La conocí hace más de ocho años. La chica imposible, el misterio sin resolver aguardando tras la última puerta. Una pieza de un rompecabezas indispensable en mi vida, cuya existencia ni yo mismo conocía por aquel entonces.

Estudiamos en el mismo instituto, muchos años antes de que nuestros caminos se cruzaran. Pertenecíamos a mundos opuestos. Ella caminaba bajo el sol de una vida ejemplar, estudiaba con ahínco y se esforzaba en sacar buenas notas. Yo pertenecía a esa generación de alumnos malditos a quien nadie le importaba. Un rebelde sin causa que apenas pisaba las aulas, se mecía con el viento sin relacionarse demasiado con los demás y leía libros bajo la lluvia al amparo de algún árbol decrépito.

No podíamos intuir lo mucho que teníamos en común. Éramos, sin saberlo, el reverso de una misma moneda. Pese a rodar espalda contra espalda lo hicimos sin mirarnos ni una sola vez a la cara, o al menos sin percatarnos del valor de nuestro opuesto.

Tuvo que pasar una década antes de que nuestros caminos se cruzaran por casualidad. Justo en el peor momento, cruzando aquel desolador campo baldío que el amor estéril nos lega, cubiertos con los pesados andrajos de una vida pasada.

Nos encontramos en la antípoda de nuestra existencia. Mis pasos se tambaleaban tras un regreso demoledor de una isla balear en la que sobreviví durante un tiempo, los suyos huían de espinas incandescentes que mellaron un caparazón que se empeñaba en erigir. La chica imposible no quería saber nada del amor y yo creía saber demasiado.

El momento e instante precisos al fin y al cabo.

Su vida se erigía como un cuadrado perfecto, la mía se deshacía en las interminables curvas de una elipse mal dibujada. Ella desgranaba los días entre nubes de humo, yo despertaba en las noches perdidas. Mi mente pintaba la vida con un negro lánguido, casi gris, que contrastaba ferozmente con la explosión de vivos colores que regían la suya. La chica imposible estudiaba fotografía para capturar la eternidad en un instante, a mí la eternidad se me antojaba un solo instante y aspiraba a dilatar cada fotograma de una vida en una consecución de historias que trascendiesen el momento.

Lo nuestro era imposible, así que me enamoré sin remedio. Era inevitable.

Por aquel entonces solo había escrito algunos relatos incompletos, poemas que desechaba antes de insuflarles vida y un par de novelas que no alcancé a finalizar. Pese a todo crecía en mi interior el ineludible y absurdo sueño de realizarme como escritor algún día que arrastraba desde mi infancia. Un sueño tan imposible como aquella esquiva chica que se empeñaba en caminar dos pasos frente a mí, darse la vuelta y sonreírme de manera desafiante.

Durante al menos seis meses traté de alcanzar su corazón sin éxito. Nunca me rechazaba abiertamente, incluso se mostraba interesada en ocasiones, pero nunca lograba vislumbrar ni un atisbo de esperanza que iluminase mi angustiosa espera. Era una mujer recelosa en extremo, que me tendía la mano para esconderla después tras la espalda. Retrasaba nuestros encuentros y se mecía en mis palabras, atrapando todos y cada uno de mis pensamientos en una tela tan espesa como sus desplantes.

La espera me estaba volviendo loco y consumía mi ánimo sin que mi interés decayera ni un ápice. Contra más hondo caía, contra más la buscaba y me rechazaba, mayor era la altura desde la que me lanzaba al vacío. Los días se volvían helados si no lograba encontrar una palabra suya, un anhelo desesperado que ardía por dentro removiendo cenizas que creía extintas.

El tiempo se volvió implacable y ambos sueños se mostraban igual de inalcanzables que la luna o la inmortalidad. Había perdido la esperanza, tras tantas esperanzas frustradas sin avanzar ni un paso, necesitaba huir de mí mismo. Decidí escapar del tiempo en la distancia y reservar un billete de ida a Madrid.

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Siempre amé Madrid de forma pasajera, igual que amé París, Londres, Roma o La Habana. Pase los días recorriendo el parque del retiro y buscando la soledad de mi alma en las pinturas negras de Goya, alcanzar el cielo con el Greco y el infierno con el Bosco, sin olvidar el purgatorio al que yo mismo me condenaba. Busqué el silencio en una rave y a ritmo de Tarantula se sucedieron las drogas psicotrópicas, el cristal, el MDEA y mil sustancias más con las que traté de olvidar a la chica imposible y catalizar mis sueños más locos.

