La ciudad de las sombras: Catacumbas de París

Si tienes las suerte de haber vivido de joven en París, entonces durante el resto de tu vida ella estará contigo, porque París es una fiesta. -Hemingway

Tour_eiffel_at_sunrise_from_the_trocadero.jpgParís es una fiesta, una crisálida en la que la vida refulge con luz propia, un melodrama repleto de contradicciones y anhelos enardecidos.

Bajo esa palpitante ciudad de luces, amor, canciones románticas, artistas decadentes y catedrales repletas de turistas, que ascienden interminables escaleras de piedra tratando de alcanzar un cielo en espiral, se extiende otra ciudad muy distinta, otra realidad, otro mundo; las catacumbas de París.

Un reverso oscuro de una ciudad resplandeciente, en el que el ardor de la juventud puede durar lo que dura un suspiro, una eternidad o un instante que perece en su misma concepción. Ese reflejo de la vida en el que las pinturas retratan la belleza imperecedera de lo fugaz, donde el tiempo se detiene, las sombras se extienden y el silencio retumba. 

Las catacumbas de París son extraña alquimia de guerras encubiertas, amores prohibidos, fiestas ilegales, asesinatos en serie, nacimientos velados y sombras que se mecen con un compás voluble bajo la luz de las antorchas.

Un punto de encuentro de aquellos que sólo gritan cuando nadie les ve y que sólo escuchan cuando nadie les habla. Lo imposible es posible, únicamente cuando todo lo improbable se destila a través de la tierra, como raíces de un París que emerge en su descenso.

La fiesta, la calma, las luces y las sombras de una misma ciudad. Una misma realidad invertida, donde el pecado es virtud y la muerte efímera. Los palacios de lo absurdo, en los que la vida se muestra más bella en su ausencia, en la risa de calaveras descoloridas por los siglos. En las cuencas vacías, repletas de historias silenciadas, de sabiduría perdida en el lecho inundado de París.

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La historia de las catacumbas se remonta a la época Romana, durante la que fue explotada como cantera de piedra caliza, de la que se extrajo gran parte de la materia prima de los monumentos que perduran hasta hoy en día.

Las catacumbas no se convirtieron en el osario que conocemos en la actualidad hasta 1786, año en el que se trasladaron en carruajes velados durante la noche miles de cadáveres desde diversos cementerios de la ciudad. Acumulando bajo el amparo de las sombras aproximadamente seis millones de cadáveres.

Las autoridades temían un resurgimiento de la peste negra. En aquella época el distrito de Les Halles se veía asolado por epidemias relacionadas con la insalubridad,  la contaminación y el manejo inapropiado de estos cadáveres, especialmente en el cimetière des Saints-Innocents (Cementerio de los Santos Inocentes).

El mismo infame cementerio de fosas comunes repleto de vida en el que se desplegaba el mercado central, lugar de nacimiento del personaje principal de la novela el perfume. Una extraña ironía reflejada a la perfección en el libro. Tras su clausura, los cuerpos de los Santos Inocentes fueron exhumados, salvo aquellos que no estaban en  condiciones de ser trasladados y que se utilizaron en la fabricación de velas aromáticas y jabones.

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Lejos de ser un lugar tenebroso, nos encontramos con un santuario que invita a la melancolía y la reflexión. El gigantesco osario se distingue de la solemnidad propia de los cementerios de París, delegando el romanticismo de pasear entre mausoleos de mármol, exquisitas estatuas y fragantes jardines repletos de lirios por un descarnado “Carpe Diem”.

92ebfa96dedcef059f783d31f52541e4El gigantesco entramado de túneles que perforan París se extiende a lo largo de más de 300 kilómetros, de los cuales apenas un kilómetro y medio pueden visitarse de manera oficial. El recorrido abierto al público ocupará apenas un tercio de la espera, es decir unos 45 minutos.

Una visita obligada para todo aquel que disfrute de ese lado mórbido y oscuro del ser humano o simplemente tenga interés en descubrir un París diferente al que se muestra en los folletos turísticos. Una visión alejada del cliché romántico, más tenebrosa y auténtica que los cementerios repletos de cazadores de selfies junto a la tumba de algún famoso.

