El coste de la pobreza, el precio de la felicidad

Cuba desea dejar de ser pobre. Cuba quiere ser rica y tener ciudadanos indigentes como los Estados Unidos. Cuba necesita progreso tecnológico, entrar en los grandes mercados y que turistas borrachos con la cartera llena de dólares se meen en las fachadas pintadas con el rostro del Ché.

Cuba busca el cambio, vestirse con ropa de marca y sustituir los eslóganes revolucionarios por vallas de McDonald’s e ilusiones de ese mundo feliz, esa entropía consumista idealizada a la que pocos son capaces de acceder.

Cuba prepara las pancartas de bienvenida, las calles que rodean el Capitolio son asfaltadas y se abren las fronteras. En el interior de la ciudad la miseria camina con los pies descalzos por senderos de tierra y escombros. Danzan entre las ruinas de antiguas mansiones españolas de estilo barroco y palacios franceses en estado de descomposición moral.

Cuba prepara sus escaparates y oculta sus puertas al mundo.

Desde la embajada americana hasta La Habana vieja, se pintan sus fachadas de colores llamativos y se reconstruyen sus pórticos de columnas jónicas. El malecón se llena de obras y esperanzas.  Se dispone  para la llegada de turistas masivos con aspecto de cerditos de escayola con el lomo hendido.

Como aquella furcia de saldo, que limpia sus bajos a conciencia tratando de ocultar la endémica dolencia que la corrompe desde el interior o el jinetero al que la policía hace desaparecer.

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Así comienza “Se acabó la diversión”, el relato que escribí en la Habana con el corazón partido, en mención a la ya mítica canción del trovador de la revolución cubana Carlos puebla; Y en eso llegó Fidel.

“Y se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar”.

Un relato contradictorio, pues contradictorios y enfrentados son mis sentimientos al respecto. Paradójica es La Habana, el pueblo cubano, el abstracto concepto de felicidad y ese peculiar sol que refulge como en ninguna parte para dar paso a tormentas imprevistas.

Una isla diferente a cualquier otra, en el que la vida tiene otros valores, la pobreza otro coste y el espíritu no se quiebra, aunque en muchas ocasiones se doblegue o se comercie con sonrisas.

Los boleros y el reggaetón resuenan en cada rincón, silenciados momentáneamente por un prolongado luto que nadie sabe cuánto durará, igual que el régimen cubano.

Fidel Castro se marchó, la diversión comenzó para muchos, mientras otros tantos lloran su pérdida. Con él se difuminan los últimos destellos del romanticismo revolucionario del siglo pasado. Unos ideales de igualdad, fraternidad y libertad que comenzaron a gestarse durante la revolución francesa y que derrocó al Zarismo en la Unión Soviética.

Una lucha de clases que intelectuales alemanes desarrollaron y que anárquicos artistas imbuyeron de prosa, intenciones deslumbrantes y poéticas declaraciones que se tiñeron de barro y sangre en la práctica.

Queda un poso amargo, a libertades perdidas y principios corrompidos.

Los ideales de igualdad parecen de otra época y tienen otro coste, como si la libertad de caminar encadenado solo pudiera ser sustituida por la libertad de sentirse esclavo. El romanticismo revolucionario se apaga en una sociedad aletargada y demasiado dispuesta a aceptar la realidad que ante ella se expone.

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Con mis ideales heridos de muerte y el corazón dividido viajé a la isla de mis amores y mis últimas esperanzas, tratando de comprobar por mí mismo aquello que nos enseñaron a odiar y con lo que soñamos emprender, al menos en la irreal concepción de un mundo perfecto.

La embajada americana alzaba la bandera por primera vez en décadas y la mayoría de Cubanos no sabía muy bien cómo sentirse al respecto. Adoctrinados a sentir un rechazo natural hacia aquellos que, para el régimen, eran la causa de todas sus penurias.

La propaganda política nos ha enseñado a polarizar nuestras opiniones sociales, instaurando el odio y la rivalidad hacia los sistemas que divergen de los establecidos por norma. No existen las medias tintas ni los papeles en blanco.

Solo hace falta contemplar fenómenos de ambos extremos ideológicos, como Trump, el avance de la extrema derecha en europa o el populismo venezolano, para darse cuenta del desencanto generalizado de un mundo globalizado.

Lo que encontré en Cuba no se parecía en nada a ninguno de los dos extremos, en sus calles sin asfaltar relucen cientos de facetas distintas de una joya, que aunque muchos creen poder comprar, pocos llegan a descubrir.

