(Continuación del relato «El suicida y el diablo», si no lo has hecho ya, pincha aquí para leer la primera parte)

195cac54fb49e1523085115406463586La muerte permanecía inmóvil junto a la vida, posibilidades tendidas en la franja exacta en la que los suspiros se difuminan. Sumergirse en un océano helado, o surcar un cielo encapotado, plácido y melancólico. Posibilidades que se perdían para siempre cuando alguien pasaba de largo o se lanzaba al vacío. Entre ambos mundos despuntaba un espolón de esperanzas trémulas, en el que el diablo aguardaba cobrarse un alma más.

Esperaba pacientemente, aquel era uno de sus rasgos más destacados. Ahora que ya no tenía tiempo era cuando más se preguntaba hasta dónde extender las mentiras y por dónde cortar los patrones de la máscara que empezaba a desprenderse de su marchita cara. El diablo miraba el mar, contaba los segundos con los últimos estertores del sol.

Aquel orbe inmisericorde lo descubría todo. Iluminaba las sombras en las que acostumbraba a resguardarse, quemaba su apergaminada piel y fruncía sus ojos hasta convertirlos en diminutas grietas ciegas. Bajo el sol, sus mentiras resultaban tan evidentes como las deformaciones de su rostro, su dignidad arrebatada, junto con aquel manto terrorífico con el que trataba de guarecerse de la frialdad humana.

El sol revelador, enemigo del diablo. Las flores se giraban hacia el astro igual que las miradas marchitas germinaban en las personas con las que se cruzaba aquel ser. Aquel traidor de ardientes lenguas lo revelaba todo, incluso los pensamientos de diablo.

Sus pies arqueados mecían el acantilado, ante su presencia ningún visitante osaba compartir el silencio. Incluso las olas y el viento parecían permanecer a la espera. El tiempo congelado en un flamígero instante de un sol devorado por el océano, reflejado en un espejo que comenzaba a bañarse con una capa de ónice y cobre. El diablo pensaba cuántas vidas había reclamado el mar y de cuántas disponía él.

Calculaba el valor de su alma y el coste de su pérdida. Se preguntaba, y eso le obsesionaba hasta la locura, si algo cambiaría en el mundo tras un paso más. La ironía le arrancó una sonrisa, que crujió en sus inflexibles labios. Jamás reía bajo el sol, pero sentía aquello como otra batalla vencida. La sonrisa cedió en una carcajada que se desbordó en una risa histriónica y desconcertante.

Por fortuna el sol se ponía, los días no duraban mucho en la vida del diablo y la noche le alcanzaba siempre para intercambiar la rabia por nostalgia. No siempre lograba arrebatar un alma, ni todas las noches conservaba la suya. La espera había resultado eterna, la noche y el diablo aguardaban juntos sobre un acantilado más allá de toda posibilidad.

El condenado no tardaría en llegar.

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Un desdichado de paso trémulo avanzaba por el sendero que perecía en el borde del acantilado. Un sólo día transcurrió desde que surcó aquel mismo camino, apenas veinticuatro horas, un instante, un suspiro burlón. En aquel momento le parecía toda una vida.

Llovía, el océano rugía, el viento arrancaba esperanzas y mecía los árboles. La naturaleza y el destino continuaban azotando el acantilado, pero lo hacían con una intensidad mucho menor, casi melancólica. La pérdida de su familia y la culpa por la muerte de su hijo continuaban tirando de él, salvo que ya no estaba seguro de hacia dónde. Tampoco alcanzaba a distinguir si el abismo se encontraba frente o tras él, al menos no como solo un suspiro antes.

El suicida llegaba para cumplir su parte del trato, eso no evitó que se le helara la sangre cuando observó la figura torva y espigada que se alzaba sobre el abismo. La muerte le esperaba, su paso se detuvo al escuchar la risa del diablo. Un suspiro, antes no creía en nada y se hubiera lanzado al vacío sin pensarlo. Tenía miedo, de su final y del propio miedo. Aquello significaba que todo había cambiado.

