El fútbol es pasión. La emoción de sentir los noventa minutos del deporte rey flanqueado en un estadio abarrotado de gargantas rugientes. Volar sobre el césped, navegar bajo palos hasta caer en las redes de un gol soñado.

Balompié de mil amores, estrategias desarrolladas entre latido y latido de un corazón desbordante de expectación. Una lid sin tregua, una batalla por la gloria de aquellos que rememorarán durante toda una vida la jugada que les llevó al éxito justo en el borde del precipicio. No existe emoción más pura ni juego tan empíreo como el balompié.

Reminiscencia de un paraíso perdido, ilustre deporte de casta y honor, de camaradería entre hermanos de equipo y domingos de dicha. El fútbol son mil manos levantando océanos, la sonrisa de un niño, el brindis por tu equipo, las banderas al viento, la lluvia sobre los hombros de aquellos que son capaces de capear tormentas para llegar a puerto.

El fútbol es el deporte perfecto…

…para aferrar sin dolor las correas que tus amos dirigen.

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Antes de alzar las manos al cielo, o enterrar esa dichosa tarjeta roja, demos un paso adelante y admitamos nuestras cadenas. Tus jefes, el tiempo, el gobierno, tu cuerpo, tu mente, compañías multimillonarias, entidades bancarias, el sistema, tu vida o tu muerte. Todos somos esclavos y cada cual ha de rendir cuenta a sus propias deidades, ya sea en el cielo como en la tierra.

Nuestro día a día como individuos tiende a ser rutinario, un compás de acciones sin valor que otros manipulan en propio beneficio sin apenas percatarnos, o al menos en un beneficio común que no tiene porqué coincidir con el propio.

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No son teorías conspiratorias, ni rumores sobre logias o sociedades secretas. Los poderes de facto, ya sea por herencia, codicia o por simple fortuna, han estado presentes a lo largo de toda nuestra historia como lamentables aspirantes a seres humanos y han manipulado nuestro devenir desde el caciquismo tribal hasta las modernas tácticas de alienación subliminal y adoctrinamiento encubierto del mercado de consumo.

Las herramientas que ese “establishment” meta-morfo ha utilizado son ingentes y muy eficaces, lo suficiente para convertir en una gran vaca lechera cualquier movimiento generalizado. El fútbol es tan solo el arquero infatigable de una estrategia diseñada para distraer nuestra atención mientras se desarrolla el último prestigio.

El imperio romano era un especialista en esas distracciones multitudinarias que atestaban los circos romanos o las carreras de cuadrigas. El espectáculo como medio de distracción en el que una estirpe política corrupta se llenaba los bolsillos y llevaba a la caída un imperio erigido con el sudor de los esclavos y una descarnizada expansión militar. ¿Te resulta familiar? El opio del pueblo, cortado, adulterado, destilado y consumido por una sociedad alienada.

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El fútbol convertido en adoctrinamiento colectivo. Pese a tener un origen académico, si ignoramos el carnaval de fútbol celebrado en gran bretaña desde la edad media, el deporte rey tuvo su auge en una sociedad inmersa en plena revolución industrial y se expandió rápidamente por Europa gracias a las nuevas líneas de ferrocarril y la extracción de minerales.

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Los primeros jugadores de fútbol españoles fueron trabajadores de la siderurgia, obreros y marinos con interminables jornadas laborales que utilizaban esos lapsos de tiempo libre como una vía de escape de sus recias vidas. Una vía de escape que los gobiernos han sabido reinterpretar al estilo del imperio del águila y el laurel.

Las loables cualidades del fútbol son alteradas de forma artera sin que nos percatemos. Los pilares fundamentales del deporte se sustentan mediante férreos reglamentos en los que es imprescindible seguir las normas si no deseas ser expulsado del juego. De esta manera el fútbol invita al ciudadano a seguir las normas, acatar las leyes sin protestar y evita que nos planteemos si el sistema establecido es correcto o no bajo pena de sanción.

Como cualquier deporte en equipo el fútbol plantea el trabajo colectivo como principal leitmotiv, algo encomiable hasta que elimina el pensamiento individual al encasillarlo en el interior de la psicología globalizada en la que solo existen dos individuos, el que posee y el poseído.

