Parte I

Parte II

Parte III

Parte IV: Las dos últimas balas

b179bc28d7f016e8869473a8186274a2Despertó de golpe. La boca le sabía a sal y estaño, su cara ardía y la mandíbula apenas  encajaba con sus pómulos. Algunas estrellas se atrevían a asomar en aquella noche de sangre. Por la ventanilla se abría paso la luna, iluminando plácidamente el interior del velero.  El barco estaba anclado en tierra, era su cabeza la que no dejaba de oscilar. Gerard estaba solo.

—¡Joder! —Profirió Gerard. —¿Cómo he podido ser tan gilipollas?

Encontró su pistola sobre un pequeño charco parduzco de sangre que fluía hasta los tablones de cubierta. Cuando trató de alcanzarla un crujido resonó en la cabina, eran sus entumecidos huesos anexionando terminaciones nerviosas hasta retorcerlo de dolor. Gerard recogió la pistola, se aseguró de que continuase cargada y salió a cubierta.

La tormenta era una racha de viento menguada que ondulaba las banderas del puerto de Palma. Sus pasos regresarón en el mismo punto desde el que partieron, como si la tormenta hubiera sido un mal sueño desgarrándose en plena vigilia.

No lo era.

Los cortes de sus manos eran reales, tenía la cara hinchada y el velero se mecía sin el mástil central. El tiempo convergía expirando en cada segundo que perdía. Si sus compañeros recuperaban la grabación se podía dar por jodido.

Su ranchera no estaba lejos, el camino se  hizo eterno. Gerard golpeó una papelera que se salió de su base. Le consumía la rabia. Las cuatro ruedas de la ranchera estaban pinchadas. Gerard maldijo su mala suerte, tiró las llaves al mar y pateó la papelera.

No quedaban más que dos o tres parejas paseando por el puerto y un pequeño grupo de chavales fumando en uno de los bancos. Las conversaciones se diluían en cada mirada fijada en Gerard.

Por fortuna para Gerard la carretera del puerto estaba bastante transitada para un martes por la noche. Escogió un semáforo frente al club Tito`s y aguardó a que se pusiera en rojo. Un Porsche carrera negro con matrícula alemana se detuvo pegando un frenazo seco. Las ventanillas estaban bajadas.

Gerard actuó con rapidez. Abrió la puerta desde dentro y encañonó a la mujer que se sentaba en el asiento del copiloto. El conductor era un tipo pálido con pantalones cortos y sin camiseta que se tornó de yeso. La chica empezó a gritar, el conductor se puso nervioso y caló el coche tratando de huir.

—Salid del coche ahora mismo.

Con el rostro desencajado, sucio, desgarrado y cubierto de sangre, Gerard era el heraldo de la muerte apuntándoles con su manecilla de reloj. La chica le suplicó que no les hiciera nada, Gerard les sacó del coche y se puso al volante. Acarició la tapicería mientras observaba los indicadores. Aquello no era como su ranchera.

El semáforo se puso en verde, Gerard tuvo que contener el pie para no salir volando tras pasar el primer badén. El motor del porche se encabritaba con cada caricia. La noche era corta y sus posibilidades escasas.

El Porsche derrapaba en las curvas, una estela que convertía las señales de tráfico en lapsos del pasado. Se sentía afortunado, dispuesto para apostarlo todo a una pareja de doses. Gerard no pudo evitar sonreír, las pistas siempre eran demasiado cortas cuando se conducía una belleza como aquella.

 

aa983b0bcf52b60f22b6d11ab3217de8La luna trazaba cometas en el cielo. El Porsche dribló las últimas curvas y redujo la velocidad al llegar a los alrededores del Palma Arena. Los coches de policía estaban por todas partes. Las esquinas estaban vacías y en algunas ventanas se asomaban rostros fruncidos de azul.

Gerard tomó la calle paralela, apagó los focos y se detuvo en el cruce. Contaba al menos cuatro vehículos apostados frente a su portal. Las luces rotaban en silencio mientras un enjambre de agentes entraba y salía del edificio. Su jefa no mentía, era un caso prioritario y dentro de poco sería también un evento mediático. Su compañero hablaba junto a uno de los coches con un par de periodistas adormilados. Se alegró de que fuera él quién hablara con la prensa. Se le daban bien esas cosas y quedaba bien en cámara. Siempre se presentaba voluntario en las ruedas de prensa.

A Mario le gustaba coquetear con los periodistas, a quienes pasaba soplos en primicia bajo las sábanas.

Cuatro agentes salieron en fila del portal portando cajas repletas con fragmentos de su vida. Fotografías,  contactos personales, ordenador portátil… hasta el maldito cepillo de dientes y el consolador de su mujer. Un hogar diseccionado en pequeñas porciones listas para ser analizadas por el equipo forense.

Gerard se preguntó si los restos de la pajarera estarían en una de aquellas cajas.