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Tres pasos le acercaron al diablo, tras otros tres tuvo que detenerse a recobrar el aliento. Al suicida le dolía el pecho, le pesaban las piernas y el corazón.

La risa del diablo era la de un demente, una cacofonía que surcaba el viento y rompía contra las olas. Le tentó la idea de lanzarle la piedra a la cabeza, su piedra la suerte, pero la desechó rápidamente. Realmente no tenía opción alguna.

El suicida rascó en la piedra el valor suficiente para enfrentarse a su destino. Sentía su superficie persistente y reconfortante en sus manos. Esa sensación se esfumó como la niebla cuando el diablo se dio la vuelta y le apuñaló con aquellos diminutos ojos que supuraban astucia.

—Llegas puntual, demasiado tarde para encontrarnos tan pronto. —El diablo laceró el aire con sus palabras, emergidas de las profundidades rocosas del océano. —Cómo han cambiado las tornas. Pobre desdichado. Anoche te encontré al filo de tu existencia y acudí a entregarte aquello que te debía. Ahora eres tú el que viene a mí, y por tus pasos intuyo que no te guía la misma convicción que te empujaba hacia el suicidio. ¿Es acaso más certera tu vida, o son más difusas las perspectivas de tu muerte? ¿Has encontrado en este acantilado un descenso más profundo, o eres tú el que ha cambiado la perspectiva?

El suicida recortó aquellos últimos pasos que le separaban del borde del acantilado y se detuvo junto al diablo. Miró el océano, contempló las olas rompiendo contra las rocas y un barco pesquero que regresaba a puerto tras semanas en alta mar. Pensó que a todo regreso le anticipaba una partida, se imaginó la felicidad de las familias con la vuelta de los pescadores y la soledad de aquellos que solo deseaban regresar al mar en cuanto pisaban tierra.

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Concibió un mundo entero, despedazandose entre sus dedos, mezclándose con la arena, emergiendo entre un plancton luminoso que atraía a los depredadores. Era incapaz de confrontar la mirada del diablo, su lechosa piel, su malformado rostro y su sonrisa cautivadora.

—Estoy aquí porque he de cumplir con mi promesa y saldar mis deudas. —Aseguró el suicida con un susurro que reptaba en la brisa. —Ha llegado la hora de mi muerte. Mi alma es tuya.

El diablo le miró con desprecio, el aburrimiento se expresaba sin palabras en sus ojos desvaídos. Sus labios sonreían sin una pizca de humor o misericordia. Ambos miraban el océano esperando que emergiera alguna esperanza perdida.

— ¿No sabes nada sobre la oferta y la demanda? —Replicó el diablo. —Me sobran almas, en el infierno habitan tantas como pueda desear. Ya no tienen valor alguno. La maldad fermenta un mundo putrefacto, me basta con visitar el senado para saciar mi apetito. No has comprendido nuestro trato. Quiero tu historia, tu alma me resulta indiferente. Atraviesa el acantilado o lánzate hacia otra vida. Suicídate como dios manda. Pero antes relátame tu epitafio, ¿funcionó como esperabas el amuleto que te regalé la pasada noche?

Bajo la luna el condenado sopesó la piedra que guardaba en la mano. Su tacto le hizo aflorar un recuerdo y una sonrisa. No recordaba una sonrisa como aquella, ni el último recuerdo que le había hecho feliz desde la muerte de su hijo. Se planteó guardar la ilusión, atesorarla para siempre y despedirse arropado.

La roca ardió en su palma dejando una impronta invisible y un finísimo sendero de sangre. Una esquirla de cristal se había introducido entre los pliegues de su piel,  un fragmento de una colisión inesperada entre dos vidas. El recuerdo no le pertenecía solo a él, tenía que compartirlo con el diablo. Aquel era el verdadero precio.

