El demonio blanco

¿Cómo vencer el miedo a la página en blanco? ¿Cómo empezar a escribir? ¿Qué palabras o expresiones he de utilizar? ¿Qué hago si no se me ocurre nada? ¿Cómo quemo la página y la destrozo en veinte trocitos diminutos cuando me frustro en la era de la informática?

Todos estos interrogantes, y alguno más, son los que se acumulan en nuestra mente a la hora de enfrentarnos a una página en blanco. Esa presión que nos imponemos a nosotros mismos y que puede terminar por sabotear nuestro empeño, es una de las principales causas por las que incontables obras maestras de la literatura se han quedado en el tintero. Es perecer antes de nacer, el primer escollo al que debemos enfrentarnos a la hora de comenzar a escribir.

El bloqueo creativo es una de las experiencias más frustrantes a las que se ha de enfrentar cualquier arista, el némesis de cualquier autor. Ya sea al escribir una novela de mil hojas o un artículo de unas pocas palabras, la página en blanco es el enemigo con el que tenemos que convivir, afrontar y vencer para poder alcanzar una conclusión en nuestra historia, o al menos comenzarla.

No es casualidad que empecemos esta nueva sección del blog llamada pluma y espada con esta ancestral batalla. Nos hallamos ante el punto de partida perfecto para un apartado en el que desarrollaremos  múltiples estilos de escritura, consejos, recursos, técnicas y trucos con los que afilar nuestras capacidades literarias. La página en blanco es el principio del fin para un escritor sin constancia, pero podemos afrontarla de tal manera que acabe convirtiéndose en una preciada aliada. Afrontémoslo como lo que es, un reto que superar.

 

Mirar al vacío cara a cara

El primer consejo que puedo ofrecer es probablemente el más sencillo. La página solo estará en blanco hasta que escribas las primeras palabras en ella. Parece algo obvio, y en el fondo lo es. Si te intimida enfrentarte al vacío, solo tienes que “comenzar por las esquinas”.  Escoge el título o añade la numeración, si el argumento es una prolongación de la página anterior comienza por leer el último párrafo y trata de continuar con la narración.

No trates de escribir el capítulo entero antes de empezar, aún menos una novela. Comienza por centrarte en un párrafo, una línea o incluso una palabra. Es mucho más sencillo compartimentar las ideas que apilarlas en columnas.

Estructura, erige y remueve hasta volver a los cimientos

Bosqueja el capitulo antes de delinear. Forma una estructura con unos pocos trazos y palabras simples, un esquema básico que te sirva de guía y puedas consultar cuando te sientas perdido entre caracteres.

Resume el capítulo en un par de líneas y si te sientes con fuerzas añade las frases o párrafos sueltos que te vengan a la mente. No te preocupes por resultar difuso o inconexo, con que tú lo entiendas es suficiente. Más tarde podrás desarrollar ese esquema para introducirlo en la trama con facilidad.

La escaleta que formes no tiene por qué ser definitiva. Remueve tus ideas, reordena los párrafos y el argumento como más le convenga a la obra dentro de la coherencia y la continuidad.

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El producto alterado de los factores no ordena el texto, o algo así

Empieza por el principio, o por cualquier parte. La estructura final del texto que llega al lector no tiene que ser necesariamente la misma que tú utilizaste. Si el argumento tiene algún nudo que te resulte especialmente inspirador elígelo como punto de partida y continua desde allí.

Ya tendrás tiempo de reordenar y modificar los párrafos y las ideas, la fase de escritura inicial y la de corrección no deberían solaparse. Es importante que liberes las ideas de tu mente con fluidez.

 

Just do it, solo escribe

La escritura automática es un recurso imprevisible y muy interesante. Si Calíope no se muestra y desconoces cómo empezar un texto, escribe lo primero que te a venga a la cabeza, incluso si no tiene ninguna relación con la obra. No se trata de buscar la perfección ni de elaborar material útil.  Solo necesitas escribir rápido y adquirir un ritmo constante, cuando te sientas seguro encamina tus ideas hacia el texto y verás como las palabras empiezan a fluir por sí mismas.

Antes de descartar el compendio de idioteces y sin sentidos que seguramente obtendrás repasa y selecciona todo aquello que te parezca interesante. En ocasiones la improvisación es la que talla las mejores joyas.