Es necesario madrugar y armarse de paciencia. La entrada situada en la Avenue du Colonel Henri Rol-Tanguy, aún siendo menos visitada por los turistas que la Torre Eiffel, Tullerías, la catedral de Notre Dame o el arco del triunfo, tiende a saturarse desde las primeras horas y sólo es permitida la entrada de un pequeño goteo de visitantes.

En el descenso el aire se satura y el calor se esfuma. Tras unas interminables escaleras que parecen llevarnos hasta el centro de la tierra, o como poco hacernos retroceder en el tiempo y detenerlo, nos encontramos con un epitafio imperativo:

8bf9f32a8e2e20b416934d05d9768bccArrète!  C´est ici l´Empire de la Mort -¡Detente! He aquí el Imperio de la Muerte.

El aliento se pierde, las catacumbas son el hogar atemporal de los difuntos y de apresurados turistas que se conmueven ante su visión, o bromean nerviosos tratando de olvidar su propia mortalidad. El silencio es condensado bajo la atenta mirada de las miles de cráneos, que se alinean formando paredes y columnas a nuestro incierto paso.

Pirámides de fémures, una pila bautismal y torres de tibias que soportan el peso de la conciencia humana, del París que se empeña a expandirse sin control sobre sus difuntos. El eco se multiplica con cada bromista que surge tras pilares de huesos y el repicar de las ratas en la lejanía.

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En la cámara de la Pasión se puede observar una enorme columna revestida de cráneos, que según las leyendas, se erigió en 1987 como parte de un ritual en el que la burguesía y los artistas de la bohême celebraron un concierto clandestino.

Miles de cuencas vacías que devuelven la mirada y absorben la vida de cualquiera que se atreva a contemplarlos durante suficiente tiempo. La muerte nos susurra secretos que los vivos no comprendemos, o que quizás no tenemos el valor suficiente de atender.

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Las calaveras apiladas en este gigantesco osario son personas anónimas. Vestigios sin nombre y fragmentos dispersos obtenidos de fosas comunes. Héroes de la revolución francesa, víctimas de epidemias, villanos, mercaderes, hombres apuestos, mujeres santas o criminales de baja estofa. Historias sin registrar, apenas mencionadas de soslayo y de forma grupal por fechas inconexas y desgastadas inscripciones en latín.

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Las velas titilan, tiemblan en sintonía de aquellos que ya no están y en previsión de los que llegarán. Kilómetros de esperanzas sumergidas bajo inundaciones regulares que cubren el subsuelo de París con lágrimas vertidas y revertidas por la humanidad perdida de la superficie. No existen suficientes fémures para soportar tan altas columnas, ni promesas que se anquilosen para siempre.

_mg_4275-como-objeto-inteligente-1Tras las puertas de hierro forjado, que separa el recorrido oficial de los pasajes prohibidos, se perciben túneles que las sombras devoran con avidez.

Un pasaje al más allá, un sendero al purgatorio que se perpetúa en la conciencia de la cultura occidental y que resurge una y otra vez a través de los siglos para recordarnos que aún vivimos en las tinieblas.

Entrañas palpitantes erigidas con los huesos del pasado. En las catacumbas la vida continúa junto a la muerte, quizás más intensa debido al acre sabor de lo prohibido.

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En las cámaras habilitadas al público se celebran exposiciones de arte periódicamente. En la clandestinidad el arte continúa sobre la piel de los muros excavados en las entrañas de la tierra.

Esbozos invisibles, matices contemplados únicamente en corredores ciegos que desembocan en callejones sin salida. En ese laberinto de prodigios se expresan talentosos artistas cuyo interés se aleja del consumismo de masas o el elitismo insatisfecho, que busca reivindicar su posición social mediante la adquisición de obras.

Algunas pinturas y grabados se remontan hasta el siglo XVIII. Ilustrando ese reposo que jamás se detiene y que nunca cesa. Graffitis descoloridos y nombres marcados en piedra, como gritos a la inmortal existencia o una revolución que cambió el mundo.

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En las sombras, el recorrido parece variar en cada visita, como si la muerte se burlara cambiando de sitio los muebles de su vivienda. Es muy sencillo perderse en el laberinto y solo los catáfilos conocen bien las entrañas de París.