Con un suspiro el suicida se sentó en el acantilado, las piernas colgando de un margen cada vez más difuso. Sus pies eran péndulos en el vacío, sus palabras eran dirigidas al cielo nocturno, a las estrellas que parpadeaban mucho tiempo después de extinguirse:

—Nada ocurre como esperamos. Pero sospecho que tú eso ya lo sabías, por eso eres el diablo y yo un mortal esperando su turno en el cadalso. Cuando marché estaba convencido de que solo era una broma,  una tortura más. Aún así estaba dispuesto a despedirme a lo grande. Deseaba un fogonazo, un destello de luz antes de plegarme a tu sombra. Joder, quería un último polvo, correrme hasta ser alcanzado por el barro.

El diablo asintió, el comentario le pareció divertido, aunque no se permitió expresarlo. Estaba demasiado triste. Se sentó junto al suicida y le dejó continuar.

—Me fui directo a una casa de putas de la que me habían hablado. No me he acostado con nadie desde que me dejó mi mujer, aún me sentía culpable. Así que llegué decidido, al menos me follarían como nunca. Idiota hasta para un último deseo. El club estaba cerrado y por mucho que grité no conseguí que nadie saliera a atenderme, hasta que alguien llamó a la policía y tuve que marcharme. Corrí con todas mis fuerzas, hasta que me dolieron los oídos y me sangraron mis memorias. No me perseguías, y sin embargo te sentía en todas partes.

—Un comienzo prometedor. —Objetó el diablo con sorna. —Espero que llegaras lejos.

—Lo hice, llegué hasta el extremo de mi existencia. Ni más, ni menos. Estaba dispuesto a probar que la piedra que me diste era valiosa, o al menos que mi vida carecía de valor. Salté entre charcos y me mojé igualmente. Saludé a la gente que pasaba por la calle, me devolvían miradas inquietas y murmullos asustados. Por allí camina el loco, por dónde el cuerdo no se atreve a explorar. Hasta que me di cuenta de que estaba cubierto de barro y prejuicios. Quise probar un último manjar y me atiborré a pasteles y pastas que me provocaron una indigestión aguda. Acabé vomitando entre los geranios de un parque infantil y recordé a mi hijo. Pero no me sentí desdichado, solo me apenaba no poder recordarlo de otra manera, sin la culpa como mortaja. En aquel momento todo parecía perdido, el amuleto no parecía distinto a cualquier otra piedra de aquel parque.

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—Y sin embargo aquí estamos. Tú aún permaneces con vida y yo continúo escuchándote, todo termina de una forma u otra, aunque sospecho que tu vida no terminó en aquel parque, ni en el divorcio o el accidente de tráfico.

 —Sentado en la hierba no creía que hubiera nada que terminar. —Contestó el condenado devolviendo la mirada al abismo. Sus labios estaban petrificados, sus ojos reembolsaban una sonrisa cuya procedencia ambos mantenían en secreto. —Me alcé del barro y la autocompasión. Se había convertido en algo personal. Necesitaba desenmascararte, demostrarme a mí mismo que soy tan miserable que ni el diablo es capaz de cumplir con su palabra. Apreté la maldita piedra hasta que se me entumecieron los nudillos y entré en el primer casino que encontré. No tenía mucho dinero, pero lo aposté todo en la misma jugada. Todo al rojo impar. Me desprendí de la responsabilidad de mi vida. Todo lo que me quedaba a una jodida apuesta en la ruleta.

—La vida recompensa a los valientes.

—Pues la vida es puto chiste. —Manifestó el suicida. —La suerte escogió la casilla negra y perdí todo lo que me quedaba. Me marché aún más desdichado y miserable de lo que había entrado. Maldije mi vida de mierda. Te maldije a ti, a la puta piedra de mierda que me entregaste a cambio de mi alma y a todo lo que aconteció en este desgraciado mundo.

