252537f873e583f8c2fcd769d26632acmi verdadero y único amor:

Cuando te vi por primera vez el tiempo no se detuvo, ni volaron mariposas en mi estómago ni cesó la rotación del planeta. Tendemos a creer que todas las historias de amor comienzan con una prosaica señal del universo. Un acto de romanticismo artificial sin precedentes, un giro completo en el rumbo existencial.

Es curioso cómo pocas veces sucede así, y cómo las personas más inesperadas surgen de forma precipitada y sutil, hasta convertirse en el eje de toda tu existencia sin apenas darte cuenta.

Así me sucedió contigo, mi amor. Cuando te vi junto a tus amigos en aquel bar apenas me fijé en ti. ¿Cómo imaginar en aquel momento que cambiarías mi vida por completo?

Lo cierto es que le había echado el ojo a tu amigo Alvaro. Pero fuiste tú el que rompió todas las barreras, el que se acercó a mí y comenzó a hablarme con aquella arrebatadora confianza en ti mismo que hizo que me olvidara por completo del resto de personas de aquel bar.

La forma que tenías de hacerme sentir la única mujer del universo, de sepultar la música bajo tus dedos mientras dabas vueltas al hielo de tu bebida. La manera en la que me mirabas, la suavidad con la que pusiste tu mano en mi hombro, para después retirarla tímidamente pese a que yo deseaba que continuara allí.

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Tú hiciste que una copa llevara a otra, que un beso se convirtiera en una caricia, ésta en un polvo rápido y torpe y después en una sucesión de orgasmos mutuos a lo largo de toda una vida. Me enseñaste a amar, a descubrir senderos que no pensaba que existieran. Me dibujaste tonalidades de un lienzo que yo imaginaba en blanco y negro, y de pronto mi existencia albergó color y esperanza.

Mi amor inesperado. No eres un cometa sin rumbo que vaga hasta encontrarme, ni una estrella fugaz o un truco de magia barato y pasajero que se descubre tras una ilusión de fin de semana. Llegaste con pequeñas gotas de lluvia, hasta fundirnos en la corriente de un arroyo que nosotros mismos creamos.

Yo entonces no lo sabía, pero llegaste a mi corazón para colmarlo por completo. Me hiciste sentir ligera, capaz de volar sobre las miles de personas que nos observaban desde el suelo. No imaginaba que aquel inesperado encuentro acabaría siendo el centro de mi existencia.

Quería darte las gracias por todas las experiencias y dificultades que hemos pasado juntos. En ocasiones no ha sido sencillo, pero siempre supiste hacer que me sintiera única, protegida. Como aquel viaje a Viena, en el que te lanzaste al río para rescatar el sombrero que compré por unos pocos euros y que tú, tras emerger del río calado y con un trozo informe de tela mojada entre las manos, le otorgaste un valor que ninguna fortuna podría adquirir.

Tú robaste rosas del jardín de los vecinos y yo me empeñaba en mantenerlas vivas en jarrones de cristal. Las sonrisas y las lágrimas parecían tener más importancia si tú estabas a mi lado para compartirlas. Sólo tú sabes cómo hacer que me olvide del mundo, que deje todas mis preocupaciones atrás para mirar sólo hacia delante.

Cuidabas de mí cuando caía enferma y al ingresar en el hospital hiciste que tuviera una habitación sólo para mí fingiendo que estabas loco, así podíamos pasar las noches jugando al apalabrados. Llenabas la casa de velas siempre que regresaba del trabajo, hasta el punto de tener que llamar a los bomberos porque casi incendias el salón. Las paredes aún conservan la marca de los cientos de post-it con mensajes de amor que me dejabas antes de marcharte de viaje de negocios.

Convertías los desperdicios en esperanzas, como las migas de pan que amasabas formando corazones comestibles para mí. Tu dulce locura, la amarga manera de despedirnos cuando nos enfadábamos y la picante forma de reconciliarnos entre muebles caídos. Contigo todo tenía un sabor especial.

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No echo de menos todo aquello que perdí, sólo todo aquello que compartimos y que jamás volverá a repetirse. Como las hojas de un árbol en otoño, que siempre han de caer para traer consigo una primavera tardía. Juntos forjamos una vida indeleble, un risco de piedra capaz de soportar cualquier vendaval.

Yo, que jamás tuve esperanza, aprendí a guiarme en la noche con la luz de tu mirada. Aprendí a amarte por encima de cualquier otra cosa. Las horas pasaban sólo entre tus brazos, en los que quería perderme para siempre.

No me avergüenza reconocer que temía dormirme y no encontrarte a la al día siguiente, ni que por la mañana me sentía la mujer más afortunada del mundo porque aún estabas a mí lado.

El día en el que nos casamos fue el más feliz de toda mi vida. Estabas tan guapo vestido de traje que me sentí trasportada a una película de agentes secretos con tintes románticos. Intriga y amor entre las flores. Estaba nerviosa y sentía que todo el mundo me miraba. Mis manos temblaban y estuve a punto de echar a correr varias veces. Tú me sujetaste las manos entre las tuyas y al fin el mundo se detuvo. Los temblores cesaron y me sentí completamente a salvo junto a ti.