 

No te ciegues, si empiezas a verlo borroso cambia el enfoque

No te obceques, si no consigues encontrar las palabras adecuadas para empezar no te empeñes en darte cabezazos contra un muro. Es muy probable que no encuentres la inspiración que deseas contemplando la profundidad de campo entre márgenes vacíos. Respira hondo, cierra los ojos y piensa en otra cosa. Desconecta durante un rato antes de sentirte frustrado y caer en una espiral.

Mira por la ventana y cotillea a los vecinos, vete a por agua, revisa notas antiguas, abre la puerta de la nevera y echa un vistazo. ¡Pero ojo! No hace falta atiborrarse a chocolate cada vez que te frustres, no te dará la envergadura literaria de George R. R. Martin, pero puede que si delimite tu figura a su imagen.

Se trata de desconectar el cerebro durante unos instantes para retomarlo con frescura. Algo similar a cuando reiniciamos el ordenador cuando se ha quedado sin memoria RAM o en modem cuando la señal wifi flaquea.

En ocasiones puede ser que requiramos algo más que una pausa fugaz para liberar nuestra mente. Si el bloqueo continúa puedes ver una película, leer un rato, salir a la calle a pasear y que el cegador destello del sol derrita tus retinas…

Si estás en un proceso largo, como un libro o un ensayo, puedes probar con pequeños textos que no tengan relación con la única finalidad de divertirte y volver a cogerle el gusto. Si intercalas relatos, cuentos, cartas o notas de suicidio con tu obra tendrás menos posibilidades de caer en ese maldito limbo en blanco.

 

Date el gustazo

No es una metáfora, no confrontes la incapacidad para escribir con la incapacidad de evolucionar tus planteamientos. Si realizar una pausa no fue suficiente prueba a liberar endorfinas.

Haz un poco de ejercicio, date una ducha con agua caliente o proporcionate un orgasmo. Si es en pareja y puedes hacer todos los pasos a la vez mejor, así tendrás más tiempo para continuar escribiendo. El proceso será más distendido, eso seguro.
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Busca la pecera adecuada

 No todos los tiburones son de agua salada. El entorno es muy importante, normalmente aconsejan  trabajar en un espacio ordenado y minimalista, sin embargo los patrones habituales no tienen porqué ser los tuyos.

Cuando escribí mi segundo libro recubrí una pared entera de notas escritas a mano. Era caótico pero siempre que me sentaba en la silla y miraba a la pared encontraba alguna frase con la que conjugar nuevos planteamientos.

Encuentra el lugar donde te sientas más cómodo. Aprovecha el barullo de una cafetería de estación o busca el silencio bajo un roble en el parque, vacía tu mesa o erige una pirámide de lápices afilados, nadie mejor que tú para saber  lo que se adapta mejor con tu personalidad.

 

El tiempo no es tu sirviente

La imaginación es caprichosa y llega cuando menos te lo esperas. Toma nota de las ideas que te alcancen en el momento adecuado. Te aconsejo tener siempre a mano una pequeña libreta o descargarte aplicaciones móviles como Evernote y similares, que te permitan atrapar esas esquivas mariposas que encontrarás muertas en tu mente si tratas de aprisionarlas.

Si tienes notas y un esquema descubrirás que comenzar una página en blanco puede ser como dibujar con puntos. Solo necesitas rellenar los huecos y apuntalar los cimientos de un proyecto bien diseñado.

 

Rompe tus cadenas, esclavo

Piensa cómo escribiría una persona sin miedo al qué dirán. El arte no tiene nada que ver con las matemáticas aplicadas, ponte música, tararea, da vueltas en la silla o escribe boca abajo. Pierde la cabeza y encontrar una fuente inagotable de la que nutrirte.

No escribas guías de electrodomésticos, a menos que ese sea tu trabajo. Para hacer viajar al lector a tu mundo antes tienes que crearlo en tu imaginación. Una vez que veas con claridad todas esas escenas que pueblan tu mente solo tendrás que describirlas de la forma más simple y detallada posible.

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El cuerno de la abundancia está repleta de frutas distintas

Existen mil maneras distintas de abrir un melón. Por norma tendemos a estructurar la narrativa de una forma que nos resulta lógica como seres humanos. La vida tiene una estructura lineal con un comienzo, un desarrollo y un inevitable final. Afortunadamente como escritores tenemos la capacidad de romper las normas, no siempre tenemos que abordar un texto describiendo la ambientación, presentando al personaje, colocando al lector en situación o con un maldito érase una vez.