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Salvo aquellos que eligen apostar a lo seguro y ofrecer su apoyo al que más victorias cosecha, algo así como nacer en Segovia y llevar camisetas con la bandera americana, no seguimos al equipo que mejor encaja con nuestra filosofía. Nos convertimos en hinchas acérrimos de la escuadra más cercana a nuestra bandera de nacimiento, incluso cuando solo una ínfima parte de los integrantes de su plantilla la conformen jugadores locales. Elegimos unos colores y los apoyamos ciegamente, ganen o pierdan, fichen franceses o eslovacos.

Ocurre algo muy similar con el patriotismo y los partidos políticos, que ejecutan a la perfección esa misma fórmula con definición extremista. Uno elige sus colores y los apoya ciegamente, quiebre a la derecha o se escore en la izquierda.

El gobierno quiere seguidores fieles, y ciegos, que coreen lemas e himnos hipnóticos hasta perder la garganta y la voz. El patriotismo extremo, el odio sistemático hacia el rival ideológico. Como hooligans sin cerebro dando una paliza en la plaza simplemente por encontrarse en el lugar equivocado ante el idiota equivocado.

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Al gobierno le incomoda el arte y la cultura. No es ningún secreto el constante esfuerzo por privatizar la educación superior, manteniendo entre los más afortunados la oportunidad de cultivarse intelectualmente o exportando directamente todo aquel individuo sobradamente preparado pero con insuficientes contactos para medrar en una sociedad de enchufismo. El teatro, la pintura, la escultura o la literatura conducen al individuo, al menos en ocasiones, al planteamiento individual, la reinterpretación de sus perspectivas y la crítica social.

Si el arte es accesible para todo el mundo pierde esa exclusividad de la que todo snob se jacta. Cuando un fontanero puede diseccionar la obra de Pollock con la misma sencillez con la que te explica un fuera de juego, las catas de vino añejo y las charlas de compañeros de golf pierden su empoderada prepotencia de la manera más vil. Aquel que gobierna desde la cima a base de talonario y no de política, prefiere que se llenen los estadios antes que los museos.

En una sociedad avanzada y en constante progreso tecnológico el ser humano debería comenzar a alejarse de nuestros antepasados si quiere continuar su sendero evolutivo. En la antigüedad se valoraba el poderío físico como una necesidad para la supervivencia del pueblo. Los guerreros eran probados en la arena en combates por el honor de formar una élite guerrera, dirigente absoluta de los pueblos del neolítico. El ser humano tenía la necesidad de mantenerse en buena forma física para cazar y procurar alimentos para su tribu, o combatir con otros pueblos para obtener nuevos territorios que cultivar o explotar.

Es hora de una nueva reinterpretación de valores para hacer hueco a los méritos intelectuales que se marginan a breves lapsos de noticia encajada con presura entre la noticia de desfalco habitual o la anécdota local de señoras que se encuentran una planta de marihuana entre los tomates. Nuestros filósofos, matemáticos, científicos, poetas, astrónomos, artistas e intelectuales deberían de ocupar un espacio mayor en esa galaxia de atención mediática.

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Si este artículo se centra en el fútbol es tan solo porque ostenta un monopolio que relega a la sombra el resto de disciplinas deportivas. El deporte es necesario y muy beneficioso para la salud. Este florido misil no se dirige hacia los jugadores de fútbol, si no hacia sus seguidores más extremistas y todo el conglomerado que lo ha convertido en un escenario de cromos intercambiables tan alejado de su verdadera esencia. El deporte es necesario, el fanatismo prescindible.

El fútbol se ha convertido en un negocio multimillonario muy alejado de sus raíces, aquellas en las que un grupo de obreros tiznados se enfrentaban al barro y la lluvia por el simple placer de la superación de metas. Los méritos deportivos se diluyen cuando el dinero se impone y un equipo es capaz de fichar a los mejores jugadores del mundo y mantenerlos en el banquillo con el único propósito de que no contribuyan a las victorias del rival.

Los niños ya no quieren ser futbolistas, quieren ser millonarios, conducir un deportivo, tatuarse los brazos, salir con súper modelos y chutar el balón de vez en cuando.

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Es la hora de despertar del sueño, de eliminar los restos del opio y la resaca dominical para luchar por unos derechos que merman en cada ocasión que apartamos la vista. Es hora de evolucionar, la revolución esta en tus manos.

 

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