Parte I: La llamada

 

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Gerard saludó al compañero de la garita y aparcó la ranchera en el subterráneo de la comisaria sin necesidad de acreditarse. El encargado del acceso le conocía bien, hacía solo dos semanas que se pulió el sueldo jugando al póker con Gerard en un garito de Manacor donde se podían encontrar más reinas que corazones.

El aparcamiento estaba casi vacío. Gerard bufó en silencio. En invierno el personal se reducía hasta una fracción de la que era necesaria durante el verano. Aun así los agentes siempre escaseaban en Palma. La isla tenía sus criminales propios. Adictos, extorsión, tráfico, hurtos y delincuencia que no entendía de estaciones vacacionales ni recortes presupuestarios.

El ascensor le aguardaba junto a una cámara, el piloto rojo parpadeaba. Gerard lo pulsó. La camisa de lino blanco le rozaba un cuello tan rojo como el el piloto de la cámara. Llevaba todo el día pescando en una pequeña cala cristalina en Andratx con un grupo de estibadores del puerto viejo que conoció en una redada a un carguero Panameño con dos toneladas de plátanos rellenos de pasta de coca que se dirigía a Nápoles. Gerard llevaba semanas metido en un caso de trata de blancas. Llevaba semanas preparando los aparejos de un pequeño bote, eligiendo el cebo y engrasando las cañas.

Aquel era su único día libre en más tiempo del que podía recordar.

Otro caso, otra condena. Gerard trató de autoengañarse frente a su reflejo en el espejo del ascensor. Se consideraba un agente de campo, sus informes eran descuidados o confusos. Con suerte, su jefa solo querría aclarar algún detalle sobre la operación. Si la tormenta que habían vaticinado en las noticias no se lo impedía estaría de vuelta para reanudar la pesca en la cala de Andratx antes del anochecer.

ascensor-puerta

La puerta del ascensor se abrió. En la comisaria se respiraba un ambiente extraño, contenido. Sus compañeros pasaban a su lado precipitadamente, sin apenas saludar. Ninguno cruzaba la mirada con Gerard y evitaban cruzarse en el pasillo. Mario estaba de pie frente a la puerta del despacho de la jefa. Mario y Gerard eran compañeros desde hacía quince años, tanto tiempo patrullando juntos que podían leer en sus silencios cada una de las palabras que callaban. Mario estaba demasiado callado.

Tenía las manos en los bolsillos, lo hacía siempre que quería ocultar sus pensamientos. Era un tipo nervioso, razonablemente honrado para su profesión. Cuando desaparecía algo de la partida de decomisos siempre era Gerard el que tenía que mentir a su jefa. Mario no servía para eso, por suerte también era un derrochador compulsivo.

Gerard descartó al instante la posibilidad de que su compañero le hubiese delatado. Tenía dos hijos que mantener y demasiadas deudas como para tirarse de cabeza al precipicio.

—¿Qué haces aquí, cabronazo? —Saludó Gerard palmeándole el hombro. —Deberías estar cuidándome las calles. Hay mucho hijo de puta suelto por ahí.

Mario miraba fijamente el pomo de la puerta cerrada. Gerard le miraba a los ojos, abriendo cada compartimento en el que su compañero trataba de aislarse. Su respuesta fue sucinta:

—La jefa pensó que era mejor que estuviera aquí. ¿Has hablado ya con ella?

—Solo me ha dicho que tenía que estar aquí lo antes posible. —Gerard se lo pensó mejor. —Por su tono no me atreví a replicar. Es mejor no medir quién tiene más cojones con la jefa.

Mario asintió levemente y abrió la puerta del despacho.

—Será mejor que  te sientes. Entraré contigo.

