Parte I

Parte II: Bajo el hielo

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Era temporada baja en La Herradura. Un puñado de clientes se apilaba en una esquina de la barra, las mesas estaban vacías.La sección lateral donde el gallego montaba fiestas de camisetas mojadas y conciertos de medio pelo para los turistas, estaba a oscuras. En verano La Herradura se llenaba de turistas borrachos, que vomitaban tras probar la máquina de realidad virtual o trataban de sobar a los gogós que bailaban sobre peanas iluminadas con luces led.

Ya no quedaba humo artificial ni turistas borrachos. Las luces estaban apagadas. En invierno La Herradura volvía a ser el bar del Gallego, una tasca cercana a la comisaría frecuentada por policías y funcionarios de baja corte.

El Gallego trataba bien a sus clientes invernales; eran los mismos que facilitaban las licencias de verano. Era un tipo orondo de edad indeterminada, afable y poco hablador. Para los policías como Gerard, que necesitaban desahogarse tras una confrontación entre yonkis antes de regresar con su familia, el bar del Gallego era el sitio perfecto.

El Gallego sabía escuchar y cómo sacarle partido a su inusitada virtud. Tras tantos años allí, el Gallego solo deseaba jubilarse y tenía suficiente dinero ahorrado para hacerlo. El único motivo por el que seguía dirigiendo aquel local era la nostalgia y una desmesurada voluntad de no ceder frente a las cadenas que amenazaban con aplastarle.

Gerard conocía de vista al resto de clientes sentados en la barra. No tenía intención de intercambiar idioteces con ninguno de ellos. Tras el tercer bourbon empezó a sentirse más relajado. Pese a lo precipitado de los acontecimientos todo se desarrollaba según lo previsto. Llevaba semanas siguiéndoles, diseñando una ejecución que debía ser perfecta.

Disponía de una coartada sólida. Llevaba mucho tiempo pensando la manera de matar a su mujer y que su amante cargara con la culpa. Bastó un gesto para que el gallego le sirviera otro bourbon y retirara la copa vacía. El Gallego se retiró al otro lado de la barra mientras Gerard daba vueltas a los dos fragmentos árticos que flotaban en su whisky. Su jefa tenía razón, se había dejado llevar por las emociones, había sido irresponsable.

Ya no apreciaba el sabor de la bebida, cada trago era más amargo que el anterior. Las mentiras se deshacían bajo el hielo en un oscuro mar en el que naufragar.

Todo por aquel maldito cinturón. Podía soportar en silencio el momento oportuno para actuar, pero cuando apareció aquel cinturón bajo la cama la verdad se volvió ineludible. Ella lo confesó todo y él se vio expuesto tras el último matojo en el que se ocultaba. Perdió la calma. Discutieron y su mujer se encerró en el cuarto de baño.

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Gerard esperó sin decir palabra junto a la puerta del baño con los guantes de servicio puestos. Cuando su mujer abrió la puerta la asfixió utilizando el cinturón de su amante. No hizo ningún ruido, ni se realizó ninguna llamada a la policía. Gerard se aseguró de no dejar ningún indicio en el cuarto de baño. Con cada trago Gerard repasaba el trayecto hasta el bungaló de Manacor. Pese a esforzarse en ser cuidadoso le torturaba la posibilidad de descubierto en un descuido estúpido.

Uno de los parroquianos se acerco a Gerard para entablar conversación. Le invitó a una copa, Gerard la aceptó y se marchó con ella a una de las mesas. Al parroquiano se le quedó la cara torcida y el ánimo descompuesto. Pagó la copa con un billete de cinco euros y el desplante con una interminable retahíla de insultos que el gallego tuvo que soportar con la mirada perdida.

En la mesa el licor comenzaba a volverse espeso, casi tanto como los pensamientos de Gerard. Alejarse de la barra era un acto de prudencia. Cuando el whisky comienza a hablar es difícil pararle la lengua. Gerard no quería caer en un error de aficionado y terminar soltando cómo se había valido de la llave que su mujer ocultaba en el fondo de la cómoda para cambiar el cadáver de lugar. El bungaló estaba repleto de huellas y rastros de semen de los amantes. Bastaba simular una pelea y romper algunos muebles para incriminarle. En la escena del crimen no quedaba ni rastro de Gerard.

El hielo se deshizo en una mirada vidriosa. Las manos de Gerard temblaban, comenzaba a sentir las miradas del resto de clientes clavadas en la nuca. Gerard golpeó el culo de la copa contra la mesa. El gallego le echó una mirada fugaz, estaba acostumbrado a que sus clientes llegaran a su bar con ganas de celebrar algo, o con la necesidad de olvidarlo. En su mundo no existía la gente normal. El resto de los clientes no se atrevieron a mirar.

El amante de su mujer era el único factor que se le escapaba de las manos. Sus planes incluían asesinar a ambos a la vez, no que media comisaría lo buscara. Por el momento lo consideraban el principal sospechoso pero eso podía cambiar con solo un par de palabras bien encauzadas.

Se sentía furioso, emborracharse en una mesa del Gallego mientras sus compañeros diseccionaban su matrimonio no era suficiente.

Sebastian Carmona, condecorado por la cámara de comercio de Mallorca y adicto a los memes de gatitos en Facebook. Conocía hasta el más mínimo detalle de su vida. La que mostraba frente al escenario junto a su mujer y en la que se follaba a las de los demás en  turnos de noche.

Sus infidelidades no era lo único que había ocultado a su familia y al fisco. En el puerto deportivo de palma estaba atracado un velero a nombre de una sociedad pantalla en las islas caimán en el que cerraba sus chanchullos inmobiliarios. Gerard se lo había ocultado a su compañero, quería encontrarle él mismo.

Gerard se levantó de golpe tirando la silla al suelo. No se molestó en recogerla, dejó el móvil en el interior del expendedor de papel del baño para evitar ser rastreado y se marchó sin pagar las últimas tres copas. No se arriesgaría a que la policía atrapara al amante de su mujer.

Sebastian tenía que desaparecer.

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Continuará…

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