Hillary Clinton se hunde a última hora y Donald Trump se hace con otra ganga a precio de coste. El mundo tiembla.

 

La vertiginosa carrera para hacerse con las riendas del poder de los Estados Unidos de América se decanta con un resultado muy ajustado hacia el candidato del partido republicano  Donald Trump. Vladímir Putin tiene un nuevo aliado y el mundo tiembla ante la incertidumbre.

Los datos han fluctuado durante toda la noche con una tensión y suspense dignos de una película de Hollywood. Las cifras comenzaron otorgando la victoria a Hillary, para decantarse contra todo pronóstico por el magnate a última hora. Las minorías no han logrado movilizarse y el sueño de la primera presidenta de los EEUU se despedaza en mil fragmentos.

Una demostración perfecta de que la mala publicidad no existe. De cómo aquellos que te ridiculizan, critican y en definitiva difunden, pueden contribuir al desarrollo del mediocre, de aquel que no tiene otro argumento que su propia popularidad. Trump es una marca, un producto comercial perfectamente diseñado para ser consumido por un país alienado por la televisión y la comida rápida, por los principios de saldo y las pancartas de escaparate.

El bufón de incierto peluquín, el rey de los cameos cinematográficos que  popularizó los despidos en su reality show, se ha impuesto en una confrontación entre los dos candidatos más impopulares de las últimas décadas. Las elecciones no se han decidido por  méritos propios, sino por las cuotas de odio que generan ambos candidatos en los electores. Las votaciones se han movido por el voto a la contra, en un conflicto que ha dividido el país, ha separado hermanos  y removido un conflicto racial que parece acechar al país desde sus inicios.

Han sido unas elecciones convulsas. Las disputas han sido promovidas por los grupos más radicales de ambos bandos y se han mantenido hasta el último momento. En la ciudad californiana de Azusa se han visto obligados a cerrar un colegio electoral tras un tiroteo que se ha saldado con dos víctimas mortales.

Los mercados no otorgan su confianza hacía un empresario que ha dado muestras de una astucia atroz y despiadada en su actividad empresarial. Un cuestionable multimillonario, que ha sabido gestionar una cuantiosa herencia familiar para devorar el mercado inmobiliario de Manhattan en sus horas más bajas y sacar provecho incluso a su declarada bancarrota. La bolsa se ha derrumbado ante la noticia y la inestabilidad, el dólar cae respecto al euro y el peso mexicano se desploma.

No ha ganado Donald Trump, ha triunfado el capitalismo más impúdico. América retrocede siglos de historia y da un paso hacia un abismo de ostracismo, incultura, racismo y el recorte a la igualdad de género y derechos sociales. Una desastrosa ironía en la que un magnate que jamás ha tenido otro empleo que la gestión de capitales ha movilizado un electorado obrero de la clase medía más desencantada.  La resolución de problemas a través del odio y la culpabilidad, mexicanos o judíos, excusas para manipular a una población cansada y castigada por poderes económicos como el propio Trump.

No podemos engañarnos, no han vencido los programas políticos ni las propuestas sociales. Ha ganado el miedo, los discursos vacíos y las promesas rimbombantes. Como la construcción de un muro que les separa de la realidad o una recuperación laboral imposible de reconstruir.  Las elecciones han sido un concurso de popularidad, más cercanos a los certámenes de Miss universo que Donald Trump regenta que a la propia realidad.

Los resultados de las elecciones americanas son una muestra más del desencanto generalizado hacia el sistema político o establishment, canalizado esta  vez por la derecha más conservadora y voluble. Un católico ultraconservador con una vida repleta de escándalos, salidas de tono y comentarios sexistas, racistas y xenófobos.

Los discursos raciales y populistas dan un paso adelante nunca visto en el mundo libre desde el alzamiento del nacionalsocialismo en la alemania de los años 30. El sueño de una América blanca y grande cobra fuerza en la imaginación de un sector de la América profunda. Los once millones de inmigrantes que han contribuido al desarrollo de un país históricamente inmigrante se preguntan si las exportaciones masivas prometidas por el republicano se llevarán a cabo.

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La rueda gira para aplastar el sueño americano. Un país con una falta total de memoria histórica y coherencia política. Las campanas de la libertad vuelven a tañer, esta vez para recordar las cadenas de una esclavitud empresarial que continúan subyugando un país de personas que pueden comprarse y venderse en programas de televisión.

Sería fácil encasillar a Donald Trump como dictador en potencia, pero lo cierto es que es un ejemplo perfecto del capitalismo más despiadado. Un tiburón en una pecera de grandes escualos que se nutren de los bancos de sardinas. Para Trump, América es un negocio más del que aprovecharse, exprimir y vender a buen precio cuando la inversión sea rentable.

Ha  nacido un monstruo, capaz de utilizar a su electorado en su propio provecho. Pese a su discurso antisistema, Trump no se diferencia en nada de los políticos actuales, salvo que esta vez en lugar de un poder empresarial que presiona al político, es un el poder económico el que se ha hecho con el triunfo.

El humo de la incertidumbre que ha mantenido en vilo al mundo entero comienza a difuminarse. Tras una batalla encarnizada, los casquillos de bala siembran el suelo y la sangre todavía amenaza con teñir el río. No olvidemos que la guerra es un negocio mucho mayor que la paz y ante un presidente que ha afirmado que el cambio climático es una fantasía, el mercado de las armas y la guerra se abre como una gran oportunidad que explotar. Los fantasmas del terrorismo y la inestabilidad amenazan con regresar, una fruta madura dispuesta para ser recogida.

Las esperanzas de Donald Trump de convertir el país en un gran negocio adquieren constancia, los muros se alzan, el capitalismo avanza y los discursos vacíos toman la casa blanca. Los grandes fuegos de artificio, las promesas de un mundo feliz y los rascacielos de lámparas de araña han logrado deslumbrar un país desencantado. El futuro parece mucho más pequeño y desolador cuando puede comerciarse con la esperanza. 

Con un resultado de 218 a 289, la batalla amenaza con dilatarse en los tribunales y continuar con el voto por correo. Quién sabe cómo continuará el conflicto.

Se abre un futuro incierto. Tu futuro, con el que otros insisten en comerciar.

You are fired”. 

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