Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón.

Madrid es una ciudad desnivelada, donde uno puede ascender al cielo o terminar comatoso en mitad de un descampado terroso, semidesnudo y sin la capacidad de recordar si aquella última copa que defenestro lo hizo en compañía de un ultra de izquierdas o de derechas. En una megápolis como ésta cada sueño y pesadilla concebida por el ser humano tiene cabida y se desarrolla en una incesante trama que se superpone sin ningún sentido aparente.

Arquitectura neoclásica y viviendas preconstruidas de desprotección oficial, bolsos de Prada repletos de joyas y bolsas de basura que contienen una vida entera en los rellanos de una tienda de ropa alternativa, el diseño de marca, la publicidad a gran escala que oculta millones de vidas anónimas, el romanticismo del Madrid de los Austrias y los estertores de la subcultura del grunge de la movida diseñando una ciudad capaz de sorprender al visitante y convertir las maravillas de la civilización en una monótona sucesión de milagros de saldo.

El amor y el odio son inherentes a una ciudad en la que todo entra y todo sobra. Un macrocosmos demasiado atomizado y majestuoso para centrarnos en un solo punto sin sentir vértigo y ceguera. En lugar de dedicarle uno de los habituales suspiros pasajeros, la inercia me obliga a escribir sobre tres lugares especialmente dicotómicos en los que conviven las flores y los lodos que las nutren. En estos tres altares podrás amar a las puertas del cielo, delinquir, viajar sin moverse del prado o tener sexo con un desconocido al que no volverás a ver en tu vida. Y lo mejor de todo, ¡gratis!, o al menos muy barato y sin salir del epicentro del madroño.

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El Palacio de Cristal

Desde el siglo XVII, en el que el Duque de Olivares lo mandara construir para goce, uso, roce y disfrute de Felipe IV, innumerables parejas han iniciado su idilio o escarceo amoroso en las cercanías del estanque del Parque del retiro.

Llevar a tu pareja al césped del retiro y escuchar música no es ninguna novedad, las melodías no logran alterar las costumbres de cortejo de un chulapo moderno. Las parejas que se inician en el gallinero son una seña de identidad casi tan castiza como los callos a la madrileña o los carteristas en sol.

Montar en barca, pasear entre los cedros y las acacias por avenidas empedradas y hacerse el interesante frente al monumento del ángel caído con algún dato irrelevante sobre Bellver. La tarde puede ir bien y acabar revueltos entre las flores “a la sombra de los pinos”, o terminar en casa con la nariz embotada y los ojos llorosos a causa de las gramíneas y la frustración.

El entorno y la música ambiental dejan poco margen para el fracaso, ninguna pareja puede comenzar mejor que aquellas que se sientan mano con mano junto al ciprés al que todos los demás envidian, el mismo que extiende sus raíces hacía el palacio de cristal. El lago, los etéreos pétalos del palacio, la corona de hojas y la cúspide celestial se dan la mano en un óleo de John Constable.

El palacio de cristal es un edificio atemporal y caprichoso. El instante es perfecto frente a tan efímera arquitectura, una estructura de cristal y columnas de mármol blanco cuya cúpula central se alza hacía el cielo sin tratar de rasgarlo. Paradójico y sutil, como si no pesara nada y a su vez contuviera el peso artístico equivalente a mil barcos repletos de armas.

El interior es engañoso, su cielo abierto oculta un subsuelo donde macera la uva moderna, indicado para pasear en pareja o en compañía devanándose los sesos tratando de interpretar las últimas propuestas de arte. A la sombra del Prado, la colección de arte moderno del palacio de cristal se erige entre los arboles como una pequeña abadía en la que suspirar por esa añorada sombra.

En la hora del ocaso, cuando las hojas se tiñen de cobre y el lago prende con las últimas bocanadas del día, irrumpe el momento perfecto para sellar un gran acto de amor o un sutil roce de los dedos. Amor acristalado, como un perfume o un frasquito de veneno.

Si sufriste arcadas ante tal saturación de azúcar y atardeceres policromados no te preocupes, afortunadamente esta empalagosa percepción del entorno de los amantes del Retiro convive a la perfección con un submundo al que la policía nacional irónicamente denomina como “la republica del hachís”. En esta estrábica y maravillosa república hay sombras y recovecos para todos, desde los runners de malla estrecha y el sexo entre arbustos hasta los turistas japoneses y los reyes del menudeo.