Para acceder algunas de las salas, tras encontrar alguno de los accesos ocultos y evitando ser descubiertos por la policía, es necesario reptar sobre huesos a través de estrechos pasajes, recorrer kilómetros de intrincados túneles y atravesar galerías con el agua por la cintura.

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Pese a todo, las catacumbas esconden asombrosos tesoros para aquellos que no temen la oscuridad. En el submundo alejado del acceso turístico se alzan las esculturas talladas en piedra, rostros de penetrantes miradas y sonrisas tristes, reproducciones de aves, gárgolas, mariposas y todo tipo de animales surgidos de la imaginación de mentes sin más confines que su ilimitada imaginación y el fulgor de una antorcha o una lámpara de mano.

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En las galerías, cubiertas siempre de una sempiterna marea de agua helada, pueden encontrarse bancos en los que descansar y hacer un alto en el dilatado camino, similares a barcos que se mecen sobre mármol, múltiples salones y estancias informes e incluso una librería en la que los catáfilos depositan libros para compartirlos con sus compañeros, los vivos y los muertos.

Bajo el hospital de Grâce, a cientos de metros bajo tierra, los quejidos de los pacientes quedan silenciados cada fin de semana por la música industrial y el dubstep de las fiestas celebradas en la sala Z. En otra de las estancias se puede disfrutar de un espacio dedicado al cine clásico.

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Las galerías de las catacumbas de París están repletas de misteriosas estancias y habitaciones, como el búnker nazi o el cuartel de la resistencia, la biblioteca o extraños pasajes parcialmente sepultados de forma intencionada para ocultar su interior. Pero puede que ninguna de las cavernas sea tan famosa como la que ocupaba una antigua fábrica de cerveza del siglo XIX.

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Las velas iluminan una sección de unos 50 metros cuadrados, con un lecho de arena y un gran mural al estilo tradicional japonés en el que se muestra una gigantesca ola dispuesta a sumergir al visitante. La playa, más que razonable nombre por el que se conoce la estancia, era el lugar de encuentro de innumerables visitantes enmascarados que celebraban allí sus rituales. Punto de encuentro y desencuentros, duelos, peleas pactadas, fiestas estrambóticas, rituales, orgías desenfrenadas y puede, esto último es pura suposición, portal de invocación a la entidad Cthulhu.

En ocasiones la ironía de los muertos que se burlan en silencio también alcanza a los vivos. Todavía se conservan las pesadas puertas de hierro del búnker que los nazis utilizaron como base durante la segunda guerra mundial. Irónicamente los oficiales y soldados alemanes convivían sin saberlo con miembros de la resistencia francesa, que conocían los túneles a la perfección y los utilizaban como salvoconducto.

La alcantarilla es la conciencia de la población, todo converge en ella, y en ella se confronta. -Víctor Hugo

Durante siglos las catacumbas han sido un punto de encuentro para grupos anarquistas, expatriados, judíos y artistas censurados. Un refugio de lo inverosímil, para aquellos deseos que en la superficie resultan velados y allí, en un mundo en el que las luces parpadean, refulgen con la armonía de aquellos que ya no pueden cantar.

En 1871 asesinaron en una de las cámaras a un grupo de fieles a la monarquía francesa. Siguen encontrándose cadáveres, pertenecientes sobre todo a incautos visitantes que se perdieron hasta desfallecer en las interminables galerías.

Se cuentan leyendas sobre asesinatos en serie, fiestas ilegales, sacrificios, sectas satánicas, misas negras, violaciones, cultos masónicos, amores ciegos y mascotas mutantes. Y algunos casos los rumores son ciertos, sobre todo los concernientes a las “raves” y las misas negras.

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Tras tantas sombras es difícil ocultarse, actualmente las catacumbas dan cobijo una subcultura que rechaza la superficialidad de un mundo que se siente superior, los autodenominados catáfilos.

Una sociedad insatisfecha e inconformista, descendientes directos del movimiento punk que medró en europa tras la caída del muro de Berlín y que se reconvirtió tras la desindustrialización.

Los catáfilos ya apenas utilizan las marcas en la piedra para no perderse en ese dantesco infierno de soledad compartida. La policía sella constantemente las entradas secretas  y multa a cualquiera que descubran colándose en el interior, sin embargo en las catacumbas ningún secreto yace para siempre.

