Parte I

Parte II

Parte III: Osos esteparios

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Las gaviotas sobrevolaban el puerto adentrándose en tierra. El cielo estaba encapotado y en el horizonte se escuchaba el rumor de un mar enfurecido. Se avecinaba tormenta, la mayoría de embarcaciones esperaban atracadas en su correspondiente tocón cubiertas con lona y el velamen plegado.

Gerard dejó atrás la sección destinada a las pequeñas barcas y lanchas de recreo para adentrarse en el reino de los grandes buques. Lujosos yates que se mecían en las olas como titanes varados en la arena. Los mástiles se alzaban cada vez más alto, recortándose contra las nubes en una jungla de lino trenzado.

Los tocones de aquella zona estaban recién pintados. El velero que buscaba estaba entre un yate de diseño y una recreación de tres palos de la armada inglesa.  Sebastian poseía una embarcación modesta, un trámite con el que aparentar cuyo mantenimiento anual superaba con creces el precio de compra. El velero no estaba cubierto y se mecía en silencio como el resto de cadáveres de invierno.

Gerard saltó al barco, que se bamboleó ligeramente bajo su peso. Los cabos estaban anudados en pilas sobre la cubierta. La madera que cubría el motor de popa estaba caliente y zumbaba levemente. Parecía listo para zarpar en cualquier momento. Los cristales de cabina no permitían ver el interior, la puerta estaba abierta.

No desvió la mirada del control de mandos. Las luces del panel estaban encendidas. Sus manos  posadas sobre el timón con aire distendido. Sebastian llevaba al menos siete copas de whisky esperando a que arribara aquel pasajero.

—Llegas tarde. —Señaló Sebastian con tono socarrón.

Aquella bala casi hizo olvidar a Gerard que era él quien portaba una pistola en la mano. La sorpresa se esfumó con el sopor de la bebida.

—Sabías que vendría a por ti. ¿Por qué no huiste?

Sebastian se encogió de hombros, sus manos estaban más firmes que las de Gerard. Su voz era parca y contundente. No había nada en su mirada que delatara ni el más leve asomo de duda.

—No necesitaba huir.  —Se limitó a contestar Sebastian.

Gerard albergaba una visión distante de aquel hombre. Una sombra pasajera que cruzaba el marco de una puerta, una base de datos, una declaración de impuestos. Un perfil insertado en la luna de un coche o un beso furtivo en una estación de descanso. Era la primera vez que veía al amante de su mujer tan cerca. Tenía cuarenta y ocho años, lo había leído en su expediente fiscal, el muy cabrón aparentaba al menos doce menos.

Pómulos asimétricos y bronceado de salón. Disponía de un carisma que emanaba de una serenidad más profunda. Gerard no se consideraba carente de atractivo, frente a Sebastian se odiaba a sí mismo tanto como le odiaba a él. Su mirada eran serenos pozos sin fondo. Era más listo que el, de eso estaba seguro. No disponía del elemento sorpresa, solo una semiautomática con la que Gerard le encañonó.

—Entonces ya sabres a dónde nos dirigimos.

Sebastian miraba más allá de la ventana de cabina. Ya no quedaban gaviotas en el cielo. Manipuló brevemente el panel de control y el motor del velero comenzó a vibrar bajo sus pies. Ante la atenta mirada de Gerard desató el cabo y desplegó la vela central. La vela se balanceó violentamente hasta que Sebastian la tenso aplicando el ángulo correcto. Cuando el resultado le pareció satisfactorio regresó a los mandos junto a Gerard.

—Es peligroso zarpar con este tiempo.

—Es mucho más peligroso quedarse aquí. —Aseguró Gerard.

Sebastian no le llevó la contraria. La bala que le esperaba en tierra le alcanzaría sin problemas en alta mar. El velero se deslizó lentamente siguiendo el margen del puerto. El mar los recibió como a un juguete roto, el velero apenas lograba avanzar contra las olas y en ocasiones se perdía bajo un muro de oscuridad a la que le seguía una cortina de espuma salada.

La lluvia comenzó de forma intermitente. El océano se volvía cada vez mas grande mientras la isla se alejaba. Una diminuta mota entre limbos negros que estallaban en llamaradas con sabor a ozono. Gerard y Sebastian eran dos desconocidos a la luz menguante de un panel de control.