Rodeado de desconocidos de rostros cambiantes, de arbustos de espinos, furgonetas wolkswagen sin ventanas  y locos que giraban sin cesar sobre un lecho de barro. Bailé bajo la lluvia y me ajé entre las sombras en el interior de un túnel abandonado de una carretera a ninguna parte. Los huérfanos de luna, los exiliados de un cielo sin estrellas.

Aquella madrugada terminé vagando por los descampados de las afueras de Madrid con los ojos dilatados y los pies ligeros. Sin la más mínima idea de dónde me encontraba o hacia dónde dirigirme, salvo aquella brumosa pérdida en la que más tarde me inspiraría para escribir Reflejos de absenta. El sol surgió en el horizonte de asfalto y torres de acero. Los locos continuaban girando bajo aquél túnel celebrando su llegada, pero sus rayos no lograban alcanzar mi piel. Me sentía más solo que nunca.

Perdido en la nada, la dirección adecuada en la que encontrar mi camino.

Cuando regresé al hotel me tumbé con el techo a mi espalda y el suelo girando sobre mi cabeza con el rostro de la chica imposible grabado en ácido. Las zapatillas cubiertas de barro, el ánimo marchitándose en mi corazón y los surcos sanguinolentos de mis pies eran testigos del largo recorrido.

No me la quitaba de la cabeza, aún sin consumirse se había convertido en otra más de aquellas adicciones  que con tanta fuera me atrapan. La huellas de aquella mujer sobre mi piel eran tan profundas que, ni a cientos de kilómetros, ni caminando en la dirección contraria, lograba eludir su curso.

Recuerdo el intenso rumor de la gran vía, el despertar de un nuevo día que las tupidas cortinas turquesas no lograban acallar. El clamor de una nueva vida, de una esperanza que perecía para dar paso a otra. Tumbado en aquella cama de motel barato me planteé dar un paso atrás, retroceder para avanzar. Olvidar esa mujer que me había olvidado incluso antes de llegar a recordarme, claudicar de mis locos sueños de terminar una novela y convertirme en escritor.

Tenía que ser realista. Si no había conseguido que esa chica se fijara en mí era porque nunca lo haría y no tenía la constancia suficiente como para terminar un relato, aún menos un libro. Imaginé mi vida allí, cómo sería su ausencia en mis pensamientos. Buscaría un trabajo temporal para suceder a otro, trabajaría de camarero o de repartidor. No me importaba empezar otra vez en ninguna parte, no era la primera vez, ni será la última. De todos modos regresar al País Vasco solo era una parada momentánea de una ruta que continuaba más allá de lo que mis ojos alcanzaban a vislumbrar.

Tarde o temprano conocería a otra persona, incluso sería feliz e infeliz a ratos. Amar, soñar de nuevo, encontrar un trabajo, ser ascendido, ser infiel, que me despidan de un trabajo, alquilar un piso, adoptar un perro lobo checoslovaco, visitar a mis familiares del norte, que me fueran infiel, comprar un coche, encontrar otro trabajo, mudarme a un piso más grande, y a uno más pequeño.

Vivir una vida, morir una eternidad.

Imaginé todo aquello y me sentí vacío. Necesitaba ser estúpido una vez más, combatir la cobardía con los ojos cerrados y morir de un balazo en el corazón, pero morir sin remordimientos al fin y al cabo. Mientras el camión de la basura recogía los últimos vestigios de las drogas y los jirones de mi pensamiento, preparé las maletas dispuesto a quemar mis últimos suspiros.

En el autobús de vuelta volví a nutrirme de sueños, igual que se acumulaba el maletero con las bolsas de viaje de aquellos que me acompañaban. Rodaban en un campo nevado los ardores de mi recién cumplida juventud, un lienzo en blanco en el que se dibujaban los hermosos ojos de mi chica imposible, ya mía incluso sin serlo. En aquel autobús escribí mi primer relato. Su preferido y el que jamás llegaras a leer, pues solo a ella le pertenece.