Al igual que el resto de países comunistas, el régimen cubano se empeña en mostrar al turista una realidad muy alejada del día a día. Tras el malecón, los Chevrolet de los años 50, las sonrisas de alquiler y los rítmicos boleros, se esconde una Cuba diferente. Un crisol resplandeciente levantado sobre el barro y las buenas intenciones. Forjado con fuego, humo, sangre y el hollín de los fusiles. Una Cuba alejada del resto del mundo, repleta de miseria, penurias y sonrisas auténticas. Realidad distinta a cualquier otra, que pese a sus muchos defectos, conserva una felicidad inherente con la que sueñan las sociedades capitalizadas.

Allí el tiempo no es un lujo, es una bendición. Mientras nosotros nos marcamos objetivos imposibles de cumplir que nos frustran y deprimen, los cubanos se conforman con pasar un día más. Es posible que no tengan dinero suficiente para ropa de marca o vehículos de gama alta, pero poseen en abundancia aquello de lo que nosotros carecemos sin necesidad de antidepresivos, ansiolíticos o pastillas para dormir.

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Lo tienen todo sin  poseer apenas nada. Sin embargo no todos los cubanos tienen la misma opinión, sobre todo los más jóvenes, o aquellos que pasan hambre. Aunque jamás se atreverían a expresarlo públicamente debido a la total falta de libertad de expresión y la dura represión a la que son sometidos.

La igualdad no puede competir con la comercialización de un futuro mejor, de la superación de metas y la adquisición de nuevas propiedades, aún cuando la gran mayoría sean superfluas, innecesarias o simplemente adquiridas mediantes campañas publicitarias.

Los jóvenes cubanos sueñan con zapatillas de marca, con raperos con dientes de oro que se bañan en gigantescas piscinas rodeados de un harén de mujeres en bañador. Aquel que pasa penurias trabajando bajo un sol ardiente no se percata de que ese sueño americano del que los turistas hablan tiene un coste que pocos pueden permitirse.

Esta separación entre realidad y propaganda se hace cruelmente presente entre sus habitantes.

En una ocasión paseaba por las calles de la Habana con un profesor de danza que me relataba el difícil acceso de los menos afortunado a las playas más bellas de la isla, que los turistas prácticamente habían privatizado. El transporte público no llega a esas playas y el utilizado por los turistas resulta demasiado caro, e incluso así no son bienvenidos por los gestores públicos de los complejos hoteleros.

La conversación parecía muy normal y distendida, hasta que una mujer se dio la vuelta y comenzó a llamarle embustero. Le recriminaba su poca lealtad hacia el régimen y su falta de compromiso, acusándole de alterar la realidad para sacar crédito de ella. En pocos instantes se montó una encarnizada discusión, que habría acabado en las manos o en una rápida intervención policial de no mediar en ella.

Cuba está dolorosamente dividida, entre aquellos que callan, los que hablan en susurros y los que recitan sus discursos henchidos de orgullo. Familias rotas, desarraigadas desde su base y separadas de forma cruel por la miseria o los sueños truncados. El divorcio es muy habitual y los niños pocas veces se crían en hogares estructurados. Miles de hijos huérfanos, cuyos padres se desentendieron o emigraron hacia Miami en busca de un futuro mejor. Una isla repleta de fronteras y cercada por un embargo, como muros invisibles que separan una sociedad herida.

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Por aquel entonces la embajada americana alzaba la bandera por primera vez en décadas y la mayoría de cubanos no sabía muy bien cómo sentirse al respecto. Adoctrinados a sentir un rechazo natural hacia aquellos que para el régimen eran la causa de todas sus penurias.

Para algunos Fidel es un monstruo, un dictador que ha reprimido a su pueblo, arrebatándole toda libertad de expresión. Para otros es el padre de la revolución, el líder de aquellos barbudos que devolvieron a Cuba sus riendas.

Es necesario entender que antes de la actual dictadura cubana existía una bien distinta a la que derrocaron. Los mismos que hoy demonizan a Fidel por la falta de rigor frente a los derechos humanos se hubieran llevado las manos a la cabeza al conocer la cuba anterior a la revolución cubana. Una cuba prostituida y sumisa, cuyas riquezas habían sido entregadas a los estados unidos por Batista. El prostíbulo americano, controlado por otro dictador y la mafia que construía gigantescos hoteles en las Vegas del Caribe.

Eso no exime los actos más infames de su historia. Como la ejecución masiva de los oficiales de Batista en La cabaña por orden del mismo Guevara, o la represión ulterior de la que el mismo Ché se desentendió abandonando su puesto de ministro.

Los rescoldos de esa liberación mantuvieron al pueblo en silencio durante mucho tiempo y crearon con el PCC unos lazos muy difíciles de romper. Nadie puede negar la necesidad de una revolución en Cuba ni el papel protagonista que Fidel ejerció en ella.

Fidel Castro tenía un sueño, y una guerra personal contra los Estados Unidos, su pueblo tardó mucho tiempo en olvidar aquellas bendiciones con la que regó las sedientas tierras despojadas de riquezas. Junto aquel mítico Camilo Cienfuegos y su “Vas bien Fidel”, que ahora se recuerda en la plaza de la revolución, Fidel Castro emprendió medidas tan necesarias y acertadas como la reforma agraria y la nacionalización del capital, que había sido sistemáticamente expropiado desde la época colonial.