El dispositivo de posicionamiento empezó a fallar. Avanzaron a ciegas tratando de que el mar no los sepultara. Surcando aquel limbo de no retorno entre el océano y la razón que ambos parecían dispuestos a traspasar. La tormenta cayó de pleno sobre ellos y devoró el resto del mundo. Dos siluetas solitarias, dos osos de la estepa exiliados en el hielo.

—Pareces muy seguro para ser un hombre muerto. —Señaló Gerard tras veinte minutos sin hablar.

— ¿Este es tu plan? ¿Hacer que te lleve hasta alta mar y tirar mi cuerpo al océano? —Sebastian parecía decepcionado. —Me preocupa que no seas capaz de regresar a tierra tú solo.

—Me las apañaré, gracias por preocuparte. En cuanto llegue a la costa dejaré el barco varado entre las rocas. Pensaran que te lanzaste al mar.

—Creo que has visto demasiadas películas. ¿Se supone que me tengo que suicidar ante la desesperada culpa que albergo por asesinar a Lucía? ¿No eras policía?

Gerard no contestó. Se sentía frustrado, él no tenía derecho a pronunciar su nombre. Sebastian continuó espoleando:

—Lucía, tu mujer. Al menos ten el valor de nombrarla. —Sebastian miró a los ojos de Gerard. La pistola temblaba entre ellos, los ojos de Sebastian no. —No me has pedido explicaciones, no hay odio ni consecuencias. No estamos aquí por tu mujer muerta, lo estamos porque ambos continuamos con vida y eso tiene que cambiar para uno de los dos.

El cielo, la tierra y el limbo se recortaron en una sombra remachada de espuma blanca. La piel de aquel monstruoso océano cobraba vida bajo aquel barquito de papel que osaba enfrentarse a la tempestad.

—Tienes huevos, eso lo admito. —Dijo Gerard bajando el arma. —Pero esta vez no te sacará de aquí tu labia. Ya casi hemos llegado.

—Tengo que estar a la altura. En este barco han estado grandes empresarios y banqueros. Ningún hijo de puta que le llegara a la altura de los zapatos a un asesino de sangre fría como tú. —El mar les pasó por encima y las luces del panel de control se apagaron. — La manera en la que sostenías el cinturón con ambas manos enguantadas. Tu rostro mientras esperabas en la puerta del baño a que ella saliera. Esa mirada… Dios, creo que lo que vi en esos ojos me provocará pesadillas durante el resto de mi vida. Hielo puro.

—¿Cómo cojones sabes tú eso? —Inquirió Gerard desconcertado.

Ambos tuvieron que sujetarse al timón con fuerza. Una gigantesca ola elevó el velero hasta alcanzar su cenit de oscuridad y lo dejó caer  sobre el lecho de otra ola. Por la ventana de la cabina solo podía verse la lluvía y el mar chocando sin cesar contra la cubierta.

—Voy un paso por delante de ti. —Respondió Sebastian luchando para mantenerse en pie. —Descubrí que nos seguías hace casi un mes. Lucía me contó cómo eras, lo que sucedería si algún día te enterabas de lo nuestro. Estaba nerviosa, tenía miedo de ti. No le conté que lo sabías pero ella intuía que algo iba mal. Aproveché la última vez que estuve en tu casa para instalar una cámara en el aire acondicionado del pasillo, de paso dejé mi cinto donde sabía que lo encontrarías.

El mundo daba vueltas entre fogonazos de luz azul. Gerard se sintió incapaz de digerirlo todo. El tiempo devorando su espacio en una cubierta inestable. La realidad se dividía volviendo cada parámetro confuso. El mar amenazaba con devorarle en el retumbar de la tormenta.

—¿Por qué? —Balbuceó Gerard. —¡¿Por qué molestarte en provocar todo esto cuando te bastaba con dejar de meter la polla en el coño de mi mujer?!

A modo de respuesta el cielo se quebró y un rayo impactó contra el mástil. La vela empezó a arder, ni la lluvia ni el viento lograban aplacar las llamas. El fuego iluminó la cabina, Gerard y Sebastian se miraban cara a cara. Impasibles ante el infierno que se desataba en cubierta.

—Tu mujer llevaba tiempo pensando en abandonarte. —Repuso Sebastian avivando las llamas entre ambos. —Me pidió una y otra vez que dejara a mi mujer para comenzar una nueva vida juntos. Me negué, traté de interrumpir nuestros encuentros. Lucía se negaba a aceptarlo. Me chantajeo con confiárselo todo a mi mujer si dejábamos de vernos. Estar con ella fue un error desde el primer momento. Amo a mi mujer. Lucía no me dejo otra opción.