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El tiempo me demostró lo engañosas que son las distancias. Continuaba sin vislumbrar el final de aquel caleidoscopio. Las estaciones corrieron sin  ningún tren arribando. Pasaron los meses entre puntos y comas, papeles arrugados, citas pospuestas y excusas manidas que dejaban traslucir un miedo atroz a repetir los errores del pasado. La chica imposible se marchaba del país. Dispuesta a encontrar nuevas fronteras en las que le serví de guía y conducto.

Recorrimos europa juntos. Visitamos los museos londinenses y nos dejamos los pies recorriendo la interminable orilla del Támesis. Pasábamos las mañanas entre edificios de mármol y las noches en un albergue de mala muerte situado en la azotea de un pub que servía de prostíbulo pasadas las dos de la madrugada.

Condujimos una furgoneta alquilada a través de campos de tulipanes y desfloramos mecidos por los canales de Amsterdam. La intensa fragancia que roba el aliento, las barcazas de humo gris surcando coloridos océanos segmentados en mil canales.

Traspasamos los muros de este a oeste, ignorando los muros de nuestras diferencias, de una Alemania a la otra como quien salta charcos tras una tarde de lluvia. Siempre mojados, siempre sedientos, dispuestos a secarnos con el viento. Llegamos a Berlín escapando de una guerra  y nos encontramos con una paz inesperada.

24098770069_cf8879aff7_o.jpgA tantos kilómetros de casa, a tantas esperanzas extintas
tas y anhelos postergado. Nuestras manos se encontraron en Alexanderplatz, se fusionaron frente al reloj atómico que nos recordaba la brevedad de nuestro paso. Junto a ella encontré la inmortalidad, nuestras manos no se volvieron a separar.

Hicimos el amor en la furgoneta, nos deshicimos en caricias mientras los franceses con los que compartíamos habitación roncaban. Nuestros cuerpos nos pertenecían y estábamos dispuestos a recuperar los eones perdidos. Un acto de amor, un polvo salvaje y tierno. Dos electrones sexualizados hasta el extremo, jugando a ser alcanzados en cualquier núcleo, implosionar en cada vestíbulo, en cualquier esquina, en cada postura y cada catarsis robada.

Nos enamoramos de Berlín, nos amábamos mutuamente mucho antes de lo que estábamos dispuestos a admitir.

Nuestros dedos se volvían adictos a nuestra piel, que surcábamos ansiosos, temerosos de que aquel sueño terminase de forma abrupta con el regreso de una realidad distinta, de un tiempo que dejara de pertenecernos. La envolvía con mis brazos en una cama diminuta, infinita, y vigilaba sus sueños incapaz de dormir. Temía que, si cerraba los ojos, aquel sueño imposible dejara de serlo y se convirtiera en un recuerdo pasado.

Despertar, olvidar, vivir del recuerdo, morir sin su aliento.

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Hace ocho años de aquel sueño de convertirme en escritor, de conquistar sin armas ni bandera las fronteras de la chica imposible. Apenas duermo y en ocasiones, en demasiadas ocasiones, pierdo toda esperanza. Pero nunca dejo de soñar, ni de cultivar esas esperanzas que ahora me regalan con sus flores.

Escribí mi primera novela, la segunda, tercera y espero escribir muchas otras. Regresé a Madrid para ambientar algunas obras y visité muchos otros lugares sorprendentes de los que surgen las raíces de mis historias. Cientos de relatos, artículos, crónicas, ensayos, poemas y delirios que en ocasiones comparto y en ocasiones almaceno en tiempos por llegar.

Un mundo entre mis manos. No fueron los premios o el prestigio, era la sensación de plenitud que sentía presentando mi obra frente a unos desconocidos que me colmaban de preguntas lo que me hizo darme cuenta de que finalmente me había convertido en escritor. Eran los lectores, el sacrificio y la constancia los que me habían llevado hasta allí.

Presentaba Reflejos de absenta en Madrid y allí estaba ella, mi chica imposible. Ocho años después, soportando mis locuras y mi excéntrica personalidad.  La Fée Verte del absenta que me atrapa y me devora con dulzura cada día.

Lo imposible captado en un suspiro de su cámara de fotos. Condensando ese momento mágico en un instante inmortal, en una consecución postergada, pero dulce.

Tan dulce…

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