Era como caminar por un túnel con la sensación de estar a punto de ser despedazado por las aspas de una trituradora gigante. La jefa estaba sentada frente a su escritorio con una carpeta en las manos y dos sillas dispuestas frente a ella. Era una mujer ligeramente corpulenta dotada de cierto magnetismo que tenía revolucionado al personal. Parecía demasiado joven para portar tan malas noticias encubiertas bajo un ceño demasiado fruncido. Gerard se sentó en una de las sillas, su compañero cerró la puerta y se quedó de pie con la espalda apoyada en la pared.

Se hizo un silencio extraño que Gerard se vio obligado a interrumpir:

—Solo suéltalo. Esto no se trata de un error administrativo.

Rocío no sabía cómo abordar un tema tan delicado. Llevaba poco tiempo en el cargo. Decidió enfocarlo de la forma habitual, reduciendo cada caso desde el prisma más aséptico posible.

—Esta mañana hemos recibido una llamada anónima que hacía referencia a una disputa ocurrida en una urbanización en las afueras de Manacor. —Rocío mantenía la mirada de Gerard sin pestañear, acostumbrada a analizar hasta la respuesta más nimia de cada una de sus palabras. —Los agentes Gómez y Cardona se presentaron en el lugar de los hechos veinte minutos después. Se trataba de un pequeño bungaló de alquiler vacacional, la puerta no estaba forzada pero Gómez pudo ver desde una de las ventanas traseras indicios de violencia. Tras ponerse en contacto con el propietario y verificar que la vivienda había sido alquilada a un empresario local los agentes procedieron a forzar el domicilio. En el interior encontraron el cuerpo de una mujer de mediana edad, presuntamente asfixiada con un cinturón que encontraron junto al cadáver.

Rocío ejecutaba un informe de campo, sus palabras eran las de siempre pero el deje de dulzura y el ligero temblor de su mirada eran anomalías en su estricto carácter. Gerard lo analizó con cautela antes de interceder:

—Es una tragedia, pero sigo sin saber qué tiene que ver conmigo. Seguro que Gómez y Cardona pueden encargarse del caso.

Mario y su jefa intercambian una mirada incómoda. Mario no volvió a mirar a su compañero.

—El cadáver era el de tu mujer.

—Joder jefa, el tacto no es lo tuyo. —Murmuró Mario.

—¿Mario? ¿Dice la verdad? —Su compañero no le contestó. Las manos de Gerard eran pedazos de mármol blanco aferrados al respaldo de la silla. —Tiene que haber un error. No puede ser mi mujer. Ella está bien. No quise despertarla cuando me fui de madrugada a pescar porqué tenía que levantarse temprano para abrir la tienda. Ella esta…

—Lo siento tío. De veras.

Palabras de condena. Sinceridad vulgarizada que apilaban un mundo de tierra y arena sobre el pecho de Gerard. Prometió a su mujer que construiría una pajarera para colgarla en la recepción de la tienda. Los tablones de madera continuaban apilados en el garaje, esperando. Su mujer no.

—Nuestro principal sospechoso es el empresario de Palma que tenía alquilada la vivienda. —Añadió Rocío tratando a su manera de consolar a su subordinado. —Tengo a todas las patrullas disponibles en su búsqueda.

Rostro y conmoción mudan juntos entre fases.

En la negación Gerard marcó el botón de rellamada de su teléfono móvil. La foto de su mujer le sonreía en la pantalla. Comunicaba.

—Necesito verla. —Demandó Gerard.

—El forense se está ocupando ahora mismo del caso.  —Contestó Rocío.

—Necesitareis una identificación. Soy su marido, tengo derecho a verla.

—Mario se ha hecho cargo de todo el papeleo. No te preocupes, podrás verla cuando el forense termine.

Aceptación e ira. De los nudillos blancos surgieron sus enrojecidos ojos. La lágrima amenazaba con presentarse, la rabia con devorarla.

—Cuando termine de diseccionarla.

Gerard se levantó de golpe en una revolución fracasada. El despacho se oscureció durante unos instantes, las voces de su jefa y su compañero se alejaban dibujando parábolas en un mundo que no dejaba de dar vueltas. Gerard tuvo que volver a sentarse.