De pronto se echó a reír. Una risa salvaje, carcajadas que rugían en la noche y extasiaban al diablo. No sabía si había perdido la cabeza, si aquel desdichado estaba completamente loco o simplemente estaba más cuerdo que nunca.

—El mundo era mi enemigo. Deseaba verlo arder, despedazar cada recuerdo y envolver con mi desdicha cada una de tus palabras. Si en ese momento hubiera estado aquí yo mismo te hubiera arrastrado al abismo. Pero no estabas, demonio. Solo disponía de tus promesas huecas de un último día de dicha y una piedra sin valor alguno. Lancé la piedra con todas mis fuerzas, ciego por la ira y la impotencia, con tanta fortuna que rompió una ventana de un edificio cercano. El cristal quedó destrozado y se vertió en una fina lluvia de esquirlas sobre mis hombros. El marco de madera cedió también, dejando un hueco enorme, similar a la cuenca de un tuerto en la pared del edificio. No necesitaba correr, no me importaban las consecuencias, pero me alejaba cuando surgió de la abertura la mujer más bella que jamás he contemplado. Tenía la piedra entre sus manos y no parecía tan molesta como debería. Me miraba con la cabeza ladeada y una trenza de pelo descendiendo por sus contorneados hombros. No sé lo que vio en aquel momento, quizás al hombre más lastimoso de la tierra, sin embargo no gritó ni llamó a la policía. Señalaba mi amuleto, meciéndose en mi encandilada mirada mientras calculaba los destrozos causados.

—¿No se enfadó contigo? —Le preguntó el diablo ensimismado con la historia del suicida. —Yo te hubiera hecho probar torturas que aún no han sido inventadas por la retorcida mente del ser humano, si es que eso fuera posible.

—Puede que se enfadara, pero no mostró crueldad, ni piedad alguna por un ser tan lastimoso como yo. Me deshice en disculpas, no pude evitarlo. Ella debió de contemplar mi ropa cubierta de barro, mi culpa y mi corazón marchito. Su sonrisa iluminó mi vida como ningún amanecer logró hacer desde hacía años. La lluvia cesó, reflejada en mil fragmentos de cristal que iluminaban un rostro perfecto. Puede que mi vida sea baldía, pero puedo presumir de haber conocido al diablo y a un ángel en el mismo día.

 —No quieras conocer a los ángeles, no son como te piensas. Te sentirías decepcionado.

420dd3a7873c0c5910adccfab97ad0b1—Sin duda lo haría después de conocerla. —Reconoció el suicida con la mirada perdida en el horizonte. En sus ojos habitaba un destello apagado desde hacía tiempo. —No sabía cómo compensarla, así que prometí que arreglaría la ventana con mis propias manos. Por suerte tengo cierta habilidad con la carpintería y la voluntad suficiente para empeñarme en restaurar el daño causado. Ella aceptó mi acuerdo, igual que yo lo hice contigo. Me invitó a subir y me abrió la puerta de su casa. Mi corazón se detuvo al contemplarla cara a cara, lo juro. Puede que ya esté muerto y dé testimonio en el infierno, no he contemplado en vida otra mujer como ella. La perfección es fugaz a su lado, sus ojos negros ardían en un rostro inhumano, al menos bajo mi perspectiva. Aún me resulta imposible encontrar algún defecto del que no sea capaz de enamorarme en ella. Sonreía, y no menguó mientras me entregaba una caja de herramientas. Su sonrisa, aquel era el premio de toda una vida. La recompensa por todo aquello que perdí, no me importaba que fuera tan fugaz como mi vida. La amé desde el primer momento.

—El amor es una mentira. —Interrumpió en diablo con un bufido. —Ni yo soy tan cruel.

