Ante él se erigía el único final posible.

Uno o dos pasos más hacia delante y una caída sin principios hacia el olvido. Mucho más allá de dónde se atreviera a mirar, cientos de metros más abajo, se extendía un océano helado. Oscuro e infinito, que surcaba memorias desde antes de que una mota de polvo como él se atreviera a confrontarlo.

El rugido perduraba en sus oídos, las olas rompían entre las rocas con tanta fuerza que casi podía sentirlas zarandeando su cuerpo, inundando su mente, colmando su boca de un sabor salado y espeso. El sabor de la derrota, el de una vida que naufraga; de la muerte que se anuncia con las velas apagadas y el gemido de la carcoma de un barco que hace aguas.

Su vida entera había sido un infierno continuado, una perversa broma de un creador repleto de sadismo. Era un huérfano de cuna, un miserable hijo de la desdicha y el infortunio. Su adolescencia transcurrió entre abusos y desprecios, su madurez bajo tropiezos y rechazos.

4ef5ca2c1209984e2ab20b9cc817a0a4Una densa niebla con olor a muertos varados cubría un lecho de rocas afiladas, y ascendía el acantilado hasta encadenar sus tobillos al filo escamado del precipicio. La bruma le impedía moverse y ver más allá de sus propias manos. Era una mortaja intangible, que ceñía el pasado con densos tentáculos hasta hacerlo desaparecer y consumía el futuro con bocados minúsculos. La niebla ocultaba todo fulgor, salvo un presente desolador, una visión limitada de una existencia cada vez más sombría.

Aquel condenado era un perdedor por naturaleza, un desecho de una sociedad adicta a las etiquetas. Un desdichado que perdía nueve de cada siete tiradas de dados. Un hombre enfermizo, un alma solitaria y cautiva de su propio destino. No dio un golpe de suerte en toda su vida, sin embargo había sido golpeado por el infortunio hasta dar con sus huesos en el fango.

El velo se difuminaba un poco cuando miraba al cielo. Las densas nubes de tormenta se apelmazaban sobre su cabeza amenazándole con susurros de alas negras. Palpitaban como un ser vivo, se contraían para supurar una lluvia de esquirlas de hielo que laceraban su piel. No existía cobijo contra aquel granizo, ni manto lo suficientemente denso para aislarlo.

El hielo repicaba en su cabeza con eco de lamento y sufrimiento que solo la tormenta y los condenados que caminan bajo ella comprendían. Él no entendía nada, mucho menos le encontraba sentido a toda aquella dramática comedia que imponía la falacia de su vida.

15d312b90788513bb85556276587e03dEstaba a merced de los elementos y de un fuerte vendaval que lo arrastraba todo a su paso salvo a la niebla y sus recuerdos. El viento arrancaba los árboles de raíz y los lanzaba al pasado junto a pedruscos, algas y restos de humanidad perdida. La esperanza volaba, en aquel acantilado no quedaba nada a lo que aferrarse.

Sus únicas posesiones le recordaron un día lo sencillo que era perderlas. La felicidad le era esquiva, salvo por unos pocos instantes fugaces y pasajeros que habían servido para demostrarle lo miserable que era el resto de su vida.

Los truenos se solapaban con el rugir de las olas y el viento, sin que ningún relámpago iluminase, ni fugazmente, el contorno del atolón de nubes negras. Solo una luz difusa y lejana bañaba la tormenta desde el horizonte. Una luminiscencia roja, un carmín desvaído en los labios de una mujer olvidada, un fuego perdido, una llama que dejó solo cenizas a su paso. Era un destello de su ocaso, que titilaba en los últimos instantes de su vida para volver las esquirlas de hielo en fragmentos de rubí sin valor alguno.

La bruma le ataba, el océano cantaba seductoras melodías para devorarle, el viento le arrastraba de un lado al otro y el granizo formaba heridas sanguinolentas por todo su cuerpo. La sangre, el sufrimiento y sus dedos ateridos por el frío y el agotamiento de ese goteo incesante. Estaba cansado de luchar contra la corriente, de huir de una tormenta que siempre acababa por alcanzarle.

No existía escapatoria alguna, salvo uno o dos pasos al frente.  El olvido, la nada. Su carga era demasiado pesada, solo quería desaparecer en la tormenta, hundirse en el mar.