En ocasiones nuevas entradas surgen tras los derrumbes o bajo tapas de alcantarilla. Gran parte de los accesos a las galerías permanecen ocultas en el trazado ferroviario o en vías muertas que sirven de silencioso pasaje. El infinito está registrado en mapas que se pueden encontrar en internet y que los catáfilos actualizan periódicamente.

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El fuego continúa en las entrañas de la tierra, incluso cuando las ascuas de la hoguera palidecen en la noche. El día no alcanza jamás a aquellos que descansan para siempre, ni a los que se cuelan durante un instante en su palacio de muerte y reflexión, de paradojas y ecuánime justicia.

La oscuridad es el regalo, la calma, la paz y ese olvido en el que se recuerda aquello realmente importante. Que estamos hechos de ilusiones rotas de huesos sustentadas, y únicamente aquellos que caminan pueden encontrar la salida de tan lóbregos corredores.

La vida misma, la muerte en festejo y celebración por aquellos que han de unirse.

Quien no ama no vive

Victor Hugo

Quienquiera que fueres, óyeme:
si con ávidas miradas
nunca tú a la luz del véspero
has seguido las pisadas,
el andar süave y rítmico
de una celeste visión;

cual meteoro esplendente,
que pasa, y en sombras fúnebres
ocúltase de repente,
dejando de luz purísima
un rastro en el corazón;

Si sólo porque en imágenes
te la reveló el poeta,
la dicha conoces íntima,
la felicidad secreta,
del que árbitro se alza único
de otro enamorado ser;

Del que más nocturnas lámparas
no ve, ni otros soles claros,
ni lleva en revuelto piélago
más luz de estrellas ni faros
que aquella que vierten mágica
los ojos de una mujer;

Si el fin de sarao espléndido
nunca tú aguardaste afuera,
embozado, mudo, tétrico
mientras en la alta vidriera
reflejos se cruzan pálidos
del voluptuoso vaivén),

Para ver si como ráfaga
luminosa a la salida,
con un sonreír benévolo
te vuelve esperanza y vida
joven beldad de ojos lánguidos,
orlada en flores la sien.

Si celoso tú y colérico
no has visto una blanca mano
usurpada, en fiesta pública,
por la de galán profano,
y el seno que adoras, próximo
a otro pecho, palpitar;

Ni has devorado los ímpetus
de reconcentrada ira,
rodar viendo el valse impúdico
que deshoja, mientras gira
en vertiginoso círculo,
flores y niñas al par;

Si con la luz del crepúsculo
no has bajado las colinas,
henchida sintiendo el ánima
de emociones mil divinas,
ni a lo largo de los álamos
grato el pasear te fue;

Si en tanto que en la alta bóveda
un astro y otro relumbra,
dos corazones simpáticos
no gozasteis la penumbra,
hablando palabras místicas,
baja la voz, tardo el pie;

Si nunca al roce magnético
temblaste de ángel soñado;
si nunca un Te amo dulcísimo,
tímidamente exhalado,
quedó sonando en tu espíritu
cual perenne vibración;

Si no has mirado con lástima
al hombre sediento de oro,
para el que en vano munífico
brinda el amor su tesoro,
y de regio cetro y púrpura
no tuviste compasión;

Si en medio de noche lóbrega
cuando todo duerme y calla,
y ella goza sueño plácido,
contigo mismo en batalla
no te desataste en lágrimas
con un despecho infantil;

Si enloquecido o sonámbulo
no la has llamado mil veces,
quizá mezclando frenético
las blasfemias a las preces,
también a la muerte, mísero,
invocando veces mil;

Si una mirada benéfica
no has sentido que desciende
a tu seno, como súbito
lampo que las sombras hiende
y ver nos hace beatífica
región de serena luz;

O tal vez el ceño gélido
sufriendo de la que adoras,
no desfalleciste exánime,
misterios de amor ignoras;
ni tú has probado sus éxtasis
ni tú has llevado su cruz.

La mayor parte de las imágenes de este artículo son de Raquel Munsuri Fotografía.

Para disfrutar de más documento gráficos de la sección prohibida de las catacumbas aconsejo visitar el flickr de Elle Dunn:

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