—El amor es una falacia, una contradicción absurda. Una certeza absoluta que solo entiende quien la posee. Es como tratar de comprender el significado de la vida. Los muertos no saben respirar, de lo contrario estarían vivos. Ahora me siento más vivo que nunca… ¡Y su mirada! Ni tú, diablo, posees tanto poder. En sus ojos mi vida entera palpitaba, mi percepción retorcida hasta dar la vuelta a toda concepción del mundo que nos rodeaba. Todo lo que creía saber era frugal, lo que me enseñaba sin palabras, profundo y relevante, suficiente como para borrar toda creencia precedente. No sé lo que imaginaba al contemplarme, pero puedo asegurar que profundizaba en mi alma como nadie podía hacerlo. Un extraño cubierto de barro, un reloj sin cuerda cuyas manecillas estaban a punto de detenerse. Creo que se apiado de mí. Mientras remendaba el marco de la ventana preparó un par de sándwiches que compartimos sentados sobre la alfombra de su salón. Aquella era mi última cena y jamás encontré un manjar que saciara tanto mi apetito.

—¿Qué deseabas, ganar en la ruleta o la sonrisa de aquella mujer?

—Una vez contemplada no existe mayor recompensa. —El condenado manoseaba el amuleto del diablo con anhelo, el mismo que atravesó la ventana de aquella mujer y que recogió de la alfombra entre fragmentos de cristal. Se sentía reacio a devolverla, ya no era solo una piedra. —Por eso estoy aquí, cumpliste con tu palabra. Fue la piedra que me entregaste la que me llevó hasta su puerta.

—Entonces parece que aprovechaste bien tu última oportunidad. —Los labios del diablo estaban torcidos en una mueca extraña. Las sombras iluminaban una faceta oculta, un deje de humor perdido que siempre trataba de contener. —Has cumplido tu palabra, estás aquí para dar un paso más y no te quedan historias por contar. Adelante, salta al abismo, el infierno te espera en el océano helado.

El suicida contempló el horizonte, por un momento se olvidó de su rugido y el salitre se atoró en su garganta. Le faltaba el aire, le sobraban motivos. Una vez que la noche se despejó se dio cuenta de que le quedaban cientos de estrellas por contar. Enfrentarse al diablo, superar sus miedos. Se sentía capaz de drenar el mar y tallar el acantilado, de extraer de la luna otra roca como la que albergaba entre sus manos.

El diablo esperaba lo inevitable. En el momento adecuado todos caían al abismo. El suicida respiró profundamente y se armó del valor necesario tan solo recordando aquella mirada desconocida que tantas veces orbitara en su cabeza.

—Saldaré mis cuentas y lo haré con los intereses que consideres oportunos. No huiré de ti, pero no eres el único con el que tengo asuntos pendientes.

El diablo arqueó una ceja, pero no perdió su enigmática mueca al contestar:

—¿Tratas de engañar al diablo? ¿Has leído el Fausto de Goethe? —El suicida asintió. —Te adelanto que no habrá ningún ángel salvador que evite tu destino. Tarde o temprano tendrás que responder ante mí. No postergues más ese momento o será demasiado tarde.

—Un ángel, es precisamente con ella con quien debo saldar cuentas. Si por mí fuera cumpliría con mi parte ahora mismo. Adiós, al diablo con todo. Pero no he podido reparar la ventana, ni todo el daño ocasionado. Otórgame una prolongación del plazo para arreglar los destrozos que mi rabia causó. Su sonrisa lo merece, su mirada lo exige. Concédeme un día más y mi alma será tuya.

El suicida extendió la mano con la palma abierta, entregando la piedra que tan poco pesaba. El diablo le agarró por la muñeca, la sangre se heló y su corazón dejó de palpitar.

—Entrégale a ella tu alma, ya te dije que a mí me sobran. No sabría qué hacer con otra. —El diablo cerró la palma de la mano y la llevó al pecho del suicida. —Conserva el amuleto, mientras permanezca en tu mano y no en tu pecho, mientras tu corazón palpite y no se encuentre entre mis manos, dispondrás de  un suspiro más. Vete y vuelve mañana tras cumplir tu obligación con esa mujer. Este acantilado puede esperar un día más, igual que un viejo diablo.