Perderse para siempre en esa bruma.

89028c7a98d2d94cd7de0b52724f3696El resto de personas que contemplaban el atardecer en aquel acantilado apenas le prestaron atención. Un tipo cualquiera en una tarde cualquiera, puede que una sombra más oscura y triste, un poco fuera de lugar frente a un atardecer tan hermoso como el que se reflejaba sobre un mar en calma. Un cielo despejado, una agradable tarde de primavera en la que la brisa marina mecía los brotes de hierba recién segados.

Pocos imaginaban la tormenta que sucedía en su interior, la visión de un mundo distorsionado en su abatido estado de ánimo. La soledad, la tristeza. La pesada carga que portaba y que le empujaba hacia delante, solo para caer una última vez más.

No percibían  lo cerca que estaba de dar aquel paso, de caer en el abismo. Nadie se acercó a preguntarle porqué parecía tan triste en aquel bonito día, porqué su sombra se alargaba hacia el mar si el sol se ponía en su frente.

Las parejas se escondieron entre los matorrales, los ancianos se retiraron a sus casas. Los móviles retrataron una infinidad de veces la eternidad de aquel ocaso, las cámaras se quedaron sin memoria, solo para ser recordadas en galerías silenciosas y postales arrugadas. Los pájaros dejaron de trinar en sus nidos, las madres llamaron a sus hijos para meterlos en vehículos que no regresarían más.

El sol quedó desterrado bajo el mar, la noche alcanzaba un cenit sin luna, ni más brillos que un distante barco a la deriva. Las estrellas podían traspasar tan densas nubes, el calor no se sentía bajo el granizo. Las horas pasaron y en el acantilado quedó solo una astilla marchita, recuerdo de una vida pasada que creía incapaz de recuperar.

Esperando a dar un paso más. Un último paso.

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De pronto, entre la bruma, una sombra distinta a cualquier otra se aproximó hasta el extremo del acantilado. Se acercó sin decir nada, ni tratar de evitar lo inevitable. Su extraña vestimenta pasada de moda alborotada por el vendaval. Sus botas de cuero horadaban el barro sin dejar huella y el granizo se negaba a reposar sobre su hombro.

Un ser extremadamente alto con la espalda torcida y el cuerpo encorvado hacia su lado izquierdo. Sus brazos eran más largos de lo normal y terminaban en unas extremidades bulbosas y descarnadas, con cuatro apéndices y afiladas uñas amarillentas. Sus piernas eran diminutas y una abultada panza sobresalía bajo un pecho hundido.

Era una criatura extraña, un ente monstruoso de rostro incierto y bella sonrisa. Su cara tenía unas cualidades asimétricas únicas, unos ojos caídos sobre unas mejillas apergaminadas y una frente amplia terminada en una mata de pelo apelmazado por el sudor y el salitre. La mitad derecha semejaba cera derretida y la izquierda brillaba como pulida en mármol.

Poseía una bella sonrisa, provista de una dentadura alba y perfecta que se alineaba entre unos labios carnosos para contrastar la fealdad que la envolvía. Su piel estaba cubierta de pústulas ulcerosas y desprendía un olor extraño, pero no desagradable. Como a flores en descomposición. Nada en aquel infecto retrato destacaba de tal manera como su mirada.

Unos diminutos ojos negros, bajo dos gigantescas cuencas cavernosas que trataban de oscurecer sin éxito el fulgor de su mirada. Había una inteligencia inaudita en aquellos ojos, un chispa de maldad concentrada y una infinita tristeza que se mimetizaba a la perfección con la suya.

Era la mirada de los condenados.

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Lo reconoció al instante. El diablo llegaba para contemplar su caída, el descenso hasta su reino infernal, el mismo camino que un ángel emprendió eones atrás.

—¿Vienes para impedir que salte o para burlarte de mí? —Le inquirió el condenado sin un ápice de interés en la parición. —Ambas cosas son inútiles. No me quedan motivos por los que luchar, ni a ti te resta nada que arrebatarme.

