Elsa despertó en el sofá con el cuerpo entumecido. No recordaba el momento exacto en el que cerró los ojos, mucho menos haberse quedado dormida con su bebé en brazos. Su último recuerdo era el de un documental sobre la migración de la tortuga toro que emitían en televisión. Mientras acunaba al pequeño sus párpados descendieron de la misma manera que las tortugas recorrían la playa, lenta pero inexorablemente hacia un océano azabache.

Al despertar, el bebé de Elsa continuaba bajo el dulce amparo de su abrazo. Varias franjas horarias avanzaron en el televisor, donde un grupo de hombres discutían  alrededor de un Mustang sobre las modificaciones que debían de realizar.

Elsa se sintió culpable por quedarse dormida. Apretó al bebé contra su pecho y aspiró el aroma de su mantita inconscientemente. Notó algo extraño en él, su olor no parecía el mismo. Continuaba algo adormilada, pero una madre es capaz de notarlo incluso antes de despertarse del todo. Elsa se removió en el sofá con una angustiosa sensación premonitoria.

Le temblaron las manos al retirar la mantita. Su bebé parecía dormir con placidez, los párpados entornados en un frunce relajado. Apenas un recién nacido que comenzaba a estudiar atónito el mundo que le rodeaba. Le acarició la frente con anhelo, necesitaba sentir su piel contra la suya. Era tan suave y aterciopelada como recordaba, puede que algo más tibia de lo habitual. También parecía estar más pálido, el  tono rosado que tanto la cautivaba lucía ligeramente más apagado.

En la televisión los presentadores continuaban debatiendo, sus voces dejaron de alcanzar la habitación. Elsa se revolvió nerviosa y los últimos retazos de sueño se desprendieron de su mente. Introdujo la mano bajo el manto y la posó sobre el pecho de su hijo.

No atisbó movimiento alguno.

Su pecho estaba rígido. Ya no ascendía y descendía al acompasado ritmo de su respiración. El mundo entero pendía de un efímero suspiro que su bebé no exhalaba.

55

—¡Mein klein! Por favor, pequeño mío… ¿Qué te pasa? —Su voz era apenas un susurro.

Le zarandeó suavemente entre sus brazos. El bebé no despertó. Elsa se agachó sobre su diminuto cuerpo y aplicó la oreja contra sus labios. Eran minúsculos, apenas del tamaño de la yema de un dedo meñique y aún olían a leche materna. Elsa contuvo el aliento, sólo percibía el apresurado latir de su propio corazón retumbando entre ambos cuerpos.

Su pequeño no respiraba. La vida se detuvo en aquel instante para Elsa.

¿Cuánto tiempo había pasado dormida?

Las lágrimas brotaron de sus ojos como un manantial de agua insalubre. Se levantó sin saber qué hacer y buscó su teléfono móvil con las manos temblorosas. Se sentía incapaz de reaccionar, no podía estar sucediendo algo tan horrible. Necesitaba que alguien le prometiese que todo iba a salir bien.

Despertar de aquella pesadilla.

Encontró el teléfono móvil tirado en la alfombra junto a una de las esquinas del sofá. ¡ACHTUNG BATTERY LOW!  El mensaje de la pantalla era una sentencia, un epitafio luminoso. Disponía del tiempo justo para una llamada. Incapaz de razonar Elsa llamó al primer número que encontró en marcación rápida.

Sonaron tres tonos. Elsa intercalaba miradas nerviosas entre la pantalla del móvil y su bebé. Cada tono era eterno, cada mirada arrancaba un retazo de esperanza de su mirada. Contestaron al cuarto tono.

—¿Qué quieres Elsa? —La voz sonaba hastiada, estiraba las palabras como si le costara un gran esfuerzo pronunciarlas. Se podía escuchar de fondo el denso tráfico de un aeropuerto abarrotado. —Te he pedido mil veces que no me llames más.

—¡Tienes que escucharme, bitte, Hugo! —Elsa intentó continuar, descubrió que las palabras no lograban salir de su boca, su corazón se negaba a dejarlas marchar.

—Estoy a punto de coger un vuelo. Ahora mismo no tengo tiempo para ésto.

—¡Escúchame por favor! ¡Nuestro hijo no respira!

Silencio. Tras Hugo una voz femenina anunciaba por megafonía el embarque del vuelo con destino a Frankfurt.

—Tienes que ayudarnos, no sé qué hacer.

Sus palabras, una vez liberadas, salieron disparadas con la tensión que atenazaba su cuerpo. Al otro lado de la línea Hugo continuaba sin contestar, por megafonía repetían el mensaje en inglés.