¿Cuántas veces has leído un texto que comienza con “era un día como cualquier otro”? O, en la localidad de… un día tranquilo hasta que… Se trata de llamar la atención del lector, no de mantener conversaciones de ascensor. La repetición resulta frustrante y poco gratificante para quien ejecuta el texto.

Experimenta, trata de romper los moldes. Es como utilizar en el ajedrez una apertura inicial con caballos en lugar de hacer avanzar siempre a los peones en línea recta. Te resultará mucho más entretenido si no te encorsetas con comienzos preestablecidos, disfrutarás más del proceso y el lector lo percibirá con gratitud.

 

Por ejemplo puedes empezar con un breve diálogo que introduzca de lleno en la acción:

—¡Cuidado!

La hostia llegó un segundo después. Enrique no tuvo tiempo suficiente de asimilar el primer misil, la mano izquierda se estrelló contra su cara resquebrajando frontalmente cualquier atisbo de conciencia. Destellos negros y sombras blancas. El rumor del mar sumergiendo los truenos entre capas de sal y una agonía pasajera. Solo alcanzó a ver como un ladrón con capucha negra le arrebataba el manuscrito de las manos y echaba a correr.

—Te lo avise, Enrique. —Señaló Sofía tapándose la boca para reprimir la risa. —La próxima vez le harás caso a Falkas y leerás su blog antes de empezar el capítulo con un érase una vez.

El ladrón corría girando en cada farola, enarbolando el montón de hojas sobre su cabeza como si ejecutara una danza tribal.

—Pero qué cojones… ¿Era él?

Sofía asintió, una carcajada limpia y hermosa brotó entre los márgenes impuestos por sus dedos.

—El mismo. Dicen que se ha propuesto combatir los clichés en la literatura y claro, se ha vuelto loco.

—Será cabrón. —Sentenció Enrique. —Mañana mismo me suscribo a su blog.

 

O puedes abrir el telón argumental una escena que nos introduzca en la historia sin la necesidad de ahondar en las descripciones:

El vapor comenzaba a arremolinarse sobre la cazuela de barro. El caldo burbujeaba obligando a bailar a la zanahoria con la carne. Los olores se condensaban en la cocina, el cuchillo recortaba cada segundo de espera de los comensales en ramilletes de laurel que eran depositados en la pista de baile.

Las velas proyectando sombras sobre una mesa de caoba, la pareja disponía los cubiertos junto a las copas intercalándose para dejar espacio al otro. La piel se deshacía en el caldo, la guarnición de piñones glaseados relucía sobre láminas de embutido casero que la pareja curaba de formal artesanal en el sótano.

Tras pasar la tarde entera cazando, sus estómagos rugían. La lección burbujeaba en la cazuela, no volverían a preparar estofado de runner. Costaba demasiado darles caza y la carne era demasiado correosa para su gusto.

Una pizca de sal y otra de pimienta negra. Dos rodajas de lima y un chorrito de reducción de módena. Enrique sirvió la carne en cuencos de porcelana negra mientras Sofía repartía las rebanadas de pan. Estaban destrozados, ambos ansiaban el momento de sentarse juntos a la mesa. Malditos runners.

La cena estaba lista.

 

Son solo dos ejemplos, las opciones son ilimitadas. Te invito a que conjugues tu imaginación de la manera más imprevisible que puedas. Contra más creativo seas en tus arquitecturas textuales menos miedo le tendrás a elaborar nuevas recetas. Y no, no es una invitación al canibalismo, solo a que pruebes nuevas especias con las que aderezar tus contenidos.

 

Memento Mori, libérate de la presión

Cuando escribimos con el objetivo de ser valorados por otra persona llenamos de expectativas y eso condiciona nuestras palabras. En ocasiones el miedo a que nuestros escritos no sean comprendidos, no satisfagan al lector o simplemente no interesan nadie repercute en el proceso creativo. La presión y los condicionamientos pueden aniquilar el talento del más capaz. Piensa que ese planteamiento no tiene ningún sentido. Si le gusta o no a otros es irrelevante. Al final a todos nos alcanza la muerte.

No es un razonamiento negativo, en realidad es muy liberador. Piensa que las mejores obras escritas fueron obra de autores que aún no debían enfrentarse a sus miedos. o que disponían de la capacidad para convertirlos en un reto.

Escribe para ti, disfruta con lo que haces y así no tendrás que arrepentirte nunca.

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Eso es todo, y mucho más.

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