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Templo de Debod

Pese a ser también uno de los lugares de Madrid más conocidos y fotografiados, el templo de Debod es uno de los lugares más mágicos de la capital, no siempre se tiene la oportunidad de viajar al antiguo Egipto tras unos pocos escalones. Este monumento de más de 2200 mil años viajo dedicado a Amón e Isis viajó a la capital bloque a bloque desde las orillas del Nilo en agradecimiento por la colaboración del gobierno español en las obras de salvación arquitectónica tras la construcción de la presa de Asúan.

Dioses casi desconocidos habitan entre sus piedras, y quizás también en las aguas del pequeño estanque artificial, en cuya orilla espejada se puede escuchar el eco de otra civilización, distante y exótica, que nos introduce de golpe  en una época remota sobre la que poder construir ensoñaciones de lunas pasadas.

La burbuja temporal que se alza en el centro de la ciudad se resquebraja rápidamente ante la avalancha de turistas, cámaras y asiáticos vendiendo latas de cerveza tibia que esconden entre los arbustos. El monumento es un hervidero de actividad, su meditabunda presencia invita a la meditación y es habitual encontrarse con grupos de gente practicando Yoga.

El romanticismo palidece con los deseos más crudos de la carne. El templo, a la manera de mercado apócrifo, sirve de base para la venta de psicotrópicos y puede adquirirse incluso estramonio si uno busca bien entre los geranios. Con la caída de la noche, justo cuando Debod alcanza el cenit de su belleza, las parejas, los turistas y los jubilados se retiran para dar paso a los gatos pardos.

Tras tantos años siendo testigo mudo de nuestra historia, el templo ya no se escandaliza al ver sus lindes convertidos en lugar de encuentro entre desconocidos en busca de sexo ocasional. Con la noche llega el cruising y los fisgones, los gemidos furtivos y las oraciones a dioses más modernos. El templo de Debod nunca duerme.

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Botánico real

Discretamente ubicado en un rincón del Botánico Real encontramos un pequeño oasis que nos aleja de la jungla de hormigón. El invernadero Catroviejo Bolibar es una diminuta esmeralda que yace cubierta al cielo azul que aguarda pacientemente para deslumbrar a un visitante con escasas expectativas. Es la semilla de un vergel que germina en el interior de un micromundo especialmente diseñado para la síntesis de un clima tropical que recrea a la perfección.

Una puerta de metacrilato sella el pasaje a ultramar, con tan solo traspasarla sentimos la humedad, la sensación estanca y la emoción de arribar en tierras caribeñas. Bajo las estufas de palma que cubren el techo traslucido uno siente la necesidad casi inevitable de cantar por una botella de ron.

Un tamiz de lluvia templada riega constantemente las plantas carnívoras y el musgo colgante, cubriendo la atmosfera con un halo iridiscente que acelera el corazón del más sosegado. El invernadero del Botánico Real es un paraíso concentrado, que crece en vertical y alcanza las mayores cuotas de exuberancia en nuestra imaginación.

No es solo un lugar idílico, es también poseedor de un aura de misterio muy propia de la novela negra. El sistema de riego está completamente automatizado y los empleados de mantenimiento rara vez pasan por allí. Los turistas no son tan abundantes y en todo caso contribuyen a la ilusión de anonimato perfecta para una reunión clandestina.

Planear un asesinato o un encuentro entre infieles, es difícil resistir la tentación de divagar con las historias de cada visitante que traspasa las puertas del caribe. La lluvia cae continuamente sobre nuestros hombros calando nuestros huesos y encendiendo las pasiones. El invernadero dispone de una pasarela que recorre la parte superior en la que es posible tentar a la suerte con un polvo apasionado y arriesgarse a convertirse en fenómeno viral de internet.

La vida florece incluso en los universos simulados, en las plantas trepadoras que se alzan ignorando el incesante melodrama de nuestras vidas. Esa naturaleza encapsulada nos recuerda que solo tenemos un instante, unas gotas de lluvia y una puerta para escapar de nuestro mundo. Los besos pueden parecer todos iguales, pero saben mejor entre bromelias y orquídeas. Aún más cuando están prohibidos.

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