Cuba goza de un sistema de educación único, gratuito y accesible para todo el mundo. Una enseñanza de calidad, pese a ser utilizada para dogmatizar a los cubanos desde pequeños. Médicos y científicos formados con dinero público, que se encuentran entre los mejores del planeta y que resultan una fuente inagotable de orgullo nacional.

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Las tiendas de campaña y los chamizos construidos con cartones se alinean por cientos junto al cementerio de Montparnasse de París o el zoológico del Tiergarten en Berlín. En una ocasión, en París, al preguntar extrañado por tal acumulación de mendigos en una sola zona, que se anega cada poco tiempo y comparte espacio con uno de los cementerios más grandes del mundo, me explicaron que aquellos mendigos dormían en la calle porque así lo habían decidido. Hasta ese punto llega el absurdo al que puede llegar la ceguera occidental.

En Cuba las casas se encuentran en un estado deplorable, las obras se alargan durante años, en gran parte debido al carácter cubano en el que el tiempo es relativo, algunas no poseen electricidad, otras carecen de agua corriente o son poco más que ruinas de antiguas glorias que soportan a duras penas. Pero no encontrarás mendigos durmiendo en las calles, ni indigentes que no tienen ni una comida al día como en la mayoría de capitales europeas.

En Cuba no hay pobres, ni gente que muera de hambre, pero nadie es rico, salvo los corruptos y los que actúan fuera de la ley.

Pese a todo, la dogmatización a la que se ven sometidos, el bombardeo constante de propaganda, las pinturas con Fidel estrechando la mano de Chávez y la falta de elección, resulta contraproducente en un mundo en el que cada vez es más complicado sepultar la información que llega desde el extranjero. En las carreteras se pueden encontrar gigantescos carteles con lemas revolucionarios, propaganda patriótica y mensajes que anuncian el bloqueo como un enemigo mortal.

Y en gran parte lo es, los cubanos no solo tienen dos monedas de curso legal, cada uno tiene peso y valor propio. Los productos nacionales pueden ser fácilmente adquiribles por cualquier cubano a un precio asequible, pero han de pagar a precio de oro cualquier exportación y competir con el valor adquisitivo de los turistas, a los que principalmente son destinadas dichas exportaciones.

En un mundo entrelazado en el que prácticamente ningún país es autosuficiente, el embargo que los Estados Unidos ejecuta sobre la isla es una represalia vedada a su apoyo a la Unión Soviética y su expropiación de intereses comerciales americanos, que asfixia al pueblo cubano. Mientras Estados Unidos utiliza el argumento de la violación de derechos, comerciando a su vez con países en manos de señores de la guerra a los que proporcionan armas,  el pueblo Cubano siente que mantiene un pulso en el que está dispuesto a morir antes de claudicar.

El mayor error de Fidel, y aquello por lo que puede que “la historia no le absuelva”,  fue el de olvidar sus promesas de un gobierno democrático tras la caída del régimen de Batista y no restituir el poder al pueblo.

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En una ocasión en las calles de El Cairo me encontré con una pareja de expatriados cubanos que comentando la situación de la isla me aseguraron que en Cuba también existe el consumismo.

El cubano siempre sale a la calle consumismo pantalón ajado, consumismo par de zapatos viejos, consumismo sombrero roto.

La broma refleja muy bien las condiciones espartanas en las que los cubanos viven. Muchas cosas que nosotros damos por hecho para ellos es simplemente un lujo. Por ese mismo motivo muchas cosas que nosotros ya no valoramos a ellos les resultan de un valor incalculable.

Más tarde me di cuenta de que aquella pareja no representaba a su pueblo. El hecho de encontrarlos de viaje en un país extranjero no me resultó extraño, hasta que visité su hogar. Para los residentes en Cuba no es sencillo salir de la isla, ni siquiera teniendo los medios necesario, que por otro lado no suele ser lo habitual.

El régimen mantiene una actitud recelosa hacia la emigración. Cualquier cubano que quiera salir de la isla ha de ingresar una cantidad absurda de dinero en concepto de “fianza” en la banca pública del estado. Una garantía para que sus residentes regresen y no se conviertan en disidentes del régimen. Es una herramienta de control, que también sirve para coartar la visión que puedan tener del mundo exterior.

Un ostracismo destinado a que los cubanos “no sean contaminados” por el capitalismo occidental.

La libertad de expresión está inhibida, casi aplacada, de manera sutil pero contundente. Las conexiones a Internet son reservadas para el turismo y vigiladas atentamente. La televisión nacional y los medios de comunicación son controlados por el gobierno con mano de hierro.