Un resorte saltó en la cabina. Las llamas crepitaban en la lluvia, iluminando de pleno el derechazo que Gerard le encajó en la cara. La mandíbula de Sebastian despedazada en la resonancia del mástil al partirse y caer contra la cubierta envuelto en llamas. El fuego consumió el mástil sin extenderse al resto del velero. La baranda de estribor estaba hecha pedazos, algunos cabos culebreaban en el aire descontrolados y el timón renqueaba hacia babor.

—El timón está bloqueado. —Señaló Sebastian con un hilo de sangre en los labios. —Alguien tiene que salir ahí fuera y solucionarlo. Si no ninguno de los dos podrá regresar.

Gerard estaba pálido. Sujetaba la pistola con ambas manos. Deseaba acabar con todo allí mismo. Disparar y lanzarle al mar. Una rápida ojeada a cubierta le bastó para serenarse. Sebastian tenía razón, le necesitaba para salir de una pieza de la tormenta. Esperaría el momento oportuno para dispararle a la nuca. No pensaba sentirse culpable por negarle la mirada mientras le mataba.

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Sebastian abrió la puerta de la cabina. La tormenta entró con fuerza, resquebrajando al instante una burbuja que les aislaba de la furia desatada en el exterior. El retumbar de los truenos era ensordecedor y la lluvia no dejaba ver a más de dos palmos de distancia. Sebastian se dio la vuelta antes de introducirse en la tormenta:

—Sé lo que estás pensando. Me tirarás por la borda en cuanto arregle el timón. Llamé a la policía antes de que llegaras y les conté lo de la cámara. Tus compañeros estarán de camino, si me matas no llegarás a tiempo para recuperar la memoria interna de la cámara.

—Tendremos que seguir improvisando. —Gerard señaló la cubierta con el cañón de la pistola. —De momento arregla el puto timón.

Sebastian desapareció bajo la lluvia seguido de cerca por Gerard. Caminar por cubierta era una hazaña de un solo paso. El velero se balanceaba violentamente y las olas derribaban a las dos marionetas que se empecinaban en bailar sobre un escenario en ruinas.

Sus voces eran arrastradas por el viento de raíz. Sebastian gesticulaba con las manos, de su boca solo surgía el tronar de los relámpagos. Gerard se acercó para escucharle tratando de mantener el equilibrio sin soltar la pistola.

—¡La botavara está dando latigazos! —Gritó Sebastian a través de la tormenta. —¡Necesito que ates ese cabo suelto a la trapa!

Le faltaba el aliento y le sobraba el mar. Su ropa pesaba lo suficiente para lastrarle pero no lo suficiente como para afirmar su paso. Tenía el cabo asegurado cuando una gigantesca sombra se elevó sobre la proa devorando el cielo. La ola barrió la cubierta y derribó a Gerard. El mar le arrastró hasta la sección de barandilla seccionada. Solo un cabo enredado en sus tobillos evitó que desapareciera en la tormenta.

Gerard colgaba boca abajo, el mar golpeando su rostro con tanta fuerza que la sal rasgaba su piel. Sus músculos se tensaron, aquella no era una de esas pruebas que pasó tras la academia. Ascender por el cabo significaba la diferencia entre la vida y la muerte. Sus manos trataron de aferrarse a la cubierta, sus dedos resbalaron y una arista de madera le provocó un corte del que manaba un torrente de sangre que se diluía en la lluvia.

Sus brazos ardían. El cabo se desenredó en el momento exacto en el que Gerard lograba alcanzar uno de los stays sueltos. El cable se tiño con su sangre, Gerard lo utilizó para alzarse en el abismo del que pendía.

Los pies no llegaron a asentarse. Otra sombra se alzó tras Gerard. Esperaba encontrarse con otra ola, enrolló el stay en su muñeca y se dio la vuelta para afrontarla. El mar tenía nombre de empresario. Un golpe seco le partió el maxilar superior.

La lluvia sabía a madera rancia, la cubierta a agua estancada.

—¡El timón está perfectamente, imbécil! —Exclamó Sebastian con un fragmento negruzco del mástil en las manos.

La arista del mástil cayó junto a Gerard. Sentía una sensación cálida deslizándose por el cuello. Era su sangre. Una resaca oscura le arrastraba. Sebastian desapareció, la lluvia se volvió difusa hasta desaparecer por completo.

Un velero perdido en la mar y una tormenta que sonaba cada vez más lejana.

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Continuará…

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