Eras tan perfecto como nuestro amor, tan incapaz de de ser real como mis sueños. Mi amor, mi vida, tú eras todo el aliento que necesitaba para sentirme viva.

Lo significabas todo para mí.

Por eso me dolió tanto aquella primera vez que me pegaste. Me encontraste escribiendo un mensaje a mi hermana. Preparábamos tu cumpleaños en secreto y como no te quise enseñar el mensaje pensaste que era infiel. Aquella torta hizo virar mi mundo y mi percepción por completo. No fue tu mano la que quedó marcada en mi mejilla, fue mi corazón el que quedó marcado para siempre. Recordaré aquella primera bofetada marcada a fuego en mi memoria, tanto como nuestro primer beso o nuestro último abrazo.

Más tarde, cuando finalmente  me vi obligada a enseñarte el mensaje me pediste perdón y me prometiste que jamás volvería a ocurrir. Al rememorar, y lo hago con mucha frecuencia, pienso en lo diferentes que hubieran sido los acontecimientos si me hubiera plantado en aquel punto. Si hubiera impuesto la realidad a mis deseos y mi fuerza a tu flaqueza. Pero te creí, como no iba a hacerlo, eras la persona más importante en un mundo que había tejido en torno a ti.

Cómo imaginar que aquellas manos que me amaron me mostrarían tanto odio. Porque aquella primera vez sólo significó una puerta abierta que jamás te atreviste a traspasar antes. La primera disculpa una sucesión de excusas convenientes dispuestas sobre mi cabeza para doblegarme sin sentirte culpable.

De forma casi imperceptible comenzaste a controlar mis hábitos, las llamadas y mensajes. Terminaste por decidir incluso las amistades que debía mantener y de cuáles distanciarme. Las palabras bonitas se convirtieron en insultos y las caricias en castigos físicos que atendían sólo a tus caprichos.

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Con cada golpe yo me volvía más pequeña, con cada perdón tú te volvías más grande… Hasta aplastarme bajo el peso de tu furiosa sombra. Con el tiempo llegué a quedar recluida en casa, entre barrotes de una realidad que tú habías construido para mí y que podías controlar a tu antojo. Creía que pasar más tiempo juntos nos haría felices, que si me dedicaba por completo a ti volverías a ser aquella persona de la que me enamore.

Tú que me enseñaste a amar, convertiste nuestro cielo en un infierno.

El aislamiento y mi entrega no solucionaron nada. El control sólo aumentó, los golpes ocasionales se convirtieron en palizas continuas que tenía que esconder a los vecinos por temor a que te denunciaran y te separaran de mí. Porque pese a todo continuaba recordando aquellos primeros besos.

Esta no es una carta de amor, sino una despedida. Puede que ya hayas visto mi sangre junto a esta carta, formando pequeños regueros desde el cuarto de baño. Donde me corte las venas tratando de huir de ti.

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Perdí las riendas en el mismo momento en el que permití que las tomaras por completo. Yo quería ganar tu amor, y sólo obtuve tu desprecio. La responsabilidad de cada tarea sin agradecimiento y el castigo por cada insignificante desliz, como una chuleta demasiado hecha o una camisa mal planchada. Te excusé, perdoné cada paliza y te defendí con todas mis fuerzas.

Aprecia esta ironía, me amenazaste con matarme si te abandonaba, pero lo cierto es que jamás tuve una opción real. Mis sentimientos no me lo permitían. Aseguraste que me dispararías un tiro en la cabeza si me veías con otro hombre y me hablaste de un colombiano al que podías comprarle una pistola si era necesario.

Tan idiota fui que eché de malas maneras al vecino que bajó para ver si me encontraba bien tras una discusión especialmente acalorada. Yo le insulté y le llamé entrometido, tú me acusaste de tener una aventura con él. Dijiste estar seguro de que me lo tiraba mientras tú trabajabas para mantenernos a ambos. Me llamaste puta y vaga de mierda y me pegaste hasta dejarme moribunda en el suelo de la cocina, con los ojos hundidos, el labio partido y el corazón dividido.

La sangre manchó el suelo de la cocina pero no mis recuerdos, ni las esperanzas de solucionarlo todo. Estúpido de mierda, tú te creías muy fuerte pegando a una mujer, cuando en realidad la fuerte era yo por resistir a tu lado.

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Pese a todo aún te amaba sin medida y me quedaban esperanzas de superarlo juntos. Deje el trabajo para dedicarme por completo a formar una familia. Quería tener hijos contigo y pensé que la paternidad asentaría tu personalidad voluble. Tras decenas de violaciones alcoholizadas sin consentimientos y polvos rápidos en los que solo tú ganabas al fin conseguí algo.

Tras todo ese dolor, tras todas las miserias que tuve que tragar a la fuerza al fin recobré cierta ilusión. Estaba embarazada. Ya no estaría sola y tendría alguien a quien amar con todas mis fuerzas sin recibir su desprecio a cambio, alguien que me recordaría lo mejor de ti, lo mucho que te amo y lo poco que has sabido valorarlo.