Los telediarios repiten una y otra vez los logros patrios y exponen como contrapunto las mayores desgracias extranjeras que se puedan imaginar. El régimen cubano trata de retratar una Cuba capaz de curar el cáncer, mientras en occidente se suceden los atentados, la crisis y los gobiernos ultraderechistas.

(Es curioso pensar que nosotros, que gozamos de una supuesta prensa libre, solo tenemos que darle la vuelta a la situación para darnos cuenta de cómo, sin llegar a mentir, una misma realidad puede mostrarse desde ángulos opuestos).

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En las calles de La Habana los cubanos miran a su alrededor para asegurarse de que la policía no ande cerca antes de dar su opinión. Existen cuerpos vecinales que sirven de espías dispuestos a denunciar a sus compatriotas a cambio de pequeñas ventajas, o simplemente por sus fuertes convicciones.

Existe una gran censura, tanto cultural como artística. Existe música y literatura prohibida y la enseñanza oculta sistemáticamente gran parte del conocimiento que le resulta incómodo al régimen.

Pese a todo, el cubano medio puede enorgullecerse de ser mucho más culto que el europeo medio. En los parques los ancianos aún se mantienen debates filosóficos y discuten sobre la complejidad psicológica del ser humano. En Cuba existe un gran amor por la música (lo llevan en las venas), la danza, la poesía, la pintura, la escultura, la literatura o el teatro.

El arte tiene un lugar destacado en la sociedad cubana.

El régimen no solo no grava con impuestos sus bienes culturales, si no que se enorgullece de ellos y trata de promoverlos como un auténtico tesoro nacional. Se organizan festivales continuamente y se patrocina a los artistas, siempre que acomoden su expresión a aquello que el régimen considera adecuado.

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La igualdad entre hombres y mujeres también está muy adelantada respecto a otros países, sobre todo en América latina. La sociedad cubana es considerablemente matriarcal y las mujeres tienen acceso a un ámbito laboral muy similar al hombre. En el régimen cubano el número de mujeres en el cuerpo policial y los distintos estratos gubernamentales es muy superior a países como España.

En las calles se rumorea que tras la muerte de Fidel, si Raúl no convoca elecciones, el poder pasará directamente a su hija, una ministra muy querida por el pueblo que logró abolir la persecución del “gobierno de los barbudos” al colectivo LGTB.

El tiempo es relativo en el caribe, cuando lo visitas no es difícil entender por qué.

Puede que el tiempo valga oro, pero allí el oro tiene otro valor, otro color y reluce en el sol de cada día.

Se dan situaciones estrambóticas, como esperar horas al transporte público porque el conductor se ha detenido a comer con el autobús repleto de gente, o interminables colas en el cementerio esperando para registrar a los difuntos o pagar las cuotas.

Unida a esa relajada actitud existe una gran desidia fomentada por la nacionalización de servicios. Eso no significa que el cubano no sea trabajador, es muy común el pluriempleo y el desarrollo de actividades complementarias. Pero la empresa pública, que aúna prácticamente la totalidad de servicios y producción, no se rige por la meritocracia y la capacitación.

El empleo es asegurado por ley, pero en el mercado laboral cubano, igual que el acceso a la vivienda y la sanidad, se rige por los contactos gubernamentales. Las amistades son imprescindibles para adquirir los mejores puestos y las viviendas en buen estado.

Los detractores del régimen cubano utilizan a menudo la pobreza como estandarte, sin percatarse de que no existe una pobreza más extrema que la del mundo occidental. Una pobreza de valores, de hermandad y sobre todo una carencia total de felicidad.

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Solo queda aquel que permaneció en las sombras durante gran parte de la revolución cubana, Raúl Castro, el estratega carente de carisma.

Se perdió al Ché, los ideales de José Martí, a Camilo Cienfuegos y a Fidel, que llegó a durar lo suficiente en el poder para pasar de amado héroe a villano y dictador, quien supo ser lo mejor de Lenin y lo peor de Stalin en una sola vida.

En sus últimos años de vida, en la clausura del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro declaró:

Pronto seré ya como todos los demás, a todos nos llegará nuestro turno. Pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos.

Y quizás, algún día, esta aletargada sociedad despierte y se de cuenta de que todos aquellos derechos sociales por los que nuestros antepasados lucharon y murieron, nos son arrebatados a precio de coste, con el miedo por bandera y anteponiendo invariablemente los intereses económicos a los sociales.

Podemos pensar que pertenecemos al primer mundo, que somos ricos y lo tenemos todo. Pobres ilusos, nos sentimos superiores, sin percatarnos de que las sonrisas aquí tienen un precio mucho mayor y solo duran un suspiro. Felicidad inducida, felicidad como producto de consumo.

La felicidad tiene un coste, y es aquel nosotros le otorgamos.

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