El diablo tardó una eternidad en contestar, el viento mecía las estrellas y las arrojaba al mar en fosfenos traslucidos. El océano rugía, enfurecido por la dilatada espera. El monstruo se adelantó cojeando, atravesó la bruma marina y se detuvo junto al condenado en el mismo canto del precipicio.

—Ambas cosas me resultan indiferentes. Estoy aquí porque era exactamente donde debía estar, igual que tu deberías de estar en otro sitio. Un paso al frente o un paso atrás, en realidad es lo mismo. Solo tu decides cual dar.

Su voz era ronca y poco acostumbrada, muy lejos de la imagen de galán seductor del cine. Era granito y culpa, inteligencia y brutalidad. Todo proveniente de la misma talla y arista de su aguda mirada.

—No puedo dar marcha atrás. Lo he perdido todo. —Todo estaba dispuesto y decidido, en realidad se sentía arrastrado por una decisión tomada por un poder superior. Sus palabras eran un epitafio, una despedida de la que necesitaba desprenderse antes de saltar. —Perdí a mi hijo hace cinco años. Aquel día fui a buscarle al colegio  tras un turno doble en el trabajo. Estaba agotado y tenía tanto miedo a que me despidieran que era incapaz de pensar en otra cosa. No logré ver a aquella mujer que cruzó el paso de cebra hasta que di un volantazo y me estrellé contra una terraza repleta de gente. Murieron tres personas, incluyendo la mujer y mi hijo. Por desgracia yo sobreviví, hubiera cambiado mi vida por la de cualquiera de ellos. Mi mujer jamás me lo perdonó, perdí mi trabajo, mi vida y mi matrimonio. Desde entonces todo me sale mal, las mujeres me rehúyen, mis amigos dejaron de llamarme y no me contratan ni en trabajos que antes hubiera rechazado. Llevo meses viviendo de prestado en un motel en el que las ratas no se atreven a alojarse. Perdí mi vida entera aquel día, esto solo es un trámite, como los papeles del divorcio.

Las lágrimas se desprendían de sus ojos, solo para ser consumidas por la remota mirada del diablo. Tras unos instantes más el ser apartó la mirada y se concentró en el océano, que silenció al instante su rugido. Ambos quedaron solos, ni el viento, ni la bruma ni el granizo se atrevieron a interrumpirlos.

—Lo comprendo. Tu vida es una mierda. —La sonrisa del diablo laceró la noche. No albergaba regocijo, solo una inmensa y desgarradora tristeza acumulada. —Adelante, salta. No te lo impediré. Ya has sufrido suficiente. Nadie debería soportar todo aquello por lo que estás pasando.

—Cuando todo termine… ¿Podré ver a mi hijo de nuevo? —Imploró el condenado.

—¿Tu hijo? Yace en tu corazón, no allí a dónde te diriges. Tendrás que dejar aquí todo lo que conservas, incluso su recuerdo. Vamos, apresúrate. La noche avanza y puede que más tarde te falte el coraje. Acompáñame en las sombras y olvida conmigo tu miserable existencia. Renuncia ya a la vida, no me obligues a entregarte todo aquello que te debo. Un alma gratis tiene un gusto exquisito, te lo aseguro.

—Miserable. Nunca hice tratos contigo, ¿qué puedes entregarme que no me hayas cobrado con intereses? ¿No es suficiente mi vida que quieres arrebatarme también el alma?

El diablo comenzó a reírse. Carcajadas secas, saladas y resbaladizas como la pátina que cubría las rocas del lecho marino.

—Pobre humano, incluso a punto de echarte a perder resultas delicioso. ¿Acaso no lo sabías? Solo los que triunfaron en vida van a parar a mis manos. Los infelices como tú se pierden en la nada, en un limbo del que nada regresa. Oscuridad y olvido, ni el infierno es tan aterrador. Para tener tu alma tendría que darte algo a cambio, y como tú bien sabes contigo solo he contraído deudas.

—¿Tan despreciable soy que mi alma ni el diablo la desea?

El diablo caminó por el abismo, se alejó un par de metros y recogió una piedra blanca oculta entre las raíces de un espino. Se acercó con la piedra y la depositó en su mano. Estaba tan fría que dio un paso atrás sobresaltado. La roca estaba caliente.

—¿Eso es lo que vale mi alma para el diablo? ¿Una simple piedra?