—¡Joder! —Gerard golpeó la mesa. Su jefa no hizo ademán de detenerle. —¿Qué cojones hacía mi mujer en un bungaló de Manacor?

Rocío carraspeó. Fue Mario quien se vio obligado a contestar:

—Creemos que tenía una aventura. Todo en la escena del crimen así lo indica.

—Quiero llevar el caso personalmente. —Exigió Gerard mirando a su jefa. —Voy a asegurarme de que ese hijo de puta pague por lo que a hecho.

—No puedo permitir que tus sentimientos interfieran con la investigación.

—¡No me jodas jefa! —Increpó Gerard conteniéndose para no volver a saltar. —No me puedes dejar fuera de esto. Dime al menos quién es.

Rocío negó con la cabeza de manera tan rotunda que su decisión se grabó en piedra. Los procedimientos eran muy específicos al respecto.

—Estás excluido del caso. Puedes aprovechar estos días libres para ponerlo todo en orden. Cuando te encuentres mejor hablaremos sobre tu posible reincorporación al servicio. —Rocío suavizó el tono, salió de aquel traje de dos piezas que dirigía a los agentes y se introdujo en los vaqueros con los que compartia cervezas con sus compañeros. —Tómatelo con calma. No estás solo en esto Gerard. Toda la plantilla te apoya.

—¡Que te jodan a ti y a toda la puta plantilla! —Explotó Gerard. —No me puedes hacer esto. ¡No me dejes al margen!

En la comisaría todos los agentes estaban armados. Semiautomática reglamentaria Heckler de 9 mm fabricada con fibra de vidrio y cargador de 18 balas. Rocío no necesitaba ningún bulto en la cadera para mantener a raya a sus agentes. Le bastó un gesto de cabeza para que Mario lo cogiera por los hombros y lo sacara del despacho. Antes de que los agentes salieran por la puerta Rocío apilo los documentos del caso en la carpeta y sentenció con voz castrense:

—Gerard, no salgas del país. Estaremos en contacto.

El portazo sobresaltó a una oficinista cercana a la jubilación, que derramó el café sobre el teclado de su ordenador.

—¡Mierda puta! —Exclamaron al unísono Gerard y la oficinista.

Otra pareja de agentes pasó junto a sus compañeros de camino a los vestuarios. Saludaron a Mario con una sonrisa que se heló cuando vieron a Gerard. En la comisaria todos sabían lo sucedido. Podía encontrar miradas esquivas en cada esquina, susurros que revoloteaban tras su nuca. Era insoportable. Mario se percató de la palidez de su amigo:

—Vamos al bar del Gallego. Necesitas un trago.

—Voy a dejar el almacén del Gallego seco, pero tú tienes trabajo que hacer. No dejéis que se escape.

—Te informaré de todo lo que descubramos. —Se dieron la mano. Entre ellos se aferraba una promesa por cumplir. Mario comprobó que nadie escuchaba antes de continuar. —Sé que no te resignaras a esperar. Podemos trabajar juntos en esto, solo te pido que no hagas nada impulsivo.

Mario sacó un pañuelo del bolsillo que Gerard recogió con disimulo. En el pañuelo estaba escrito el nombre y la dirección del amante de su mujer. Gerard se lo guardó en el bolsillo sin mirarlo. Mario continuó repitiendo eufemismos absurdos durante un rato más, tratando de sustituir la tristeza por un tremendo dolor de cabeza que comenzaba a germinar.

Gerard ya no escuchaba, solo podía pensar en aquella pajarera a medio construir del garaje. Se despidieron con un abrazo distante que no llegó a atracar a puerto.

Mientras se marchaba Gerard se encontró una oficinista tratando de limpiar una mancha de café del jersey. Gerard le tendió el pañuelo de Mario. El trazo de bolígrafo se diluyó en la mancha de café.

No necesitaba el nombre del asesino de su mujer, sabía perfectamente dónde encontrarle.

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Continuará…

 

 

 

 

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