En el último auspicio me senté bajo un árbol carcomido.

 

El único que quedaba en pie,

silueta inerte de un bosque silencioso.

Cobijado bajo sus ramas secas y su corrompido cuerpo,

con mis pies descalzos sobre sus raíces muertas.

 

Aspiré un viento viciado.

Cada bocanada una condena latente en mis pulmones.

Y con la certeza de un mañana que no alcanzaría,

contemplé las cordilleras negras de corazones desechos.

 

Aquel vasto campo de cenizas,

sembrado de sueños rotos y semillas amargas.

Propósitos tan huecos como aquel árbol;

tan repletos de lágrimas secas…

 

Entre llantos rugió el silencio.

El último hombre sobre la tierra.

Promesa inconclusa, sonrisas extintas.

Un último necio de pies descalzos.

 

Contemplé las ruinas marchitas,

los desiertos de agua y salitre.

Las pirámides de cobre y estaño,

en cuya cima ardían rostros vulgares.

 

Y la vida aullaba en silencio,

el apogeo de una caída.

Mi imaginación quebrando la lluvia,

donde las despedidas se vuelven oscuras.

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Y el sol brillaba al perderme,

ardiendo sobre mi piel marchita.

Sin misericordia, sin alterar su rumbo,

ni lamentar nuestra partida.

 

Mis pies crispados sobre ceniza ardiente,

rodeado de raíces muertas,

de soles que cruzaron vidas como ríos de piedra.

Quimeras enterradas en nuestro olvido.

 

A mi alrededor brotaban palabras de una fuente seca.

Y el verbo se hizo carne.

Surgieron los primeros brotes verdes,

alimentados con la sangre de una tierra baldía.

 

Asfixiados por ceniza de recuerdos quemados,

lloraban los geranios entre mis palmas abiertas.

Condensando mis palabras en diminutas esquirlas,

en esperanzas perdidas tras el rocío.

 

Entre las raíces marchitas se alzaban los lirios rojos.

En el desierto mecían los incontables tallos.

La vida se hizo verbo germinando esa floreciente ruina.

Renacidos tras nuestro fútil intento de poseer el cielo.

 

Y el sol brillaba surcando el vacío.

Deslumbrando días entre las ramas secas,

colmando la sed de los mortales.

Soberano de nuestro grotesco paso por su mundo.

 

Aún mucho después de que mi tiempo acabe.

Aún mucho después de que la noche,

al fin,

me alcance.

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