La cabeza de Gerard se hundió en la tapicería de cuero rojo. Sus compañeros tenían la grabación en la que se veía cómo asfixiaba a su mujer. Ni el abogado del tipo del Porsche sería capaz de librarle de algo así.

El vehículo acabó por llamar la atención de Mario, que se acercó lentamente con los periodistas detrás. Su plan estaba deshilachado por las costuras.

Hablar con su compañero y pedirle que se deshiciera de la grabación.

Él lo entendería, no dejaría que a su compañero le rompieran el culo entre rejas.

Mario estaba más cerca. No podía ver a Gerard a través de las lunas tintadas pero él sí podía vislumbrar su cara iluminada por las luces de los coches patrulla. Gerard arrancó el motor. Su compañero era una buena persona. No merecía que le jodieran la vida implicándole en el asesinato de su mujer.

Le quedaba otra cuenta pendiente y un nombre en mente.

Sebastian.

Si solo le quedaban unos instantes los utilizaría para ver cómo ese hijo de puta sufría.

El Porsche aceleró y se esfumó en un parpadeo. Mario le hizo señas para que se detuviera pero no hizo ademán de perseguirle.  Apuntó el modelo y la matrícula en una libreta y regresó junto a los periodistas.

Álvaro no cubría la noticia. Aquel caso le gustaba cada vez menos.

 

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Una nubecilla de graba se alzaba a su paso. Gerard aceleraba a través de una carretera secundaria con vistas al mar. El camino corría paralelo a los acantilados, por encima de un horizonte que no dejaba de retorcerse. El alba empezaba a clarear y los primeros rayos se condensaban en el capó del Porsche cegando al conductor. Gerard aparcó junto a un chalet de dos plantas rodeado de un muro de piedra de metro y medio de altura.

Las luces estaban apagadas y todas las persianas salvo una estaban echadas. Gerard maldijo en voz baja, se quedaba sin tiempo.

Gardenias, adelfas, petunias y rosales.

Un columpio se mecía con la brisa anclado a un chopo blanco. La tierra estaba horadada con decenas de pisadas recientes, sus compañeros habían pasado por allí. No quedaba nada que encontrar salvo una figura solitaria sentada en el borde de la piscina con los pies sumergidos en el agua.

Era una mujer de aspecto melancólico y mirada perdida. Fumaba un cigarro abstraído en pensamientos tan oscuros que el amanecer no alcanzaba a clarearlos. Gerard se quedó un momento observando, sintiéndose un espectador invisible de un mundo cada vez más lejano. Tenía los pómulos muy hundidos y sus largas piernas se difuminaban en la superficie del agua.

Cuando la mujer vio a Gerard se ciñó la bata y arrojo el cigarro a un lado por inercia. No parecía asustada. Gerard le señaló la puerta y la mujer se dirigió hacia ella sin abrirla.

— ¿Qué quiere? —Inquirió la mujer desde el otro lado de la puerta.

Su voz sonaba cansada y ligeramente desentonada por los antidepresivos. Gerard no lo dejó pasar. Le tendió la cartera por encima del muro y repuso con voz autoritaria:

—Siento molestarla a estas horas. Soy el agente Gerard Castro, puede comprobarlo en mi documentación. —Gerard hizo una pausa para que recogiera la cartera. — ¿Es usted doña Cristina Asunción no es así? Estoy investigando un caso que tiene relación con su marido.

La puerta principal se abrió de forma automática. Cristina le devolvió la cartera a Gerard sin abrirla. Cuando se percató de la demencial fiereza de sus ojos resultó demasiado tarde. Gerard bloqueaba con su cuerpo la puerta.

—Tus compañeros llevan todo el día haciéndome preguntas sobre Sebastian.

Los acontecimientos se desbocaron sobre las intenciones. Cristina quería cerrar la puerta y Gerard ya se alzaba en su jardín.

—Puede que esté en peligro. —Advirtió Gerard. —Su marido es peligroso. Tras asesinar a una mujer inocente ha logrado evitar su arresto empleando la violencia contra un agente de servicio.

Cristina se alejó un par de pasos.

—No le he visto. No contesta a mis llamadas. Si aparece o se pone en contacto conmigo llamaré al número que su compañero me facilitó. —Contestó Cristina. —Puedo llamarle ahora mismo si quiere contrastar la información. Me aseguró que llevaría el caso personalmente.

A Gerard no le preocupaba, probablemente su compañero ya estuviera de camino.

—Un tipo guapete de sonrisa encantadora, Mario está siguiendo una pista en el puerto. Estoy aquí porque tenemos motivos para sospechar que su marido pueda tratar de asesinarla.

—Eso es imposible. Él nunca haría…

Las palabras de Cristina se volvieron cada vez más difusas. Dos días antes ojeaba destinos de viaje para una escapada romántica con su marido y se bañaba en la piscina climatizada.