Aquella tarde estaba muy emocionada. Quería darte una sorpresa, recobrar nuestro amor con una nueva vida que nos uniera de nuevo. Me maquillé, me puse el vestido que me regalaste en nuestra luna de miel en Malasia y te espere con la intención de contarte que estaba embarazada mientras cenábamos fuera.

Cuando llegaste percibí que estabas algo bebido y muy nervioso. Habías vuelto a discutir en el trabajo. Traté de hacer que te relajaras y te insté a salir a cenar juntos a tu restaurante preferido. Me dijiste que desperdiciaba tu dinero, que me pasaba el día sin hacer nada y me llamaste puta, ni siquiera recordabas haberme regalado aquel vestido y me acusaste de comprarme idioteces por capricho.

Apenas recuerdo los golpes. Apenas siento el dolor, ya casi no soy capaz de ello. Aplastaste mi cabeza contra el borde de la puerta y mi vista se perdió en una bruma de sangre y recuerdos absurdos, engañosos. Caí al suelo y perdí el conocimiento, tú continuaste pegándome patadas en el estómago mucho después de que yo me marchara de aquella habitación. Y ni con esas tu rabia quedó saciada.

Al despertar estaba en el hospital. Los médicos me dijeron que había perdido al bebé.

Los golpes en el estómago que me diste mientras estaba inconsciente me dañaron el útero de tal manera que jamás podré volveré a quedarme embarazada. Los médicos me han dicho que no hay nada que puedan hacer, gracias a ti soy estéril.

Incluso eso me lo calle por vergüenza, por miedo a ser considerada menos mujer. Guardé el dolor y lo devoré poco a poco, golpe a golpe. Has corrompido el pasado, meado en el presente y aniquilado el futuro. Tú eres el destructor de mundos, el creador de esperanzas rotas y huesos astillados. Un bastardo mal parido de diminuta polla.

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Cuando llegue del hospital me dijiste que era la mujer más hermosa del mundo. Me aseguraste que eso no cambiaría nunca, para que nadie me volviera a ver como tu me ves me escaldaste la cara con agua hirviendo. Es tu asquerosa manera de comprender el amor y confundirlo con una desquiciada posesión que colgar en tu pared.

Llegaste como la lluvia, inesperado y arrollador,  y ahora me ahogas en tu amargo océano. Mis heridas cubiertas de un arroyo de lágrimas derramadas. Ya no me siento única, sino sola. Ya no siento amor sino necesidad. Tu locura ya no es dulce y sabe a mierda. No eres grande, ni hombre, sólo un maldito enano impotente incapaz de afrontar sus propias limitaciones.

Mientras la sangre y la vida se escapaban por mis venas me di cuenta. No merece la pena morir por ti, ni por nadie que no valore que le entregues tu vida. Me levanté y vendé mis heridas, me obligué a no desperdiciar ni una gota más de mi sangre por ti.

Tú me lo has arrebatado todo y ya no te temo. Ahora que no tengo nada, lo tengo todo.

Por desgracia mis sentimientos son demasiado fuertes, las cadenas bajo las que me apresas demasiado pesadas. No tengo escapatoria, ni sendero lo suficientemente largo como para dejarte atrás. Siento que ya es tarde, o demasiado pronto.

Lo admito, no soy capaz de dejar de amarte. Ni creo que pueda separarme de ti aunque eso me lleve a la muerte. Y eso será precisamente lo que ocurra tarde o temprano.

Un día los golpes serán demasiado fuertes, tu rabia demasiado densa y mi cuerpo demasiado maltrecho. Es una espiral descendente en cuyo núcleo aguarda un violento final, un descenso sin fin en un abrazo que me asfixia. Si continúo a tu lado tarde o temprano estaré muerta, y no volveré a despertar en ningún hospital confusa y estéril.

Por eso he decidido arreglar las cosas con una última sorpresa. Mi último regalo.

Tenías razón, es increíblemente sencillo comprarle una pistola al colombiano con el que tú mismo me amenazaste. Por sólo cien euros me vendió un arma y un cargador entero que pienso vaciarte en la puta cara. Esa es la miseria que vale tu vida, la fortuna que me traería  tu muerte.

Quiero que comprendas que jamás te olvidaré. Conservaré tu recuerdo tras matarte, aquellas manos que removían el hielo y calmaban mis manos el día de nuestra boda. Las flores, las caricias, los interminables besos. Albergaré tus besos en mi corazón, tus miradas dulces y tus corazones de pan podrido. Recordaré todo eso mientras seduzco y me follo a tu amigo Alvaro.

No volverás a hacerme daño maldito impotente de mierda. Ni a mí, ni a ninguna otra mujer. Eres la escoria vomitada de un ser infecto, una rata, aún menos. Una repugnante mota de bilis que envilece el aire que respira, un despreciable idiota, bastardo prepotente, una pústula cancerígena. Una sabandija cobarde y despreciable. Un grandísimo cabrón que no merece ni pronunciar sus últimas palabras. Éstas son las mías.

Ahora date la vuelta hijo de puta. Una bala te espera.

            Adiós amor mío.

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