El suicida pensó que era demasiado fácil, con aquel ser siempre existían intenciones ocultas. El reverso de su horrible rostro comenzaba a dulcificarse cada vez más. Ignoraba cuáles eran las intenciones que tendría, pero estaba dispuesto a todo por volver a verla. No esperó más, ni dudó un solo instante. Se levantó y emprendió el camino de regreso, las horas que le quedaban eran escasas y el tiempo que le restaba tremendamente valioso. Tenía la intención de comprar los materiales necesarios en un almacén en cuanto alzaran la persiana.

Llevaba solo dos pasos y miles de ensoñaciones con aquella mujer. Ya no se acordaba del acantilado ni del diablo, cuando una última advertencia se arrastró por la hierba y llegó hasta sus tobillos para encadenarlo a la realidad.

—Mañana nos volveremos a ver. Recuerda que estás condenado y que solo dispones del tiempo que yo te entrego. Aprovéchalo, vive cada instante sabiendo que es el último del que dispones. Mañana tendrás que regresar y contarme otra historia. Si no me resulta interesante desearás haberte lanzado por el acantilado mientras tenías la ocasión. El infierno te parecerá un paraíso si desperdicias mi regalo.

Al darse la vuelta el suicida avistó al diablo erguido sobre el mar, recortado contra una luna gigantesca. Su espalda corvada, su siniestro rostro derretido a contraluz. El condenado no se percató antes de que el diablo pareciese tan triste, ni que la luna fuera tan hermosa. Regresaría, así lo había prometido. No deseaba que el peso de la piedra que portaba le arrastrase hasta la culpa que la noche anterior le devoraba.

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Tras el ocaso siguiente el suicida regresó para reunirse con el diablo en el borde del acantilado. Era una noche de primavera, la vida destellaba en su ánimo como un manto de ascuas candentes. Le relató al diablo su finita eternidad junto a aquella mujer, cuyo nombre empezaba a resultarle familiar.

Arregló la ventana con tanto esmero que quedó mejor de lo que estaba. En el transcurso se percató de que tenía una mecedora quebrada de aspecto antiguo. Era una reliquia familiar, que su abuela le legó y se negaba a desechar. El suicida prometió repararla, pero la deuda contraída en el almacén de carpintería superaba con mucho su esperanza de vida.

Le explicó al diablo como llegó a un acuerdo con el dueño del almacén para reparar un par de armarios a cambio del material de la ventana y un nuevo acolchado con el que rematar la mecedora. El suicida no recordaba la última vez que se había sentido tan útil.

Siempre tuvo cierta habilidad para la carpintería, pero con una carrera centrada en el sector financiero jamás se le había ocurrido explotar aquella afición. El diablo le concedió un día más para finalizar la mecedora y los armarios.

546278b3fe56f14b81868be75a6714ceLos días transcurrieron, las noches junto al diablo se alargaron durante semanas y las semanas dieron paso a los meses. El diablo, con la mirada siempre puesta en el océano escuchaba las historias del suicida y con ello olvidaba durante unas horas su propio infierno.

Gracias a sus habilidades, el suicida comenzó a labrarse una reputación como carpintero y ebanista. Los trabajos en el almacén se hicieron más complejos y satisfactorios y comenzaron a llegarle encargos de clientes que solicitaban toda clase de muebles a medida. El trabajo aumentaba y tras incontables encargos, tuvo que montar su propio taller en una lonja que el dueño del almacén, con el que había trabado amistad, le alquiló a muy buen precio.

Ni una sola tarde olvidó regresar a la casa de aquella mujer que irrumpió en su vida entre fragmentos de cristal roto y esperanzas perdidas. Ni una sola noche falto a su cita con el diablo. El suicida siempre encontraba un motivo por el que postergar lo inevitable y vivir un día más.