—No tiene ninguna gracia Elsa. Para mi también es doloroso y resulta cruel por tu parte continuar con esto. Ya hablaremos cuando aterrice, no vuelvas a llamarme.

La conexión se cortó. El teléfono vibró en sus manos una última vez antes de apagarse. Su marido había desaparecido sin más, Elsa estaba completamente sola con su bebé.

Nein! Nein, verdammt schwein! Sheiβe!

Se sentía estúpida por confiar en él. Qué podía hacer, al fin y al cabo era su padre, tenía una responsabilidad. Solo se arrepentía de malgastar su última llamada con Hugo.Tiró el teléfono móvil con todas sus fuerzas contra el televisor, la pantalla se balanceó un par de veces  hasta estrellarse contra la alfombra. El cable dio un latigazo en el aire y desprendió el enchufe de la pared.

La pantalla se rompió contra la mesa. Los fragmentos de cristal saltaron junto a una lluvia de chispas de colores que laceraron los tobillos de Elsa. Ella no lo sintió, ni siquiera vió cómo el televisor se caía al suelo.

Sólo podía pensar en su bebé. Se moría y no sabía qué hacer.

Le tumbó sobre el sofá y trató de insuflar su aliento en el pequeño. Le aplicó un masaje cardíaco hasta que se detuvo por miedo a dañar aún más su pequeño pecho. El bebé seguía sin respirar por sí mismo. Con lágrimas en los ojos Elsa arropó al bebé con el manto y salió a la calle en busca de ayuda.

2Descendió las escaleras sin dejar de gritar solicitando auxilio. Sus pies descalzos volaban sobre los escalones sin apenas tocarlos. Nadie abría la puerta de su casa. Algunas mirillas se deslizaron silenciosamente, los cerrojos permanecieron echados.

El portal estaba abierto, la calle desierta. Era agosto y el sol empezaba a descender. Elsa echó a correr en pijama calle abajo. En la esquina había un bar con un cartel de luces LED con una copa y la palabra open. En la terraza un grupo de hombres conversaban en árabe mientras compartían una shisha humeante. El olor de la manzana y las frutas del bosque que aromatizaban las hierbas se condensaba a su alrededor en una nube blanquísima. Se extrañaron muchísimo al ver a Elsa llegar descalza y en pijama.

—¡Por favor, ayudadme! ¡Mi bebé! ¡Es mi bebé!

Los hombres miraban al bebé e intercambiaban miradas inquisitivas entre ellos. Murmuraron algo que Elsa no entendió, ninguno mostró la más mínima intención de levantarse.

—Llamen a una ambulancia. —Suplicó Elsa meciendo al bebé. —Por favor, solo les pido eso.

El camarero salió a la puerta del local y se quedó apoyado en el marco azul. Observaba la escena con disgusto, se planteaba si debía intervenir para que aquella mujer dejara de molestar a sus clientes o era mejor ignorar la situación hasta que se marchase.

Decidió no hacer nada, resultaría mucho más sencillo así.

Miró a su bebé. Cada segundo que perdía en esa terraza era un segundo que le restaba de aliento. La madre rugió en un alarido de impotencia. Los hombres se encogieron tras la shisha y el camarero dio un paso adelante, sus cejas tan contraídas que se unieron en una poblada franja negra.

Elsa salió de la nube de manzana y echó a correr calle abajo. Cruzó Budapestr con el bebé apretado contra su pecho. Sentía que, si corría lo suficiente, si era capaz de traspasar el tiempo y dar marcha atrás, su bebé abriría los ojos y la miraría otra vez con la misma ternura de siempre.

3

Recorrió la calle intentando detener a los coches que pasaban veloces a su lado. Dejó un rastro de sangre tras sus pies desnudos. No sentía el dolor ni entendía por qué no se detenía ningún coche. Su cuerpo comenzaba a desfallecer y su paso se volvió errante.

Cientos de turistas sobrepasaban los elefantes de piedra que custodiaban la salida del zoológico y se abalanzaban sobre Breitscheidplatz. Caían en picado junto a la iglesia del Kaiser Wilheim, ciegos, destructivos y ruidosos como las bombas aliadas durante la II guerra mundial.

En la plaza los diferentes puestos de artesanía y comida étnica se alzaban hacia el cielo tratando de emular la ausente cúspide de la iglesia. Las abejas procedentes del Tiergarten, capaces de sobrepasar en número al contingente turista, sobrevolaban las bebidas y curioseaban entre los alimentos hasta ahogarse en algún vaso de coca cola.

Elsa penetró en la plaza abordando a cada turista que se le acercaba. Les imploraba su ayuda. Tenía los pies ensangrentados y el pijama sucio. La gente se reía de ella, algunos se enfadaron y no faltaba quien aplaudía o le gritaba. Pronto se formó un corrillo de curiosos a su alrededor. Una mujer de mirada compasiva le entregó una moneda roída por el óxido de tantas manos.