—No es una piedra, sino una promesa. —Contestó el diablo señalando la roca con su deforme garra. —Mientras la lleves y solo durante el día de mañana, todo aquello que comiences saldrá a la perfección. Medita sobre su peso, no te devolverá nada, pero te entregará todo aquello que desees.

— Mientes. Es otro juego cruel, otra pesada carga. Si algo me ha enseñado la vida es que nada es gratis, y esta roca puede tener un coste mucho mayor que mi vida.

—Nada es gratis, la felicidad está en la palma de tus manos. A cambio te exijo que mañana regreses de madrugada a este mismo acantilado, me relates todo aquello que te sucedió en tu último día de vida y después te lances al vacío.

El hombre estuvo tentado de tirarle la piedra al diablo, no lo hizo porque se sentía tan desdichado que estaba seguro de que rebotaría para golpear su propia frente.

—Solo quieres alargar mi sufrimiento para deleitarte un poco más. Eres un ser maldito que se alimenta de la desesperación.

—Tu vida no vale nada, tú mismo lo has dicho. Tu tiempo es lo único que tienes para ofrecerme, y de todos modos era algo a lo que ibas a renunciar esta misma noche. —Le recordó el diablo con su áspera voz capaz de doblegar la bruma. —No tienes nada que perder, solo un último día de gracia y yo tengo toda una eternidad para aburrirme. Mañana serás un hombre afortunado, la gente a tu alrededor te mirará con otros ojos. Le resultaras irresistible a las mujeres, los hombres te brindaran su amistad y la felicidad costará la mitad de lo habitual. Todo lo que hagas saldrá a las mil maravillas y la suerte te sonreirá hasta el ocaso, entonces tendrás que regresar junto a mi. Me entretendrás durante unas horas y después podrás terminar lo que esta noche comenzaste. Ahora vete, antes de que la roca arda entre tus dedos y la desdicha consuma tu última oportunidad.

El condenado sopesó la piedra en su mano. Midió su peso y calculó su forma, no parecía haber nada mágico ni místico en ella. No estaba cubierta de runas ni emitía fulgor alguno. No era distinta a cualquier otra piedra del acantilado, sin embargo era la única que el diablo le había entregado.

Se guardó la piedra en el bolsillo, la tormenta se había calmado y las rachas de viento eran menos intensas, casi apacibles. El océano continuaba rugiendo, pero el sonido era distante, como el granizo que se deshacía sobre sus hombros. Incluso le pareció que hacía menos frío, o al menos su cuerpo estaba más caliente. El diablo continuaba mirándole, recortado contra un manto oscuro en el que las estrellas comenzaban a titilar. Sus labios fruncidos, había dicho todo lo que tenía que decir, solo esperaba a que el condenado eligiera dar un paso adelante o atrás.

—Aceptaré tu regalo, porque una existencia tan miserable como la mía merece una compensación, incluso si proviene de un ser como tú. Puede que sea un día maravilloso, una última cena de una vida hambrienta. O puede que sea otro día de mierda. De todos modos te doy mi palabra de que regresaré mañana. Tras cumplir mi parte me entregaré a la muerte que esta noche me aguardaba.

El diablo asintió, el pacto estaba sellado. Con la piedra en el bolsillo el condenado se dio la vuelta y caminó hacia delante. No tenía nada que perder, solo un día que ganar. No se volvió a dar la vuelta por miedo a que todo desapareciera.

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En la cornisa del abismo el diablo se quedó mirando el mar. Una silueta más oscura que la noche y tan alta que se plegaba sobre sí misma. Estaba solo, como tantas otras veces. Suficientes como para aprender el idioma del mar, que le revelaba secretos que a ningún otro le importaban.

Su aviesa sonrisa destelló bajo su hábito de tristeza y desolación, aquel hombre tenía razón. Era el príncipe de las mentiras y tenía intenciones ocultas que no había revelado. Más por sabio que por viejo, urdía en las sombras lo que bajo el sol sería evidente. Sus planes se extendían, él no deseaba la muerte ni el alma de aquel hombre. Ambicionaba mucho más.

El condenado regresaría y el diablo le esperaría en el borde mismo de la vida.

Continuará…

El diablo y el suicida II

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