Ella limpió sus ropas de barro y tierra y su alma de culpa y desdicha. La gente le miraba de manera distinta cuando pasaba por la calle y todo el mundo le devolvía el saludo. Todos querían al condenado, como se ama a los últimos días de la primavera.

El otoño dio paso al invierno sin apenas darse cuenta. Suicida y diablo se sentaban en el borde del acantilado contra viento y marea. Por alguna razón el mobiliario de su salvadora parecía requerir siempre un último arreglo, solo el diablo se percató de que era ella quien rompía mesas y sillas para postergar sus visitas.

Con el tiempo el suicida convirtió la casa en un palacio, del que se mudaron para vivir juntos en la segunda planta de su taller. Se amaron con todo su corazón, tanto como amaron amarse. Puede que incluso que más. El diablo disfrutó de aquella relación y les dio su satánica bendición. El amor de los desesperados era como una dulce manzana para él, no osaba morderla o tomarla, pero la miraba con anhelo en cada una de las palabras del suicida.

Pasaron dos años y el dueño del almacén anuncio al suicida su deseo de jubilarse. Sentía gran simpatía por él y le ofreció el almacén a un precio tan bajo que hasta el diablo le recomendó adquirir. Los negocios marchaban bien, casi tanto como el amor compartido. El suicida compró el almacén y con aquella visión financiera de una vida pasada elevó la rentabilidad de tal manera que acabó por quedarse pequeño.

El suicida jamás se sintió tan cercano a la vida, ni tan lejano a la muerte. El diablo aguardaba cada noche, le aconsejaba y escuchaba cada nuevo proyecto con atención. De todos ellos ninguno importaba tanto como su relación con la mujer de la ventana rota, que cultivaba primaveras en sonrisas que nunca marchitaban.

Su mirada…

Capaz de mantener alejado al diablo, el barranco y una caída de cientos de metros hacia el abismo. El mundo era diferente, las estaciones bailaban al compás de cada noche, de cada nuevo día de vida que el diablo le concedía.

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Pasaron siete años, el diablo miraba al océano mientras el suicida le relataba lo acontecido a lo largo del día. El diablo parecía distraído, como si una pesada carga le arrastrara a profundidades vedadas a los mortales. Las canas comenzaban a poblar la cabeza del suicida, las arrugas de felicidad se extendían por un rostro ajado durante años.

Siete años antes, en el invierno de su existencia, el suicida estaba dispuesto a dar un paso adelante y terminar con su vida en las afiladas rocas del lecho marino. El otoño dio lugar al invierno, pero el suicida continuaba oliendo las flores que se abrían en un nuevo día.

Estaba preparado para dar un paso adelante y continuar con su vida. Ya no regresaba al acantilado para poner fin a su existencia, si no para continuarla junto a aquel a quien tanto debía.

—Está embarazada. —Le anunció de pronto el condenado, desterrando de golpe los funestos pensamientos del diablo. —Le llamaremos Jesús, en memoria del hijo que perdí. Su recuerdo perdurará. Le contaré cómo era su hermano, le hablaré de ti y cómo influiste en nuestros destinos. Serás su padrino, pocos niños pueden decir que el diablo les apadrinó y ninguno lo hará sintiéndose tan orgulloso.

—¿Me estás ofreciendo el alma de tu pequeño a cambio de la tuya? —Los ojos del diablo se entornaron, continuaba mirando el mar.

—No puedo hacer eso, lo sabes. Aún no ha nacido y ya es aquello que más amo en el mundo entero. Mi alma no es suficiente para devolver todo lo que has hecho por mí, por nosotros y nuestra familia. Hace siete años nos encontramos en este mismo acantilado y solo me restaba un paso de esas rocas que sobresalen del abismo. Estaba solo y sin esperanzas, incapaz de ver cómo el mundo se desarrollaba ante mis ojos. Tú me diste la vida, me entregaste una segunda oportunidad para ser feliz. No tengo palabras suficientes para agradecer todo lo que has hecho por mí.