Cuervos de pecho cano observaban la escena posados sobre los toldos del cercano KFC. Graznaban  espasmódicamente y se lanzaban sobre las alitas de pollo de los turistas incautos. Las abejas se arremolinaban en torno al bebé de Elsa y se posaban en sus labios. Buscaban el olor y la humedad de la leche materna. Los turistas asiáticos se acercaban a hurtadillas mientras algún compañero les sacaba una foto.

El mundo se había vuelto loco. Elsa no comprendía por qué nadie la ayudaba.

1¿Cómo podían ser tan crueles como para dejar morir a un bebé en los brazos de su madre?

El aire se llenó de sirenas. Dos camiones de bomberos y una ambulancia llegaron a la plaza y pasaron de largo sin aminorar la velocidad. Dejaron tras de sí una ruidosa estela que llenó el aire de esperanzas rotas. Elsa cayó de rodillas, abatida e incapaz de respirar el mismo aire que aquellos monstruos que con tanto desprecio condenaban a su hijo.

El encargado de seguridad de una terraza del mercado disolvió la multitud congregada. Ya nadie reía. Una anciana, que había escuchado lo ocurrido desde un puestecito de cuadros serigrafiados, se apiadó de la madre y se acercó utilizando un bastón para guiarse. Era menuda y fibrosa como el corazón de un albaricoque. Tenía el pelo largo y su rubio natural aún conservaba parte de su esplendor.

Meine Mädchen. ¿Le sucede algo a tu bebé? —Su voz era dulce y firme. Elsa dejó de temblar y la miró fijamente, como hipnotizada por sus velados ojos.

La anciana tanteó los hombros de Elsa, sintió su dolor al instante. Siguió el sendero de sus brazos y alcanzó la manta del bebé. Acarició sus pómulos y posó la mano sobre su pecho inerte. Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas, como el fondo de una taza de porcelana blanca repleta de agua turbia.

—Mi niña, mi preciosa niña… —La anciana abrazó a Elsa y la acunó entre sus brazos. —No te preocupes, todo va a salir bien.

Ambas compartieron sus lágrimas. Esa mentira era la única que Elsa buscaba. Necesitaba que alguien le asegurara que todo iría bien.

De pronto una mano cruel se interpuso entre ellas. El encargado de seguridad se llevó a la anciana a un lado y le contó la verdad sobre el bebé. La policía le había advertido  de sus antecedentes psiquiátricos. Podía ser peligrosa. Un equipo de paramédicos ya estaba de camino para ingresarla en un centro especializado.

La anciana golpeó a Elsa con el bastón, que echó a correr abriéndose paso entre la multitud. Había escuchado toda la conversación. No podía dejar que la volvieran a meter en aquel sitio. Se merecía una vida junto a su hijo y no permitiría que nadie la volviera a apartar de él.

Lo pasó muy mal cuando Hugo y ella perdieron al bebé. Su matrimonio estaba en un mal momento y tras ese duro golpe terminaron separándose formalmente. Elsa tardó mucho tiempo en recuperarse, pero así lo hizo.

Todo cambió el día que adoptó su bebé reborn. Una réplica sintética manufacturada a mano, idéntica a su hijo en cada detalle de su recuerdo. El regreso de su bebé le dió la fuerza necesaria para seguir adelante, no quería regresar a aquel sitio en el que la trataron como a una loca tan solo por querer mecer entre sus brazos a su hijo una última vez.

Elsa recorrió el camino de regreso con una sonrisa que sus lágrimas secas no lograron deslucir. Su pijama estaba repleto de barro y alrededor de sus pies se había formado una costra de sangre seca. Ella creía caminar sobre  las baldosas amarillas que conducían de regreso a su hogar.

Allí sería feliz.

4b

Al llegar a su calle los camiones le cortaron el paso. Los bomberos trataban de extinguir el fuego que amenazaba con devorar los cimientos del edificio en el que vivía. Los expertos determinaron más tarde que el piso de Elsa había sido el origen del incendio. Un cortocircuito en el cableado de una televisión rota.

Elsa retiró la mantita que cubría el rostro de su bebé. El incendio no le importaba. Su hijo tenía los ojos abiertos. Miraba a su madre fijamente, como si no existiera nada más en el mundo. Su piel aterciopelada volvía a estar caliente, su pecho se mecía con una respiración acompasada por los latidos de ambos corazones al unísono. La madre agonizando en su recuerdo, mientras el mundo ardía en su locura.

A partir de ahora todo iría bien.

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