Ezkerra. Hermano gemelo del escritor y conocido activista político Iñaki Ezkerra, quiso diferenciarse de él desde que tuvo uso de razón. Buscar su individualidad tanto artística como personal. En las fotos de infancia vestían igual, con diferencias casi imperceptibles pero tremendamente relevantes. Una camisa por dentro y otra por fuera, cuellos atados o sueltos, puños cerrados o remangados. Odiaba tener un igual.

Paradójicamente, el consagrado artista plástico resultó ser un estudiante distraído y disperso, que siempre suspendía las clases de dibujo debido a su insumisión y la reiterada negativa a establecerse a las normas que el clero le imponía. Sus padres se pensaron que era daltónico durante mucho tiempo, pues él siempre invertía los colores. Tenía la costumbre de romper los cuadernos de dibujo para recomponerlos de formas distintas y colorear los retazos.

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Pese a todo, o quizás debido a nada, Ezkerra es un pintor atípico, al que le aburre hablar sobre la pintura y ama divagar sobre la música y el cine. Sobre todo del omnipresente Bowie, que le acompañó durante toda su carrera dejando una impronta inmortal en ella. No en vano está a punto de dedicarle una exposición y varios documentales a su influencia artística.

Su estilo vibra como una guitarra y retumba como una batería, su alma se quiebra entre trazos vividos y pinceladas soñadas. Con los años ha evolucionado artística y personalmente. Emergiendo desde el oscurantismo casi místico hasta el colorido más apabullante y beligerante de sus últimos tiempos.

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Su casa se ha convertido en centro de encuentro de artistas vascos de toda índole y no desmerecería por sí solo un artículo para la serie “Suspiros pasajeros”. En estos momentos y mientras tomo notas, un compañero graba un documental mientras otro desgrana una melodía con su guitarra. Toda expresión de arte se destila entre sus paredes. Entre montañas de cuadros y sobre senderos de martillos los rapsodas llegan para recitar sus versos. Los escultores dejan su impronta y los fotógrafos le regalan retratos que colman sus estanterías. Todo acompañado con el sempiterno olor a cola de carpintero, a disolvente, pintura fresca, comida de encargo y ceniceros repletos hasta los bordes, a pesar de que Ezkerra ni siquiera fume.

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Un estudio del arte atemporal, en el que se rumorea que Ezkerra no trabaja más de media hora al día, salvo fines de semana y festivos. Pero que su prolifera mano ha tallado hasta el más mínimo detalle. Tres bustos congelados en distintas épocas de su vida y pintados de azul, morado y rojo nos sirven de mudos testigos que nada confiesan y que de mucho hablan. En botes con disolvente se apilan los pinceles y tonalidades que acompañan al visitante. Le persiguen los ojos y las cuencas vacías que Ezkerra recopila en sus obras. Busca lo eterno, el vacío.

Desde las paredes de madera que simulan placas de titanio a la farola que ilumina sus sueños y pesadillas. Millones de discos, películas en Vhs y cassettes. En el suelo hay murales, en el techo espirales. Cualquier cosa le sirve como lienzo, todo es transformable. En el cuarto de baño guarda copas de vino, fotografías que le inspiran y números de teléfono de mujeres sobre el espejo. Su necesidad de expresión es tal y tan abrupta como una riada de otoño, por eso pinta desnudo en la ducha un cuadro que un videoclip le evocó.

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La leyenda cuenta, y también su página web, el curioso origen del primer estudio para Ros Mary sobre el espejo roto. Su amigo Roberto Zalbidea le alertó de la visita de una importante coleccionista y le recomendó que la tratara bien pues podía comprarle algunas obras. Ezkerra advirtió a sus amigos que no abrieran una de las ventanas del estudio, precisamente la que alguien abrió. De pronto Ezkerra escuchó desde la cocina un estruendo. Era un espejo de dos metros de altura quebrándose sobre la cabeza de Ros Mary. El pintor se disculpó una y mil veces, (y probablemente la seduciría con su inconsciente labia). Ella le respondió que no había sido su culpa y le encargó una obra que captara aquel momento. Así nació ” El primer estudio para Ros Mary del espejo roto”.

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Tras una larga vida dedicada al arte y una infinidad de exposiciones a sus espaldas, Ezkerra siente que vive en un círculo de vivencias y experiencias infinitas. De las que no puede escapar aunque tratara de hacerlo. Se toma esa filosofía con humor y cierta resignación, “de que te sirve que la vida te otorgue una escalera de color si dependes de las cartas del tío que tienes enfrente”.

José Manuel Ezkerra es un expresionista cuya obra destila gran parte de esa filosofía. Una estrella del Rock sin desarrollar, un sátiro que rompe más corazones de los que se da cuenta, pero que no logra alcanzar el de su esquiva inspiración. En el fondo un monógamo en serie, románticamente torturado y enamorado desde hace varias vidas de la misma musa. Un rostro de mujer en el cual se inspira como modelo conductor para crear la mayoría de rostros femeninos de sus obras.

Se trata de una bestia cuya obra pictórica cabalga entre lo abstracto y lo impresivo, con una marcada influencia de la cultura popular y una descomposición de la realidad en conceptos desnaturalizados. Ante todo es un artista comprometido con su obra y colaborador asiduo de otras corrientes como el Slam Poetry, de cuyos carteles lleva años encargándose.

Un artista que canta poco, pero que pinta mucho en el panorama artístico de Bilbao. En definitiva José Manuel Ezkerra es uno de esos grandes insustituibles, una estrella inagotable, una reminiscencia eterna. Noche y destello de su amado David Bowie.

 

http://www.josemanuelezkerra.com/

 

Obra plástica de José Manuel Ezkerra

Fotografía de Antero Latorre

El retrato trás el tercer párrafo es obra de Naroa Gutiérrez Gil

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