Era solo otro día.

El agua estaba helada, su marido tenía una aventura y la policía le buscaba por asesinato.

—Espero que no te moleste que registre el interior de la vivienda. Será solo un momento.

Gerard arrolló a Cristina, la puerta principal estaba abierta.  Decoración minimalista y cuadros de dudoso gusto. Piano de cola en el salón, paredes de cristal, esculturas informes y sillas incómodas. Todo en aquella casa estaba diseñado para ostentar lo máximo utilizando lo mínimo.

La cocina estaba fría, estéril. Probablemente nadie salvo el servicio utilizaba la vitrocerámica de inducción. Estanterías repletas de libros sin mellas y televisiones de pantalla plana en cada rincón de la casa. Gerard encontró las fotografías del matrimonio apiladas en una bolsa de basura junto a una maleta atiborrada de camisas y calcetines. Las habitaciones estaban vacías, no quedaba ni rastro de Sebastian, solo un amargo poso de desesperación y humo rancio.

Gerard rajó los colchones y dio la vuelta a cada mueble de diseño. Al principio aplicó una metódica praxis laboral que poco a poco se fue tornando en un ataque de rabia descontrolado. Los pasillos quedaron cubiertos de fragmentos de lámparas y pantalones tirados. Sebastian lo había planeado con tiempo, Gerard se lo imaginaba volando sobre el mediterráneo con los pies en alto en una tumbona de primera clase.

O quizás no.

Cristina no sabía dónde se escondía Sebastian pero él era capaz de matar por ella. Volvería tarde o temprano. Solo tenía que esperar hasta que la policía capturase a Gerard.

Sebastian disponía de tiempo, Gerard de una pistola cargada.

Bajó las escaleras del primer piso. Cristina estaba en la cocina, tenía un cigarrillo en una mano y el teléfono móvil en la otra. El cigarro temblaba engendrando serpientes de humo en el aire.

c3315d9e79c8f382251d7f5c995b1155Era una mujer muy atractiva, probablemente más joven que él y sin ninguna duda mucho más que Sebastian. A pesar de la situación tenía un rostro agradable y emanaba una simpatía natural que levantaba sentimientos encontrados. Gerard sintió lástima de no conocerla en otras circunstancias, quizás  hubieran podido ser amantes.

Se sentía como un juguete roto. Sebastian le había jodido la vida por aquella mujer.

Al ver la pistola Cristina dejó el teléfono sobre la encimera y se apresuró a sacar un cuchillo de cocina de uno de los cajones.

Gerard disparó.

La  detonación reverberó en toda una vida. La temblorosa hoja que se interpuso entre ambos no logro detener la bala.

Un solo disparo directo al corazón.

El cuchillo repicó en el suelo de linóleo. Cristina no llegó a sentir la caída, recordar pasajes de su vida o comprender por qué la perdía. La sangre anegó las deportivas de Gerard. Recogió el teléfono abstraído, la voz llegaba cada vez más distante.

Un alud apresurado de palabras incomprensibles. Era su compañero Mario, le pedía que se entregase. Tenían la grabación del asesinato.

—Encontraréis dos cuerpos en casa de Sebastian. —Sentenció Gerard con voz monocorde.

—Quédate donde estas. ¿Me escuchas?

La voz de Mario apenas traspasaba el clamor de las sirenas.

—Te dije que no hicieras nada impulsivo.

—Creo que ya es un poco tarde para eso. —Cristina tenía los ojos abiertos. Gerard le cerró los párpados y se miró las manos. Estaban cubiertas de tanta sangre que resultaba imposible distinguir la piel. —Necesito un último favor Mario.

—Cualquier cosa. —Respondió Mario al instante.

—Si todavía no la habéis decomisado en el garaje encontraras una caja llena de tablones de saúco. Se supone que es una pajarera, le prometí a Lucía que la construiría para ella. Tienes los planos en la caja, necesito que la termines por mí.

—No hagas ninguna locura. —Le imploró Mario. Tras él se escuchaba un motor revolucionado. —Todavía podemos arreglarlo.

—Dile a Sebastian que hay pecados que se pagan con sangre.

Gerard deposito el teléfono encendido en la encimera, quería que todo quedará registrado. Se quedaba sin opciones, correr o morir. Gerard escogió colocarse el cañón de la pistola sobre la sien. Le temblaban las piernas, se le doblaban las rodillas.

El cañón estaba aún caliente.

El epicentro de su venganza se desmoronaba sobre sí mismo. Cristina le esperaba con la mirada vacía. Sebastian amaba a aquella mujer pero era incapaz de mancharse las manos para salvarla. Soportar las consecuencias mucho peor que una bala. Sebastián tendría que convivir con ello durante toda la vida.

Gerard presionó el cañón contra su sien y cerró los ojos.

El disparo dejó dos cuerpos sobre el linóleo.

 

 

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