Dos lágrimas se deslizaron de los diminutos ojos del diablo surcando arrugas y malformaciones, hasta perderse entre sus labios y una sonrisa de felicidad a la que no estaba acostumbrado.

Su siniestro plan quedaba al descubierto, no podía ocultarlo por más tiempo.

Se giró y por primera vez reconocieron en el otro una mirada distinta. Ya no eran condenados, sólo dos almas desdichadas que luchaban por hacerse hueco en el mundo.

—Tengo que confesarte algo que he ocultado desde que nos conocimos. Mi nombre es Hugo. No soy el diablo, solo soy un simple mortal al que el mundo dio la espalda mucho antes de que nuestros caminos se cruzaran. Cuando te encontré en este acantilado mis pies recorrían el mismo sendero. Otro suicida condenado al olvido. Nunca he tenido amigos, ni pareja. Mi familia me repudió por mi aspecto, estaba completamente solo en el mundo. La gente me ve como un ser horrendo, un desecho maligno al que evitar. Alguien de quien sentir lástima o miedo. No me quedaba ninguna esperanza, nadie se atrevía a mirarme.  No te imaginas lo que es vivir aislado de un mundo que te repudia. Aquella noche estaba tan decidido a acabar con mi existencia como tú. Durante siete años me has relatado tus vivencias, has compartido conmigo tus esperanzas y te has sentado junto a mí sin sentir miedo o lástima. Soy yo quien te debe la vida.

—Nunca me pareciste un monstruo, apenas un pobre diablo. —Contestó el suicida colocando su mano en el hombro de Hugo.

Compartieron las lágrimas y esperanzas. En un gesto final de reconocimiento le entregó la piedra de vuelta. Ya no era un objeto anodino y sin alma, sino un regalo repleto de valor. Estaba caliente, en siete años jamás se había desprendido de su amuleto.

—Nos casamos dentro de dos meses, me gustaría que asistieras. Ha insistido mucho. Diablo o no, asegura que ambos hemos contraído una deuda contigo y no hay vida suficientemente larga como para sufragarla. Estoy de acuerdo… con toda mi alma.

No existía ni el cielo ni el infierno, solo un baldío yermo que finalmente lograron replantar tras años de esfuerzo. Dos almas condenadas a entenderse en el último día de su vida, aunque ninguno de los dos esperaba que ese día se alargase durante tanto tiempo.

—¿Te imaginas cómo me miraría la gente? —Esbozó Hugo en un fugaz destello de acontecimientos futuros. —Un monstruo caminando entre vosotros. Puede que tú sepas la verdad, pero tus invitados me temerán. Para ellos seguiré siendo el diablo.

Un haz de luna se coló entre ambos, exponiendo de forma extremadamente nítida la fiereza de su rostro. La deformidad de su fisonomía quedaba patente incluso entre las sombras de la noche. Su piel arrugada y desprendida de sus rasgos. Sus diminutos ojos, demasiado inteligentes y afligidos. Sus enormes brazos y sus alargadas falanges en forma de garra.

La bondad que habitaba en su corazón, oculta entre tantas capas de rechazo, prejuicios y primeras impresiones.

—Tú no eres el diablo. Eres mi mejor amigo.

La brisa del mar traía consigo espesas nubes de tormenta de un invierno que auguraba una estación fría y lóbrega. Comenzó a llover, el viento bramaba.

A ninguno de los dos le importo, las estrellas emergían en un océano turbulento en el que la luz de la luna se multiplicaba en cada gota de lluvia.

El diablo y el suicida dieron un paso adelante.

Ambos se lanzaron al vacío, regresaron a una vida que les aguardaba un día más.

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